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domingo, 25 de febrero de 2018

D. MIGUEL, EL ESCRITOR


El señor Cervantes se está enfadando.
Y es que Don Quijote ha tomado la costumbre de acabar las jornadas de polvo y sol envuelto en los vapores de fuertes vinos castellanos.
Yo le hablo al día siguiente, le digo que esta perdiendo la hidalguía y engordando. Las palabras se le traban en la boca y ya nadie le ríe sus, cada vez más, insípidas ocurrencias.
Por otro lado, al señor Cervantes le pido paciencia. Le miento, claro, esperando que mi señor D. Quijote recuerde el motivo de nuestro viaje, y que es D. Miguel quien paga la cuenta.
Esta mañana encontré a mi señor hecho un desastre, delirando y meado hasta los trinques. Traté de reanimarlo, pero me fue imposible. Cuando fui a pedirle ayuda, el señor Cervantes ya se había marchado. No fue ninguna sorpresa.
Anoche me llamó a su mesa y me dijo que estaba cansado, que había dejado de escribir, que ya no encontraba los motivos por los que puso en marcha esta perfecta locura.

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