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viernes, 15 de septiembre de 2017

EL ABUELO

Entre todos hacíamos turno para acompañar al abuelo en el geriátrico. 
Lo llevamos prácticamente muerto. Puro trámite, como me confesó el doctor que le atendió tras el infarto. 
Así que yo, mi mujer, mis tres hijos y una vecina amiga de la familia, hacíamos rigurosos turnos diarios a su lado, dándole la comida e intentando hacerle un poco de compañía. Después de todo, no le quedaba ni un telediario. 
Pero el abuelo no se murió según lo asegurado, sino que según pasaba el tiempo se encontraba cada vez mejor. No así nosotros, que a fuerza de sacar tiempo de donde no lo había, de permanecer a su lado en aquella silla infame, la perfecta dobladora de espaldas, y de remover Roma con Santiago para no faltar a la cita diaria, fuimos perdiendo la salud a ojos vista. 
A los dos años ya se levantaba del sillón y andaba por los pasillos tan campante. Yo empecé a ir a rehabilitación y mi mujer empezó a gestar una depresión. 
Hace ya cinco años de aquello, y los hijos se fueron del pueblo, yo estoy en cama con la espalda hecha chicle y mi mujer, a fuerza de pastillas, ya no se entera ni del día en que estamos. 
Al abuelo le dieron el alta.

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