En un pueblo de Albacete, no diré su nombre, una persona se dio a la tarea de destruir relojes, con la idea de hacerlos desaparecer de la faz de la tierra. Porque los relojes son los artífices de la vejez, los que segregan la sustancia, densa, pegajosa e infame que nos precipita al tobogán definitivo.
Romper los relojes. A nadie se le escapa lo absurdo de semejante acto, pero nuestro personaje no lo percibía de esa manera. Rompió los de su casa; un despertador, uno de pulsera y el de la cocina, y los tiró a la basura.
Hacía lo que hiciera falta para lograr su absurdo propósito, pero, básicamente, los tenía que robar. Una señora de Huelva le pilló robándole el suyo, pero nuestro personaje le convenció para que se le uniera. Y así empezó la locura.
Y no crean que todo era a través del robo, pues la gente comenzó a romperlos por convicción, como un acto reflejo, como si hubiesen estado esperando esta iniciativa desde hace tiempo.
Cuando ya fue del dominio público y salía incluso en las noticias, aquello se desbocó. Todo el país hablaba de ello, y cada día se hacían corrillos en las calles, con montones de relojes destrozados voluntariamente por la gente, y que eran destruidos por el fuego, como antaño se hacía con los discos de la Beatles.
Así ocurrió en cada país, contagiados por una euforia incontenible.
Y aquellos actos, querido amigo, aunque no lo creas, pararon el mundo durante mucho, mucho tiempo.

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