Vivo en una de las grutas de la montaña grande, con sesenta y tres personas más. Hay pocas mujeres, pero estamos logrando sobrevivir a pesar del frío, a pesar del hambre, a pesar del peligro.
Apenas salimos de nuestra gruta, y cuando lo hacemos, ha de ser con mucho cuidado.
Recogemos leña, algunas bayas y cualquier cosa que nos sirva para sobrevivir en nuestro pequeño ecosistema.
Después de tantos años viviendo arropados en las entrañas de la tierra, salir al exterior resulta un poco extraño y, sobre todo, peligroso.
Nadie de nosotros, en su sano juicio, quiere encontrarse con alguno de los miles de peligrosos yetis que nos tienen rodeados.

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