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miércoles, 27 de septiembre de 2017

EL COBRADOR

El timbre. 
Detrás de la puerta hay un señor bien vestido, sobrio sin llegar a elegante, rasgos claros, mirada viva. 
Como parece culto le dejo pasar. Le ofrezco un sofá y se sienta. Yo, al lado, en el otro. 
Vengo a cobrar, dice con voz clara y timbre peculiar. 
- ¿Cobrar? No debo nada. 
-No es dinero lo que reclamo. 
-Usted dirá. 
-Vengo a cobrar los excesos. 
-Excesos... dígame qué excesos son esos. 
-Haga memoria. 
-No recuerdo. 
-Si quiere le ayudo un poco. 
-Sí, ayúdeme. 
-Albacete, mil novecientos setenta y ocho. Usted queda con su pandilla, van a bailar, se toman unas cervezas, algunos se van retirando... Y usted se queda con... ¿Recuerda? Sí, claro que lo recuerda. En realidad, usted nunca ha podido olvidarlo. O Granada, mil novecientos ochenta y seis. Usted y su novia van a casa de un amigo. Saca el material y lo reparte, entonces... 
- ¡Basta!... Basta, basta, basta. No siga. 
-Tiene usted un historial que da asco. Pero bueno, lo paga y comienza un nuevo tiempo, la posibilidad de poner en práctica lo aprendido. Eso, si llegamos a un acuerdo. Usted dirá. 
-¿Qué tipo de acuerdo?. 
-A ver, tengo lo clásico, y le digo que lo más solicitado es alguna variable de la enfermedad. Por ejemplo, algo de hígado, piedra en el riñón, un brazo partido, con recuperación segura. Esto es si lo que debe pagar es poco. Para lo grave tenemos un ataque al corazón. Con eso se paga todo. -Usted me está tomando el pelo. 
- ¿El pelo, dice? Ni de broma. En fin, sigamos. Para usted tengo, a ver, a ver... Sí, impotencia hasta la muerte. Con eso bastará. 
- ¡Oh, no! Eso es demasiado. Aún necesito unos años. Mierda, he follado poco. ¡He follado poco!        
-Bueno, en ese caso... Ummm, a ver qué le parece... Quedarse sin dentadura, una infección y chin Pun. 
-Pero es que la dentadura... 
-Está usted poniéndose muy exigente. Le hago la última oferta. Elija un dedo, el que sea. 
-Un dedo... 
-Diga algo. 
-Es que no... 
-Le aseguro que es lo mejor que puedo ofrecerle en este momento, una ganga. 
-Y con un dedo pago todo lo que debo. 
-Eso es, usted se queda como un recién nacido. 

Después de pensarlo un poco se decidió por el meñique de la mano izquierda. Y acto seguido vio su mano, ya sin dedo. También se sintió como un niño de siete años al que sus padres le han regalado un día entero para ir y comer donde quiera. Y limpio, y ligero. 
El hombre ríe al levantarse de la silla. Le dice que, a partir de ahora, las faltas se cobran el doble, así que, a tener cuidado, que la edad ya no perdona. 
Le cierro la puerta y me quedo pensando en esta nueva oportunidad. Buen momento para encontrarme o para perderme otra vez. 
¿El dedo? Eso, en estas circunstancias, es lo de menos.

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