La música, oh, ese ingrediente imprescindible. Y precisamente aquel día no podía faltar.
Yo lo tenía todo previsto, soy muy puntilloso, y ella estaba a punto de llegar.
Una amiga le había dejado el apartamento, y ya sabía que teníamos un moderno equipo de sonido, digno de tan especial ocasión.
Ella estaba radiante, yo expectante. Y cada vez más excitado ante la posibilidad de ver cumplido un deseo tan deseado.
Y llegó el momento mágico, cuando ella dice que entra un momento al lavabo para hacer cosas de mujeres y yo voy a poner algo de música para ir ambientando.
Enciendo el equipo y pongo el cd. Y ¡tachán! No suena.
Repaso los cables, compruebo las conexiones y no encuentro el fallo. Todo está bien, pero la música no suena. Bueno, traemos el otro equipo, el de la habitación de al lado.
Todo se enciende, buena señal. No tiene reproductor de cd, mala señal.
Ella está sentada en el sofá, mirándome divertida mientras hago de mecánico.
Mecánico cada vez más nervioso.
Cuando ya desisto, pensando que tampoco es mala cosa el silencio, se me enciende la bombilla. La tele es de esas nuevas que tienen entrada de usb.
Perfecto, porque siempre llevo el mío con la música adecuada.
Doy saltitos de alegría mientras lo enchufo, pensando en la agradable coincidencia. Meter el usb en su ranura, lo pillas, ¿no?
Toda esa felicidad termina pronto, cuando el pincho no es reconocido, lo pillas, ¿no?
Ella se acerca tarareando una canción en mi oreja, me coge de la mano y me demuestra que la importancia de la música es relativa.
Al rato, yo también lo entiendo.
Yo lo tenía todo previsto, soy muy puntilloso, y ella estaba a punto de llegar.
Una amiga le había dejado el apartamento, y ya sabía que teníamos un moderno equipo de sonido, digno de tan especial ocasión.
Ella estaba radiante, yo expectante. Y cada vez más excitado ante la posibilidad de ver cumplido un deseo tan deseado.
Y llegó el momento mágico, cuando ella dice que entra un momento al lavabo para hacer cosas de mujeres y yo voy a poner algo de música para ir ambientando.
Enciendo el equipo y pongo el cd. Y ¡tachán! No suena.
Repaso los cables, compruebo las conexiones y no encuentro el fallo. Todo está bien, pero la música no suena. Bueno, traemos el otro equipo, el de la habitación de al lado.
Todo se enciende, buena señal. No tiene reproductor de cd, mala señal.
Ella está sentada en el sofá, mirándome divertida mientras hago de mecánico.
Mecánico cada vez más nervioso.
Cuando ya desisto, pensando que tampoco es mala cosa el silencio, se me enciende la bombilla. La tele es de esas nuevas que tienen entrada de usb.
Perfecto, porque siempre llevo el mío con la música adecuada.
Doy saltitos de alegría mientras lo enchufo, pensando en la agradable coincidencia. Meter el usb en su ranura, lo pillas, ¿no?
Toda esa felicidad termina pronto, cuando el pincho no es reconocido, lo pillas, ¿no?
Ella se acerca tarareando una canción en mi oreja, me coge de la mano y me demuestra que la importancia de la música es relativa.
Al rato, yo también lo entiendo.

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