Antonio Fajardo Álvarez es uno de mis mejores amigos. Lo conocí hace ya muchos años en unas jornadas de arqueología que tuvimos aquí, en Alicante.
Los dos compartíamos, y aun lo hacemos, un amor desbordado por el arte rupestre.
Él es un hombre de edad indefinida, pintor aficionado, de rasgos antiguos.
Nos vemos una vez por semana y, entre vino y vino, hablamos de nuestras cosas.
Antonio tiene ideas muy originales sobre todo lo que concierne a su especialidad; cómo hacían los pinceles esos hombres mal llamados primitivos, como él mismo se encarga de resaltar cada vez que tiene ocasión, cómo cazaban, como se relacionaban entre ellos, sus costumbres, su forma de pensar y comunicar... En fin, tiene teorías para todo.
Y tengo que admitir que, al oírle hablar, uno queda transportado a su mundo, apoyado por su verbo fluido, su vehemencia y la seguridad con la que expone sus argumentos.
Cuántas veces imaginamos juntos ese mundo lejano, al amor del fuego, del vino y del tono agradablemente ronco de su voz.
Ayer fui a su casa, una casa grande y rústica situada al pie de una montaña, como todos los sábados, pero no estaba. Y eso es algo fuera de lo normal, era la primera vez que faltaba en veinte años.
Esperé casi una hora antes de ponerme nervioso. Llamé al timbre con insistencia antes de buscar la puerta de detrás de la casa, por lo general siempre cerrada y que nunca usé, y de comprobar también las ventanas. Quizá se había desmayado, o le había dado un infarto, o yo que sé.
Por suerte, una de las ventanas estaba sin asegurar. Entré y busqué en el comedor, la cocina y, finalmente, su habitación sin encontrarlo. Pero fue aquí que me fijé en una pequeña puerta, bien disimulada tras un perchero antiguo. Con la excusa de buscarlo me atreví a abrirla, y lo que allí encontré me dejó un sabor extraño. Porque esa habitación era en realidad una cueva que se alargaba hasta donde la luz me dejaba ver. Las paredes estaban pintadas con lo que parecían se pinturas rupestres, y a ambos lados, todo muy bien ordenado, se encontraba una colección de todo tipo de utensilios prehistóricos, hachas de piedra, puntas de lanza, primitivos mazos y otros instrumentos desconocidos.
Lo primero que pensé fue en lo raro que era el hecho de que nunca, en todos estos años, me hubiese hablado de ello. Porque, claro, aquello sólo podían ser imitaciones, o más bien reconstrucciones basadas en restos encontrados. Y las pinturas, seguramente las había hecho él mismo. Yo le había visto algunos cuadros y puedo asegurar que le había cogido muy bien el tranquillo a las pinturas rupestres, lo hacía con tanta elegancia como se les suponía a las auténticas.
Absorto como estaba no me di cuenta de que Antonio estaba apoyado en el marco de la puerta, mirándome en completo silencio. Encendió una tea, cerró la puerta, me cogió del brazo y, sin decir palabra, fuimos entrando hacia el fondo de la gruta sin fondo, mientras yo quedaba sin respiración al ver todo lo que me fue mostrando.
Los dos compartíamos, y aun lo hacemos, un amor desbordado por el arte rupestre.
Él es un hombre de edad indefinida, pintor aficionado, de rasgos antiguos.
Nos vemos una vez por semana y, entre vino y vino, hablamos de nuestras cosas.
Antonio tiene ideas muy originales sobre todo lo que concierne a su especialidad; cómo hacían los pinceles esos hombres mal llamados primitivos, como él mismo se encarga de resaltar cada vez que tiene ocasión, cómo cazaban, como se relacionaban entre ellos, sus costumbres, su forma de pensar y comunicar... En fin, tiene teorías para todo.
Y tengo que admitir que, al oírle hablar, uno queda transportado a su mundo, apoyado por su verbo fluido, su vehemencia y la seguridad con la que expone sus argumentos.
Cuántas veces imaginamos juntos ese mundo lejano, al amor del fuego, del vino y del tono agradablemente ronco de su voz.
Ayer fui a su casa, una casa grande y rústica situada al pie de una montaña, como todos los sábados, pero no estaba. Y eso es algo fuera de lo normal, era la primera vez que faltaba en veinte años.
Esperé casi una hora antes de ponerme nervioso. Llamé al timbre con insistencia antes de buscar la puerta de detrás de la casa, por lo general siempre cerrada y que nunca usé, y de comprobar también las ventanas. Quizá se había desmayado, o le había dado un infarto, o yo que sé.
Por suerte, una de las ventanas estaba sin asegurar. Entré y busqué en el comedor, la cocina y, finalmente, su habitación sin encontrarlo. Pero fue aquí que me fijé en una pequeña puerta, bien disimulada tras un perchero antiguo. Con la excusa de buscarlo me atreví a abrirla, y lo que allí encontré me dejó un sabor extraño. Porque esa habitación era en realidad una cueva que se alargaba hasta donde la luz me dejaba ver. Las paredes estaban pintadas con lo que parecían se pinturas rupestres, y a ambos lados, todo muy bien ordenado, se encontraba una colección de todo tipo de utensilios prehistóricos, hachas de piedra, puntas de lanza, primitivos mazos y otros instrumentos desconocidos.
Lo primero que pensé fue en lo raro que era el hecho de que nunca, en todos estos años, me hubiese hablado de ello. Porque, claro, aquello sólo podían ser imitaciones, o más bien reconstrucciones basadas en restos encontrados. Y las pinturas, seguramente las había hecho él mismo. Yo le había visto algunos cuadros y puedo asegurar que le había cogido muy bien el tranquillo a las pinturas rupestres, lo hacía con tanta elegancia como se les suponía a las auténticas.
Absorto como estaba no me di cuenta de que Antonio estaba apoyado en el marco de la puerta, mirándome en completo silencio. Encendió una tea, cerró la puerta, me cogió del brazo y, sin decir palabra, fuimos entrando hacia el fondo de la gruta sin fondo, mientras yo quedaba sin respiración al ver todo lo que me fue mostrando.

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