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martes, 19 de septiembre de 2017

MÚSICA

Seguimos con la música.
En la entrada anterior, "Todo suena", decía que todo suena porque todo vibra. Eso es una cualidad de la energía: si vibra, suena. Y resulta que todo lo que existe vibra.
Otra cualidad de la música es que influye en nuestro estado de ánimo.
Hay una música para relajar, otra para enardecer, meditar, bailar, para volverte loco, para acompañar, para sentirte vivo.
Cuando a alguien le llega la música dice que le ha tocado la fibra. Qué será, donde estarán esos receptores que acogen la vibración que oscila y nos mueven cosas para las que no tenemos nombre...
La música es un puente entre nuestra intención y los demás, algo que nos conecta en una red de sentimiento, nos conecta a todos en la misma frecuencia y nos hace sentir lo que no está escrito.
Una canción nos une al otro por años. Decimos que aquella fue nuestra canción, esa que cada vez que sonaba nos quedábamos extasiados.
La música nos nos pone en movimiento, nos acelera. Y nos hace sudar la gota gorda. Bajo su influjo, no tenemos hartura, queremos más y más y más. Bailar hasta el amanecer.
Sí, bailar como baila el mismo sonido, esos minúsculos pedacitos de vibración que nadie sabe de donde sale, pero que nos conecta sin palabras al mundo y al otro, a ti, a todos.
La música, que cantada en letanía durante horas nos sumerge en otro mundo, dejándonos fuera de la razón, más allá de las palabras, en un mundo pleno de sentido.
La música, que canaliza nuestro dolor y lo extrae de nuestro interior. Que, además, nos ayuda a soportar situaciones insoportables. La música es curativa, opera con su cirugía en los más recónditos lugares de nuestra alma, dejándola limpia de dolor.
La música, que nos eleva por encima de las palabras, que nos deja sin pensamientos, que no pregunta ni exige más que el abandono momentáneo de nosotros mismos.
La música, que nos conecta con lo intangible, lo que no tiene cuerpo ni explicación.
La música, que forma caminos infinitos para encontrarnos o perdernos.
La música, que nunca empieza ni termina, que nos acompaña sin preguntar, que sirve a todos por igual, que duele y da placer.
La música, que derriba muros en Jericó, que ablanda corazones duros, que extrae sonrisas a los niños y enamora a los adultos, que nos acompaña con tristes notas en la muerte y con bandurrias en las fiestas de algunos pueblos, que nos embelesa cuando nos la cantan flojito al oído y nos pone hechos unos alcornoques en las verbenas del pueblo.
La música, qué misterio.



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