El peón se despertó con el sol, tomó el modesto desayuno que le preparó su madre. Luego le dio un beso y se marchó.
Sus compañeros ya le habían advertido; muy pocos peones resistían las duras condiciones del tablero, y lo más seguro era que acabase muerto en alguna jugada de rutina.
Pero él tenía la seguridad, la fe, o quizás la ingenuidad necesaria para tomar la decisión, una decisión que a veces no se veía ni siquiera en una torre o un caballo.
A mitad de la partida ya se dio cuenta de lo duro que se estaban poniendo las cosas.
Vio la sangre y la muerte a su alrededor, hubo días en que pensó en retirarse, pero cada vez encontró su fortaleza.
Llegaron muy malas noticias, la reina había muerto en una emboscada. Luego una torre y los dos alfiles. La situación era desesperada.
Bien, pensó, está todo perdido, ya no hay nada que perder.
Una fiebre le poseyó y, con paso firme, fue abriéndose paso entre los suyos hasta las filas enemigas.
Las piezas se apartaban de él y le llamaban temerario, pero logró acercarse hasta las últimas filas, cerca del rey enemigo.
Y en un absurdo error de la reina, entró triunfal al cielo de los cambios, donde se transformó en la nueva reina.
Permitirme que no os diga quien ganó. La historia que os he contado trasciende la mecánica brutal de una batalla.
Esta es la historia de un épico sueño y de una transformación.
Sus compañeros ya le habían advertido; muy pocos peones resistían las duras condiciones del tablero, y lo más seguro era que acabase muerto en alguna jugada de rutina.
Pero él tenía la seguridad, la fe, o quizás la ingenuidad necesaria para tomar la decisión, una decisión que a veces no se veía ni siquiera en una torre o un caballo.
A mitad de la partida ya se dio cuenta de lo duro que se estaban poniendo las cosas.
Vio la sangre y la muerte a su alrededor, hubo días en que pensó en retirarse, pero cada vez encontró su fortaleza.
Llegaron muy malas noticias, la reina había muerto en una emboscada. Luego una torre y los dos alfiles. La situación era desesperada.
Bien, pensó, está todo perdido, ya no hay nada que perder.
Una fiebre le poseyó y, con paso firme, fue abriéndose paso entre los suyos hasta las filas enemigas.
Las piezas se apartaban de él y le llamaban temerario, pero logró acercarse hasta las últimas filas, cerca del rey enemigo.
Y en un absurdo error de la reina, entró triunfal al cielo de los cambios, donde se transformó en la nueva reina.
Permitirme que no os diga quien ganó. La historia que os he contado trasciende la mecánica brutal de una batalla.
Esta es la historia de un épico sueño y de una transformación.

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