El hombrecillo camina entre la gente, al azar escoge a una mujer de entre todas y así, de sopetón, le pregunta, ¿es usted americana? La mayoría de ellas esbozan una sonrisa, a veces natural, a veces forzada, antes de dejarlo con la palabra en la boca. A él no parece importarle, pues de inmediato busca a la siguiente mujer que se aproxima.
Y, según dicen, lleva así años, sin cambiar de objetivo, siguiendo siempre el sencillo orden de su interminable tarea.
A veces, cada cierto tiempo, aparece una chica que, casualidades de la vida, es americana. Entonces se le ilumina la cara, riendo toda ella. Americana, ella es americana. ¿De qué estado? Ella responde en un español chapurreao, sin darse cuenta que a ese hombre le falta un tornillo. De Virginia. El hombre esboza una amarga mueca. ¡Qué pena! La americana sigue su camino sospechando, ahora sí, que el tipo ese no anda bien de la azotea.
Y hubo como un milagro, otra oportunidad para nuestro hombre, pues unos dos años atrás encontró a una mujer, de mediana edad, americana, y que resultó ser de Indiana, cosa que le hizo sentir algo parecido al éxtasis divino. Seguro que era ella, la chica de sus sueños. La misma que hace ya tantos años, le prometiera volver algún día. Y, si no es una molestia, señorita, ¿no será usted, por casualidad, Sí, soy americana. Sí, soy de Indiana.
Pero a la hora de la verdad, aquella mujer que tanto prometía, se queda a las puertas del premio gordo porque no acierta la última pregunta. Ella no es de Indianápolis.
Sí, sí, está claro que el hombre no entendió el contexto del mensaje "algún día". Para ella significaba "seguramente, nunca", y para él fue un "algún día es...algún día". O sea que un día u otro llega, ¿no? Y como no llegaba, yo pensaba que estaría enferma, o cuidando de su padre moribundo..., o peor, vino, pero se perdió. España es muy grande.
Le pudo pasar lo que a mi amigo Alfredo, que al volver de Inglaterra se pidió un billete de avión para Mallorca y acabó en Las Palmas.
Desde entonces, que me vino el pensamiento, pues la tengo que buscar. Y tengo tarea, ya ve usted que hay muchas mujeres a las que preguntar, no hago otra cosa, es la mujer de mi vida. Por eso, aquel día, después de años sin prestarle demasiada atención, preparé un escenario.
No fue difícil pasar a su lado en el momento oportuno, mirarle a los ojos y atarlo a mí. Haciéndome pasar por la americana esperada, dejo que se desarrollen los diálogos, fluyendo de forma natural un guion que está muy bien ensayado. Voy contestando sus preguntas y le sonrió mirándole a los ojos. A todo le digo que sí. Y no sólo soy de Indianápolis, sino que, además, soy la mujer que tanto ama. Le doy un abrazo y le beso. Nos alejamos por la calle mientras él me cuenta, ilusionado, sus planes. Y me incluye, por supuesto, en su vida, en su futuro.
Y qué tierno contándome sus sentimientos, los días oscuros de preguntas incontestables.
No voy a revelar aquí, no es el lugar adecuado, lo que ocurrió esa noche de recuerdos fingidos. Al día siguiente, cuando me fui de su casa aún estaba durmiendo.
Y cuando volvimos a vernos, unos días después, ya no me recordaba.
Y, según dicen, lleva así años, sin cambiar de objetivo, siguiendo siempre el sencillo orden de su interminable tarea.
A veces, cada cierto tiempo, aparece una chica que, casualidades de la vida, es americana. Entonces se le ilumina la cara, riendo toda ella. Americana, ella es americana. ¿De qué estado? Ella responde en un español chapurreao, sin darse cuenta que a ese hombre le falta un tornillo. De Virginia. El hombre esboza una amarga mueca. ¡Qué pena! La americana sigue su camino sospechando, ahora sí, que el tipo ese no anda bien de la azotea.
Y hubo como un milagro, otra oportunidad para nuestro hombre, pues unos dos años atrás encontró a una mujer, de mediana edad, americana, y que resultó ser de Indiana, cosa que le hizo sentir algo parecido al éxtasis divino. Seguro que era ella, la chica de sus sueños. La misma que hace ya tantos años, le prometiera volver algún día. Y, si no es una molestia, señorita, ¿no será usted, por casualidad, Sí, soy americana. Sí, soy de Indiana.
Pero a la hora de la verdad, aquella mujer que tanto prometía, se queda a las puertas del premio gordo porque no acierta la última pregunta. Ella no es de Indianápolis.
Sí, sí, está claro que el hombre no entendió el contexto del mensaje "algún día". Para ella significaba "seguramente, nunca", y para él fue un "algún día es...algún día". O sea que un día u otro llega, ¿no? Y como no llegaba, yo pensaba que estaría enferma, o cuidando de su padre moribundo..., o peor, vino, pero se perdió. España es muy grande.
Le pudo pasar lo que a mi amigo Alfredo, que al volver de Inglaterra se pidió un billete de avión para Mallorca y acabó en Las Palmas.
Desde entonces, que me vino el pensamiento, pues la tengo que buscar. Y tengo tarea, ya ve usted que hay muchas mujeres a las que preguntar, no hago otra cosa, es la mujer de mi vida. Por eso, aquel día, después de años sin prestarle demasiada atención, preparé un escenario.
No fue difícil pasar a su lado en el momento oportuno, mirarle a los ojos y atarlo a mí. Haciéndome pasar por la americana esperada, dejo que se desarrollen los diálogos, fluyendo de forma natural un guion que está muy bien ensayado. Voy contestando sus preguntas y le sonrió mirándole a los ojos. A todo le digo que sí. Y no sólo soy de Indianápolis, sino que, además, soy la mujer que tanto ama. Le doy un abrazo y le beso. Nos alejamos por la calle mientras él me cuenta, ilusionado, sus planes. Y me incluye, por supuesto, en su vida, en su futuro.
Y qué tierno contándome sus sentimientos, los días oscuros de preguntas incontestables.
No voy a revelar aquí, no es el lugar adecuado, lo que ocurrió esa noche de recuerdos fingidos. Al día siguiente, cuando me fui de su casa aún estaba durmiendo.
Y cuando volvimos a vernos, unos días después, ya no me recordaba.

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