Yo fui testigo de aquella partida de ajedrez, donde lo imposible llegó de la mano de un milagro.
Nadie se explica la fatal sucesión de errores de las negras, con unos peones mareados, unas torres como hipopótamos, una reina indecisa.
Las blancas estaban eufóricas, borrachas de sangre y muerte, dejando el tablero despoblado. Las negras perdieron alfil y caballo, luego torre.
Los últimos tres peones lloraban al lado de la reina.
El rey negro parecía estar despertando.
La reina negra murió a su lado.
El rey miró a su alrededor. Toda su gente muerta diseminada por el tablero.
Las blancas le acorralaron. Y fue en ese momento en que morir era la única jugada coherente, cuando ese rey negro gritó llamando a las puertas del cielo.
Con la espada en la mano fue abriéndose paso entre un blanco infierno. Murieron peones y caballos, la reina perdió el conocimiento, torres y alfiles desaparecieron y, por último, el rey negro mató al blanco.
En esta épica batalla nadie preguntó por las reglas.
Las blancas estaban eufóricas, borrachas de sangre y muerte, dejando el tablero despoblado. Las negras perdieron alfil y caballo, luego torre.
Los últimos tres peones lloraban al lado de la reina.
El rey negro parecía estar despertando.
La reina negra murió a su lado.
El rey miró a su alrededor. Toda su gente muerta diseminada por el tablero.
Las blancas le acorralaron. Y fue en ese momento en que morir era la única jugada coherente, cuando ese rey negro gritó llamando a las puertas del cielo.
Con la espada en la mano fue abriéndose paso entre un blanco infierno. Murieron peones y caballos, la reina perdió el conocimiento, torres y alfiles desaparecieron y, por último, el rey negro mató al blanco.
En esta épica batalla nadie preguntó por las reglas.

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