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viernes, 29 de septiembre de 2017

GUILLOTINA

Os digo que impresiona. Una cosa es verla de lejos, y otra muy distinta estar aquí a su lado. 
Mi cabeza parece a punto de estallar mientras mis ojos se quedan atrapados en la cuchilla. Pienso en la muerte, pero enseguida me atrae el griterío de la gente. Quieren sangre y yo se la voy a proporcionar. 
Toco la guillotina con la mano y me entran unas terribles ganas de vomitar. 
Los gritos se convirtieron en rugidos y me di cuenta de lo poco que faltaba para que todo acabase. 
Bueno, ya vamos. Me coloco en mi sitio despacio. La gente me ve y bajan la intensidad de sus voces. En un momento habrá terminado todo. 
Las autoridades dan la orden. Yo miro a la gente y cierro los ojos. 
Baja la guillotina y la cabeza queda en un baldo, limpiamente separada del cuerpo. 
Luego recojo mis cosas y me voy a casa. 
No ha ido del todo mal la cosa para ser mi primer día de trabajo.

jueves, 28 de septiembre de 2017

LA CARTA

Mírenla, es esa, la de ahí. Esa es la carta. En donde me dice que me quiere, que conmigo ha vivido los mejores años de su vida, y me recuerda algunos de esos momentos, con esa letra suya tan precipitada y cristalina. Me dice de sus dudas y pide tiempo. Esto no es un adiós, es un hasta luego. Me llamará pronto, en unos meses, cuando vuelva de Venezuela. Me quiere mucho. En esa carta. 
Pero hace ya tantos años... Y si no la he abierto hasta ahora...

FOTOGRAFÍAS

-Mira esta, dijo, fue a los tres meses de conocernos y bla, bla, bla. Sí, ahí está todo reflejado; la mirada viva, el futuro entero, el rostro iluminado. Las horas largas en la ausencia y cortas cuando los besos. Los días encendidos y las noches abrazados. 
Y flotar sobre el suelo sin el peso de los años. En fin, el asombro de sentirse enamorado. 
-Y como ves, en esta ya han pasado los años, ja ja ja, mira esas patas de gallo... Los años. Ellos son la causa del gesto cansado, y también de la deriva. 
Ya se fue la chispa con su brillo, y del fuego sólo quedan las ascuas apuradas. 
Patas de gallo, decepciones de gallo. 
-Esta es la última que nos hicimos, aquí ya estaba muy enfermo. 
No, corazón, allí ya estaba muerto.

TODO MENOS MI NOMBRE

Lo recuerdo todo menos mi nombre. 
Eran fines de semana de siete días, y allí estaban las drogas que diseñaron nuestros días, nuestros encuentros sobre la punta de la noche, las parejas de puertas abiertas, los sidas que se morían. 
Allí estaban los conciertos imperfectos, los pelos con colores expandidos. Allí todo era moderno. Algunos también murieron de esas muertes repentinas; caída desde el sexto, por puñalada, caída de moto en una de las muchas curvas que tiene la noche, sobredosis excesiva. 
Todos los corazones fueron explotados, y explotando entre la histeria, las bocas se quedaron sin saliva. 
Me recuerdo preguntando por la puerta de salida, aunque todos se iban por la ventana. 
Cuando nos fuimos a la década siguiente, el suelo quedó cubierto de combustible. 
Ahora estoy contando todo lo que recuerdo, porque todo lo recuerdo. 
Todo, menos mi nombre.

miércoles, 27 de septiembre de 2017

ARTE PÓVERA

Hola, me llamo Jacobo y hasta hace seis meses era el hombre más feliz del mundo. 
Siempre estuve en el negocio de los carburantes, gané mucho dinero, viví como un rey y me casé con el premio gordo, experta en arte. 
Después de la boda, su padre nos regaló esta mansión, donde vivimos una vida que no es de este mundo. 
Todo iba rodado, suave como la senda, pero ayer apareció en escena y se instaló justo, justo a dos metros de la entrada de nuestra casa. 
Ropa vieja y rota, barba blanca y negra, desaliñada, hedor corporal notable, una caja grande de cartón, dos mantas y una sombrilla rota. 
Me acerqué para aconsejarle, de forma civilizada, que cambiase su residencia, pero sacó un móvil, consultó algo, me miró y dijo que nanay de la china, que estaba en su derecho. 
Y llevaba razón. Pero yo era el rico, y él, un mierda. 
Llamé a mi abogado y le pedí que elaborase un plan de desalojo, el cual estuvo listo en dos días. Y fue la policía y todo, pero a la hora de aplicar la justicia del rico, el pobre saca el móvil, consulta, y con la ley en la mano reta al policía, que abrumado por lo obvio tiene que marcharse con las manos vacías. 
A mi mujer parece hacerle mucha gracia todo este asunto. Se ríe abiertamente de mis comentarios y de los esfuerzos que hago para quitarme a ese tipo de encima. En consecuencia, yo me cabreo. 
Esta mañana ha estado especialmente activo, pues está dando forma a varios elementos que se ha traído de la basura, consiguiendo algo que alguna gente no tendrá inconveniente en llamar arte. 
Yo quiero pegarle fuego. Con orden, primero él y después el arte. Y sanseacabó. 
Hoy se le acercó mi mujer y estuvieron hablando un rato. Vi como ella le daba dinero. 
A la mañana siguiente, su espacio estaba lleno de objetos varios, basuras, plásticos, botellas, alambres, una maleta, periódicos, perchas... Yo no daba crédito y cada día estaba más cabreado. 
Mi abogado me da malas noticias. Mi mujer está cada día más contenta. El pobre está bien vestido, mi mujer le ha pagado un traje nuevo. El pobre parece un rico despistado entre sus pertenencias. Es el colmo, tengo que hablar con mi señora. Pero ella está muy ocupada consiguiéndole al pobre, que eso es lo que es, una exposición de arte póvera que le lanzará al estrellado cielo de los verdaderos artistas. 
Es también el momento que ella elige para pedir el divorcio, irse a vivir con el artista y dejar caer suavemente a su marido. 
¡Por el amor de dios! ¿Qué hacen aquí estas facturas?

HAMID

Hamid vive en un pueblo de Albacete. 
Hamid tiene la agilidad de un gato. 
Conoce cada rincón de su barrio, calles antiguas, casas con humedad permanente y alquileres bajos. 
Hamid sueña balones. 
Juega algunas tardes con el hijo de los vecinos, y a veces se va con él a su casa a ver alguna peli o a jugar con la nintendo. Ha visto ya casi todas las habitaciones de la casa mientras juega con su amigo. Está fascinado por la cantidad de ropa, cacharros y juguetes que hay por cada rincón. 
Aquel sueño que solía tener en el que se encontraba dentro de la casa, completamente sólo, se hizo realidad una tarde. Hamid llama al timbre y se encuentra la puerta abierta. Entra despacio, con precaución y cierra tras de sí. Llama a su amigo con voz bastante fuerte como para que le pueda oír desde el tercer piso. Pero no contesta nadie. Hamid se mueve por toda la casa mirando por las habitaciones, los armarios, los cajones. De todas las cosas que quiere llevarse descarta, por grandes, la tele y el ordenador. No encuentra la Nintendo. 
Se está poniendo nervioso, quiere salir de allí cuanto antes, pero a ver que hay... No se decide. Baja las escaleras, se acerca a la puerta, la entreabre y mira por si viene alguien. Oye voces a lo lejos y le entra la prisa. 
Casi sin mirar abre un mueble que hay a la entrada y coge algo que tiene asa. Lo esconde bajo su camiseta, dándole pinta de haber robado algo. Sale y se aleja como alma que lleva el diablo. Entra en su casa y se va a su cuarto para ver su modesto botín. 
Y había que ver la cara que puso el pobre Hamid cuando vio la reluciente tetera marroquí que tenía entre las manos.

TÚ SERÁS ÉL

Entro al bar en donde, cada noche de mi vida, te espero. Estoy segura de que vendrás, acuciado por la irreverente llamada de mi cuerpo deseante, para llenarme de tu vida, de tu amor. Muchos hombres se han sentado aquí, en esta mesa, a mi lado. Me contaron sus historias, les amé durante un rato. Hasta que me daba cuenta de que no eran tú. Así que, espero. 
Me tomo un cubata. Y luego, otro. 
Y como otras veces, como siempre, llegas preguntando con los ojos y entonces yo, como ya sabes, te digo que sí, que estoy libre... Invítame. Te sientas casi sin hacerme caso, como si no estuviera. Pero no dejas de mirarme de reojo, como mirando al fondo, como si no supieras. ¡Vaya! A ver si vas a ser tú esta vez. Ya me lo merezco, que mira que he aguantado a pesados, ¿Eh? Sí, amigo, sé quién tiene algo de maría. Sí, encantada, yo me llamo Marta. Sí, de aquí, del pueblo. No, ¿y tú? Vaya, que sorpresa. Yo aquí, muy cerca, a cinco minutos andando. Sí, ¿Por qué no? Podemos escuchar un poco de música, tomarnos un té... En fin, si quieres nos vamos ya... Sí, estupendo, mientras pagas yo voy al baño. Ella mea sentada en el blanco váter helado. Ella intuye que él no es él. Ella saca una pastilla del bolsillo y se la toma. 
Durante las próximas ocho horas, aquel desconocido se convertirá en el hombre deseado.

EL COBRADOR

El timbre. 
Detrás de la puerta hay un señor bien vestido, sobrio sin llegar a elegante, rasgos claros, mirada viva. 
Como parece culto le dejo pasar. Le ofrezco un sofá y se sienta. Yo, al lado, en el otro. 
Vengo a cobrar, dice con voz clara y timbre peculiar. 
- ¿Cobrar? No debo nada. 
-No es dinero lo que reclamo. 
-Usted dirá. 
-Vengo a cobrar los excesos. 
-Excesos... dígame qué excesos son esos. 
-Haga memoria. 
-No recuerdo. 
-Si quiere le ayudo un poco. 
-Sí, ayúdeme. 
-Albacete, mil novecientos setenta y ocho. Usted queda con su pandilla, van a bailar, se toman unas cervezas, algunos se van retirando... Y usted se queda con... ¿Recuerda? Sí, claro que lo recuerda. En realidad, usted nunca ha podido olvidarlo. O Granada, mil novecientos ochenta y seis. Usted y su novia van a casa de un amigo. Saca el material y lo reparte, entonces... 
- ¡Basta!... Basta, basta, basta. No siga. 
-Tiene usted un historial que da asco. Pero bueno, lo paga y comienza un nuevo tiempo, la posibilidad de poner en práctica lo aprendido. Eso, si llegamos a un acuerdo. Usted dirá. 
-¿Qué tipo de acuerdo?. 
-A ver, tengo lo clásico, y le digo que lo más solicitado es alguna variable de la enfermedad. Por ejemplo, algo de hígado, piedra en el riñón, un brazo partido, con recuperación segura. Esto es si lo que debe pagar es poco. Para lo grave tenemos un ataque al corazón. Con eso se paga todo. -Usted me está tomando el pelo. 
- ¿El pelo, dice? Ni de broma. En fin, sigamos. Para usted tengo, a ver, a ver... Sí, impotencia hasta la muerte. Con eso bastará. 
- ¡Oh, no! Eso es demasiado. Aún necesito unos años. Mierda, he follado poco. ¡He follado poco!        
-Bueno, en ese caso... Ummm, a ver qué le parece... Quedarse sin dentadura, una infección y chin Pun. 
-Pero es que la dentadura... 
-Está usted poniéndose muy exigente. Le hago la última oferta. Elija un dedo, el que sea. 
-Un dedo... 
-Diga algo. 
-Es que no... 
-Le aseguro que es lo mejor que puedo ofrecerle en este momento, una ganga. 
-Y con un dedo pago todo lo que debo. 
-Eso es, usted se queda como un recién nacido. 

Después de pensarlo un poco se decidió por el meñique de la mano izquierda. Y acto seguido vio su mano, ya sin dedo. También se sintió como un niño de siete años al que sus padres le han regalado un día entero para ir y comer donde quiera. Y limpio, y ligero. 
El hombre ríe al levantarse de la silla. Le dice que, a partir de ahora, las faltas se cobran el doble, así que, a tener cuidado, que la edad ya no perdona. 
Le cierro la puerta y me quedo pensando en esta nueva oportunidad. Buen momento para encontrarme o para perderme otra vez. 
¿El dedo? Eso, en estas circunstancias, es lo de menos.

¿ERES AMERICANA?

El hombrecillo camina entre la gente, al azar escoge a una mujer de entre todas y así, de sopetón, le pregunta, ¿es usted americana? La mayoría de ellas esbozan una sonrisa, a veces natural, a veces forzada, antes de dejarlo con la palabra en la boca. A él no parece importarle, pues de inmediato busca a la siguiente mujer que se aproxima. 
Y, según dicen, lleva así años, sin cambiar de objetivo, siguiendo siempre el sencillo orden de su interminable tarea. 
A veces, cada cierto tiempo, aparece una chica que, casualidades de la vida, es americana. Entonces se le ilumina la cara, riendo toda ella. Americana, ella es americana. ¿De qué estado? Ella responde en un español chapurreao, sin darse cuenta que a ese hombre le falta un tornillo. De Virginia. El hombre esboza una amarga mueca. ¡Qué pena! La americana sigue su camino sospechando, ahora sí, que el tipo ese no anda bien de la azotea. 
Y hubo como un milagro, otra oportunidad para nuestro hombre, pues unos dos años atrás encontró a una mujer, de mediana edad, americana, y que resultó ser de Indiana, cosa que le hizo sentir algo parecido al éxtasis divino. Seguro que era ella, la chica de sus sueños. La misma que hace ya tantos años, le prometiera volver algún día. Y, si no es una molestia, señorita, ¿no será usted, por casualidad, Sí, soy americana. Sí, soy de Indiana. 
Pero a la hora de la verdad, aquella mujer que tanto prometía, se queda a las puertas del premio gordo porque no acierta la última pregunta. Ella no es de Indianápolis. 
Sí, sí, está claro que el hombre no entendió el contexto del mensaje "algún día". Para ella significaba "seguramente, nunca", y para él fue un "algún día es...algún día". O sea que un día u otro llega, ¿no? Y como no llegaba, yo pensaba que estaría enferma, o cuidando de su padre moribundo..., o peor, vino, pero se perdió. España es muy grande. 
Le pudo pasar lo que a mi amigo Alfredo, que al volver de Inglaterra se pidió un billete de avión para Mallorca y acabó en Las Palmas. 
Desde entonces, que me vino el pensamiento, pues la tengo que buscar. Y tengo tarea, ya ve usted que hay muchas mujeres a las que preguntar, no hago otra cosa, es la mujer de mi vida. Por eso, aquel día, después de años sin prestarle demasiada atención, preparé un escenario. 
No fue difícil pasar a su lado en el momento oportuno, mirarle a los ojos y atarlo a mí. Haciéndome pasar por la americana esperada, dejo que se desarrollen los diálogos, fluyendo de forma natural un guion que está muy bien ensayado. Voy contestando sus preguntas y le sonrió mirándole a los ojos. A todo le digo que sí. Y no sólo soy de Indianápolis, sino que, además, soy la mujer que tanto ama. Le doy un abrazo y le beso. Nos alejamos por la calle mientras él me cuenta, ilusionado, sus planes. Y me incluye, por supuesto, en su vida, en su futuro. 
Y qué tierno contándome sus sentimientos, los días oscuros de preguntas incontestables. 
No voy a revelar aquí, no es el lugar adecuado, lo que ocurrió esa noche de recuerdos fingidos. Al día siguiente, cuando me fui de su casa aún estaba durmiendo. 
Y cuando volvimos a vernos, unos días después, ya no me recordaba.

martes, 26 de septiembre de 2017

COMIÉNDOSE EL MUNDO

Desde que aprendió a caminar no ha parado. Se ve que lo estaba deseando. Y viéndolo tan decidido ya sé que querrá comerse el mundo. 
Raro es el día en que no lo encuentre al borde de la muerte, ya sea por precipitación, quemaduras de tercer grado o envenenado con salfumán. 
Un día decidí observarlo sin que se diese cuenta. Y me tocó en suerte presenciar un auténtico espectáculo. Entró vacilando a la cocina, con gran esfuerzo se subió a una silla. De ahí, a los armarios. Abrió todas las puertas, tocó todos los botes, los paquetes de garbanzos, la harina. Pronto se cansó, y puso su interés en un jarrón que hay encima de la nevera. No llegaba con las manos, pero pronto encontró una olla, que puso al lado de la nevera para usarlo de escalón. 
La cosa se había puesto interesante. Pensé en pararle, pues se dirigía, sin duda alguna, hacia un buen batacazo. Pero me contuve, quería darle una oportunidad, después de todo, quien soy yo para negarle a mi hijo su derecho a la osadía. 
No quiero aburrirte con la descripción minuciosa de todos los movimientos que hizo, porque cada uno de ellos era un claro desafío a las obsoletas creencias que la ciencia aún sostiene. 
Pero sí, la escena termina con el niño mordiendo el suelo. 
Bueno, pienso mientras le limpio la sangre, si vas a comerte el mundo, bien está que lo vayas probando.

EL RELOJ DE HUMO

Cada día, sobre las ocho de la mañana, llega y se sienta en las escaleras de abajo de mi casa. Saca una litrona de cerveza y se lía un buen porro de marihuana. Es un reloj. Cuando huelo a maría, es que son las ocho. 
En los últimos meses ha adelgazado mucho, la cara se le ha llenado de huesos y pellejo. 
Tiene un amigo de calle, buen chaval, con la pinza floja. Está todo el día rebuscando entre la gente algunos euros para tabaco. O lo que sea. 
El otro día lo vi por la calle, iba llorando. Le pregunté. Me dijo que a su amigo, el reloj de humo, le habían dicho que tenía un cáncer de hígado. Lo siento. Se aleja. 
Al día siguiente les veo en su sitio, debajo de mi casa. 
No falta la litrona ni el porrazo. 
Sobra piel en su cara. 
Sobran los comentarios.

RECUERDA

 -Buenos días, ¿cómo estás?
 -Pues... no sé... bien... 
 - ¿Que podemos hacer esta mañana? 
 -Yo...ahora mismo... Ufff...
 -Vale, nos quedamos aquí.
 -Sí, mejor aquí...
 -Oye, ¿recuerdas tu nombre?
 -Sí, claro... mi nombre... mi nombre...
 -No lo recuerdas. 
 -No. 
 - ¿Y quieres saberlo? 
 - pueees... Sí, claro. 
 - te llamas Eulalio. 
 - ¡Eulalio! Pues claro que sí, Eulalio... 
 - ¿Qué más cosas recuerdas de ti, de tu vida... 
 - yo... No recuerdo nada. 
 - haz un esfuerzo, venga.
 - me llamo Eulalio... mis padres... nací en... en... ¡No puedo! 
 - tranquilo, no pasa nada, déjalo. Seguro que no tienes hambre, ¿verdad? 
 - no, nada de hambre. 
 - qué curioso, no tienes hambre. Y, ¿recuerdas qué comiste ayer? 
 - pues no, y es un poco raro, sí. 
 - y tampoco sabes nada de porqué estamos aquí. 
 - me gusta mi casa.
 - Sí, aquí te sientes a gusto.  ¿quieres que entremos en la habitación de al lado?
 - ahora no, luego. 
 - ¿luego? ¿Cuándo será luego? 
 - pues...dentro de un rato.
 - Eulalio, llevamos aquí metidos mucho, mucho tiempo.
 - si.
 - si no recuerdas, no nos vamos.
 - ¿a dónde? 
 - a un sitio estupendo. 
 - ¿y allí estaré bien? 
 - más que eso, allí serás completamente feliz. 
 - ¿seguro? 
 - Eulalio, hoy estás en el buen camino, no te desvíes y...recuerda. Nos va la vida en ello... ¿Sí?
 -la vida, la vida, sí, a ver...mis padres, mis padres, ella era dulce como el membrillo, sus besos, su olor, y él era algo como los chopos, golondrino, trovador y rey de la creación. Mi pueblo, de casas con macetas, don diego de noche, laúd y pandereta con botella de anís, niños asilvestrados, eternos veranos. Crecí y llego hasta ti. Nos queremos y nos casamos. Pasa el tiempo y... pasó aquello... 
 - ¿Qué fue...aquello? 
 - no lo recuerdo. 
 - Eulalio, vamos a entrar en la habitación de al lado. 
 - no, aún es pronto. 
 - ¿recuerdas lo que hiciste ahí?
 - Sí, lo recuerdo. Un día, perdí el norte de mi vida. Aburrido de existir me puse celoso, todo el día y todos los días. Te vigilaba y, a veces, te seguía por las calles. Tú te portaste de maravilla, otra en tu lugar me habría dejado plantado a las primeras de cambio. 
 - sigue, Eulalio, sigue, estamos cerca. 
 - un día me desperté y te maté de un hachazo. 
 - eso es, Eulalio, así fue.
 - pero ¡qué horrible! Y tú estás muerta.
 -sí, ahora lo has recordado y eso es lo que importa. Ahora podemos irnos. 
 - ¿irnos? ¿Los dos? Pero... Tú estás muerta..., y yo...... 
 - recuerda, Eulalio, recuerda...

martes, 19 de septiembre de 2017

MÚSICA

Seguimos con la música.
En la entrada anterior, "Todo suena", decía que todo suena porque todo vibra. Eso es una cualidad de la energía: si vibra, suena. Y resulta que todo lo que existe vibra.
Otra cualidad de la música es que influye en nuestro estado de ánimo.
Hay una música para relajar, otra para enardecer, meditar, bailar, para volverte loco, para acompañar, para sentirte vivo.
Cuando a alguien le llega la música dice que le ha tocado la fibra. Qué será, donde estarán esos receptores que acogen la vibración que oscila y nos mueven cosas para las que no tenemos nombre...
La música es un puente entre nuestra intención y los demás, algo que nos conecta en una red de sentimiento, nos conecta a todos en la misma frecuencia y nos hace sentir lo que no está escrito.
Una canción nos une al otro por años. Decimos que aquella fue nuestra canción, esa que cada vez que sonaba nos quedábamos extasiados.
La música nos nos pone en movimiento, nos acelera. Y nos hace sudar la gota gorda. Bajo su influjo, no tenemos hartura, queremos más y más y más. Bailar hasta el amanecer.
Sí, bailar como baila el mismo sonido, esos minúsculos pedacitos de vibración que nadie sabe de donde sale, pero que nos conecta sin palabras al mundo y al otro, a ti, a todos.
La música, que cantada en letanía durante horas nos sumerge en otro mundo, dejándonos fuera de la razón, más allá de las palabras, en un mundo pleno de sentido.
La música, que canaliza nuestro dolor y lo extrae de nuestro interior. Que, además, nos ayuda a soportar situaciones insoportables. La música es curativa, opera con su cirugía en los más recónditos lugares de nuestra alma, dejándola limpia de dolor.
La música, que nos eleva por encima de las palabras, que nos deja sin pensamientos, que no pregunta ni exige más que el abandono momentáneo de nosotros mismos.
La música, que nos conecta con lo intangible, lo que no tiene cuerpo ni explicación.
La música, que forma caminos infinitos para encontrarnos o perdernos.
La música, que nunca empieza ni termina, que nos acompaña sin preguntar, que sirve a todos por igual, que duele y da placer.
La música, que derriba muros en Jericó, que ablanda corazones duros, que extrae sonrisas a los niños y enamora a los adultos, que nos acompaña con tristes notas en la muerte y con bandurrias en las fiestas de algunos pueblos, que nos embelesa cuando nos la cantan flojito al oído y nos pone hechos unos alcornoques en las verbenas del pueblo.
La música, qué misterio.



TODO SUENA

Muchas veces me he preguntado qué es la música. No hay respuesta.
O sí, pero es una respuesta tan larga que se tarda más en decirla que en hacerla.
Porque la música tiene una peculiaridad, no es solamente una "cosa", sino muchas, con infinitas implicaciones de todo orden.
En primera instancia, se me ocurriría decir que la música lo es todo. Dicho así, esto parece como demasiado, ¿verdad?, pero bien mirado vemos que todo lo que existe emite sonido.
Que sí, Paco, que todo, desde las moléculas hasta las galaxias, todo emite sonido porque todo vibra.
Y claro que no sabes cómo suena una célula, pero la única razón que hay para ello es que no tenemos un oído adecuado; uno que sea lo suficientemente fino como para detectar esa ínfima vibración.
Entonces, una mesa suena ¿no?
Pues sí, amiguete, una mesa suena, un planeta suena, una piedra suena, el hierro suena, la gente suena. Todo suena.
Bueno, eso de que la gente suena me suena como demasiado... Y, en todo caso, seguro que si pudiésemos oír a una persona, sonaría muy raro, porque sería la suma de todos los sonidos que emitirían todas sus células, sus protones, su hígado, su corazón, su cerebro, sus manos....
Exacto, sonaría todo eso a la vez, pero el resultado, seguramente, sonaría con cierta armonía. He aquí la explicación.
Todo su cuerpo, el total, sería percibido como una nota. Y el resto de sus elementos serían percibidos, oídos, como los armónicos naturales.
Es justamente lo que pasa con una nota cualquiera de cualquier instrumento. Por ejemplo, con una nota de piano. Cuando damos una nota en el piano, si ponemos mucha atención, oiremos alrededor de la nota que pulsamos, un montón de sonidos muy agudos que parecen envolver a la nota base. Son como pajaritos volando alrededor de un águila. El águila es la nota que percibimos con claridad, y los pajaritos serían los armónicos.
Entonces, si una persona pudiese ser percibida como un sonido, el total de esa persona sería como la nota del piano, y todos los demás elementos, el riñón, la sangre, los huesos, serían percibidos como las notas armónicas.
Y esa totalidad es lo que haría de cada ser humano un sonido único e irrepetible.
Y la totalidad de los seres humanos harían la mayor orquesta conocida del mundo mundial.
Seguro que hay gente que está dudando sobre esto que digo, pero no es una teoría sino una realidad.
Todo suena porque todo vibra. No hay tu tía, es lo que hay. Lo digo yo y lo dice la física.
Dejo unos enlaces por si quieres oír cómo suenan algunas cosas.
Por ejemplo, nuestro planeta: https://www.youtube.com/watch?v=NIHd5XOKygk
Otros planetas: https://www.youtube.com/watch?v=VdOoadmTLYI
Las células: https://www.youtube.com/watch?v=TXqrr8QcFKw . Aquí sólo está la noticia, no el sonido en sí.
Estrellas:  https://www.youtube.com/watch?v=sfyHz1wOaG0
Un átomo. Aquí sólo está la noticia, no el sonido, porque su rango es veinte octavas más alto que la nota más alta de un piano, en concreto, un re: http://www.soy502.com/articulo/primera-vez-cientificos-captan-sonido-atomo...
Supongo que habrás oído alguna vez el concepto de música de las esferas. Alguna gente dice haberla escuchado. Me atrevo a sugerir que esta gente han tenido acceso, quizás por unos momentos, al sonido que emite la energía de la que están hechas las cosas, y a las que generalmente no tenemos acceso.
En fin, amigos, lo dicho. Aunque parece increíble, todo, absolutamente todo lo que existe, suena.
Aunque no tengamos oreja para oírlo.

lunes, 18 de septiembre de 2017

PARANORMAL

Encendió el monitor y comenzó con las explicaciones. Bien, empecemos por el principio. Este hombre que ven aquí es Guillermo Estévez Oliva, treinta y siete años. Hace un año nos lo trajeron directamente de un accidente ferroviario. Lo recuerda, ¿verdad? Sí, claro, cómo olvidarlo. Cuando llegó al hospital, enseguida nos dimos cuenta de que era el candidato ideal para el trasplante de mano. Con él íbamos a poder aplicar, por fin, un nuevo y revolucionario tratamiento que aseguraba el cien por cien de éxitos en los trasplantes, sin miedo al rechazo y con el acondicionamiento de unos tendones revolucionarios, duros como el acero y con una cierta elasticidad. Vengan por aquí, señores. En estas fotos pueden ver toda la evolución del proceso. Aquí, en esta foto, miren cómo estaba cuando lo examinamos, vean el amasijo de los dedos. Pero afortunadamente, los tendones, los nervios y huesos de alrededor de la muñeca quedaron bastante bien. En fin, que nos decidimos y, como ven aquí, le cortamos la mano, aplicamos la nueva técnica y en unos días ya estaba todo listo. Le hicimos el trasplante. Quince horas de quirófano. Y quedó como ven aquí. En esta sucesión de fotos pueden apreciar la increíble evolución del corte, ya que los tejidos se unen de forma rápida y limpia. 
En menos de un mes, el señor Guillermo estaba usando su nueva mano a un cincuenta por ciento de la movilidad. A los dos meses ya no notaba la diferencia entre su verdadera mano y la injertada. Los del equipo no dábamos crédito... 
A Guillermo no le importó que pusiéramos unas cámaras de control en su casa, y gracias a eso, ahora podemos ver estas imágenes, aunque sin sonido. 
Vean como justo a partir de ahí comienza a comportarse de forma peculiar. Miren ahí, parece hablar con alguien. Ahí está como enfadado, dando vueltas por toda la casa. 
Ahora viene lo más interesante. Se toca la mano con la otra, la aprieta, la frota de modo ansioso y desordenado. Y, como ven, le está gritando. Le está gritando a la mano. 
Desgraciadamente, las grabaciones las vimos cuando ya todo había terminado, y él no nos puso al corriente de ninguna novedad, así que pensamos que todo iba de maravilla. En fin. 
Y ahora llegamos al final de la historia, amigos. Aquí lo tenemos en uno de sus ataques consigo mismo y su mano. Ahí ven como su mano se comporta de forma... ¡Ahí! Fíjense en ese movimiento. Una muñeca normal no puede hacer eso sin quebrarse... El hombre grita mientras mira su mano enloquecida. Ahora se va hacia la cocina... Coge un cuchillo, el grande, y se corta el brazo, literalmente desde el sobaco... ¡Qué horror! Dándose salvajes y repetidos tajos... El brazo se le separa... Y... El hombre cae al suelo. Incluso viéndolo cuesta creerlo. 
Ya hemos llegado al misterio, que es lo que nos ha reunido hoy, aquí, a todos nosotros. 
Como pueden ver, finalmente, Guillermo se levanta, fíjense en las brutales imágenes. 
Debería estar muerto, desangrado. 
Se dirige a la habitación, con el cuchillo en la mano que aún conserva. Entra y cierra la puerta. Desgraciadamente, la cámara que tenemos en esa habitación generó un archivo corrupto y nuestros técnicos creen que sólo un milagro puede hacer que consigamos ver lo que pasó allí dentro. Lo único que podemos hacer es lanzar hipótesis. 
Porque lo que nosotros no entendemos, de ninguna manera, es que lo encontramos sin el otro brazo, cortado también, como el otro, por el mismo sitio, por el hombro. 
Guillermo lucía como un tronco ensangrentado. 
Qué misterio, qué fuerza se empleó en hacer eso posible, y cómo pudo cortarse el segundo brazo... Qué ocurrió en esa habitación, daría cualquier... 
Perdone que le interrumpa, profesor, pero hay buenas noticias, los técnicos dicen que ha sido un milagro... que las imágenes.... venga, profesor...

EL PROMETIDO

Rosario abrió la puerta, y allí mismo, con los ojos cansados pero vivos, estaba aquel hombre mayor que recién había llamado. 
El hombre suelta una sonrisa que se le sale por entre los huecos de varios dientes. Ella carraspea y le pregunta qué desea. Pero cómo, ¿no sabes quién soy? Mírame, Rosario, ya he vuelto. Rosario trata de encajar lo que ve con lo que recuerda, difícil papeleta. No tiene ni idea de quién es esa cara que, con tanta premura, pide reconocimiento. 
Entonces el desconocido se pone serio, la mira fijamente a los ojos y saca, con mucho mimo, una pepita de oro que traía envuelta en un pañuelo bordado. Rosario reconoce el pañuelo, cuarenta años envejecido, y a su portavoz, el que tiene enfrente suyo. 
Entre las sombras de la memoria aparece un punto de luz, el recuerdo nítido de su olvido. 
En aquella lejana noche, noche de carne y vino, ella le prometió su amor a cambio de una pepita de oro de unas minas de Canadá, donde el hombre que ahora vuelve iba a trabajar hace cuarenta años. 
Rosario le hace pasar, le ofrece asiento mientras le mira con ojos antiguos, y un café con leche para calentar un poco el ambiente gélido. El hombre, ilusionado, le entrega la pepita. Ella la coge y la mira. 
No puede creer lo que está pasando. Rosario se sorprende llorando a moco tendido invadida de recuerdos lejanos, de deseos no cumplidos. El hombre se levanta, la abraza sin previo aviso, le dice que se viene a vivir con ella, que le quiere, que su realidad se concentra en este preciso momento, que... Para, ¡para!, dice ella. Tienes que irte, va a llegar mi marido. ¿Tu marido? Oh, yo pensé que... 
Mi marido, piensa ella, que lleva años desapareciendo de entre mis manos, que no lo encuentro en las noches largas de minutero. Mi marido, siempre cansado para un paseo, siempre callado frente a su Madrid-Osasuna. Y yo envejeciendo. 
El hombre, ahora triste, se levanta y camina hacia la puerta con pasos breves. 
Antes de que el hombre desaparezca, ella corre hacia la puerta, le coge del brazo, le sienta otra vez mientras, a velocidad de vértigo, coge una pequeña maleta y la llena de sentido. 
Cuando el marido llega a la casa, se enchufa a la tele esperando, en vano, la llegada de la cervecita con panchitos.

EL MECÁNICO

Un hombre de mediana edad llama a una puerta. Pertenece a una casa grande de las afueras, con un amplio jardín, garaje, ático y una planta subterránea que usa de taller.
Le abre Mario, un hombre dicharachero y campechano, que se presenta con una amplia sonrisa, tanto que casi parece una caricatura. En la mano lleva una llave inglesa, se nota que está trabajando en alguno de sus trabajos.
Hola, usted no me conoce, pero un amigo mío, a quien hace un par de años usted le hizo un arreglo en una vieja moto, me dio su dirección, y sobre todo me habló de sus extraordinarias habilidades con la mecánica. Mario recuerda. Sí, claro, como lo iba a olvidar. Pase, no se me quede usted en la puerta. ¿Quiere una cerveza? ¿No? Bueno, venga por aquí y ya me cuenta. El visitante le cuenta. Mientras, Mario le estudia el gesto, el movimiento de las manos.
Bueno, dice Mario, creo que no habrá problema. Déjeme que busque unos bocetos y lo vemos sobre el papel. Espere aquí, enseguida vuelvo. Mario desaparece, y el visitante mientras tanto curiosea. Un diploma, una foto de universitario y otra con una chica.
Mario está tardando. El visitante se vuelve atrevido y abre una puerta despacito. Lo que ve dentro le fríe el cerebro, un sillón del año la pera con unas correas, y manchas en las paredes y en el suelo. Cuando se da la vuelta para huir tropieza con el bonachón de Mario, que ya no luce una amplia sonrisa.

domingo, 17 de septiembre de 2017

DOMINGO POR LA MAÑANA

Me encantan los domingos por la mañana, despertar después de una noche agitada, ya sabe usted a qué me refiero. 
Ella está a mi lado, entre las sábanas, con su blanca piel, su melena como una catarata cayendo sobre su espalda. 
Me levanto despacio, hoy no trabajo, y me hago un café. 
Mientras me lo tomo a pequeños sorbos pienso en mi buena fortuna. Tengo trabajo bien pagado, con nómina, y mis jefes están contentos conmigo. Vivo solo y apenas tengo gastos y, de vez en cuando puedo disfrutar de compañía. Femenina, claro. 
Y quizás porque mi primera novia me rechazó al mes de salir juntos, no quiero tener una relación seria, duradera. Me he acostumbrado y ya no quiero otra cosa que relaciones cortas e intensas. Como la que tengo a mi lado hoy. 
Lleva en casa cuatro días, pero mañana o pasado todo terminará, y yo volveré a esperar otra oportunidad, alguna chica nueva que me haga tilín. 
La verdad es que no soporto una relación cuando empieza a deteriorarse. 
Y, para qué engañarnos... Así que... 
Ring, Ring...... disculpen un momento, ¿sí? Sí, soy yo, ¿cómo? Claro, para eso estamos. Una chica, sí, veinticuatro años, de acuerdo, esta tarde pasaremos a recoger el cuerpo. 
Si, de nada, gracias por confiar en nuestros servicios.

LA PALABRA HERIDA

La palabra, herida, quedó moribunda sobre el papel.
La palabra "erida" murió, finalmente, sobre el papel.
El agresor, en busca y captura, sigue en paradero desconocido.

viernes, 15 de septiembre de 2017

EL PRETENDIENTE

Isabel, cuarenta y muchos, trabaja en la misma empresa de secretaria desde hace tropecientos años, se acicala, más que con esmero con devoción, ante el espejo ajado de su viejo cuarto de baño. Nada queda al azar, ni los ojos, ni los labios, ni su pelo repeinado. Desodorante barato en los sobacos, medias con carreras y vestido ajustado embutido en su magro cuerpo, con su tocino. 
Dos horas después, antes de acudir a la gran cita, se mira en un espejo que tiene de cuerpo entero. Ella se ve como una señora interesante. Seguro que algún idiota diría que parece una puta de Montera. Allá ellos. 
Casi no puede ni andar a causa de su apretura. Se mueve como una muñequita mecánica y sonríe a todo el que viene de frente. 
Tres minutos tarda en entrar al taxi. La faja le va a estallar si no tiene en cuenta el milímetro que le queda de holgura. 
El hombre, esa promesa tardía que le espera sentado en la mesa del restaurante, ya va por la cuarta cerveza. Ella sonríe y él la invita a sentarse. El hombre le devuelve una sonora carcajada, y esto, que a otra mujer le hubiese puesto en alerta, a ella le pareció divertido. 
Piden la cena. Él se infla, ella se reserva, pero ante la insistencia del simpático gordito, tiene que tomarse un quinto. El milímetro se estrecha. También el viejo, casi sesenta, acorta distancia a fuerza de labia y chascarrillo. 
El hombre come deprisa mientras ella esconde la barriga. Y para no parecer estrecha, por lo menos en esta primera cita, accede a tomarse una copa. Luego otra, a partir de la cual ya no usa el autoengaño. Ella sabe a dónde quiere llegar el señorito. 
Por si hubiese alguna duda, ese hombre borracho y desagradable le sugiere ir, más pronto que tarde, a tomar la última copa en su casa. Ella hace varios decenios que no usa su cuerpo para nada más que sujetar el poco espíritu que aún le queda, pero sospecha que una negativa puede acabar con su deseo de vivir acompañada en este tramo tan duro de la vida. 
Y es que no hay opción. O eso, o nada.
¡Ay! Isabel, el carmín se te está corriendo, como le ocurre al hambriento que tienes enfrente. Por eso pienso que tienes suerte cuando, al levantarte de la silla, desaparece lo que queda del milímetro. La faja no resiste, tiene más sentido común que tú. La carne se desparrama, el calor desata un vómito violento, el hombre se aparta de la mesa y la vuelca sobre ti. 
¿Quieres más pistas? 
A Isabel se le enciende una diminuta bombilla. Se quita los zapatos de maniquí y sale huyendo. Ha perdido una oportunidad de oro para vivir el resto de su vida en infernal compañía.

EL PREMIO

Expertos lingüistas, académicos y doctores en letras, grandes maestros de la narrativa, insignes magos de la prosa, todos reunidos en inusual convocatoria llegan, por fin, a la conclusión inapelable. 
Y optan, tras largas deliberaciones, por conceder a la obra literaria "El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha", el honor de ser uno de los más importantes microrrelatos frustrados de todos los tiempos.

MAL MOMENTO

Eugenia abre los ojos y suspira. La cama ha dejado de ser cómoda. Y también su cuerpo. Mientras se viste piensa en el día que le espera, en su marido, que aún duerme a su lado, y se le quitan las ganas de más vida. Pero no le queda otro remedio. Hay que hacer la compra, la comida. Coge el carro y baja los escalones echando mano de una fe que cada día le cuesta más encontrar. Medio kilo de patatas, dos cebollas, una cabeza de ajos. 
Ya de vuelta camina a cámara lenta, despegando los pies del suelo usando toda su fuerza. Cada cinco pasos, se detiene y mira al cielo. Se pasa la mano por la cara llena de pelos largos y verrugas. Mira sus piernas, gruesas como columnas griegas, y sigue andando. Cada cinco pasos mira al suelo,  y piensa en su cuerpo enterrado como una forma de consuelo. 
Su marido apenas dice nada, todo está dicho en esa casa espesa, una bombilla de cuarenta vatios, una tele que no cesa. 
Hace unos años aun iba a misa, tenía esperanza. Ahora, su corazón ya no espera sino la última cita, lo único verdadero que le queda. 
Mal momento para Eugenia. 
La tierra es demasiado dura y el cielo, ¿dónde está el cielo?

EL HOMBRE QUE NACIÓ DOS VECES

Esteban del Olmo nació el 27 de febrero de 1889, en Hellín, un pueblo de Albacete. 
Su familia apenas se mantenía con el trabajo del padre, que salía de casa al despuntar el día y llegaba al ocaso con apenas unos reales en el bolsillo. 
Esteban se sentía un chico raro, fuera de lugar. 
Al cumplir los dieciséis años sintió que debía buscarse, pues tenía la extravagante idea de haber nacido también en otro sitio. 
Nada de esto dijo a nadie pues, aunque no había recibido educación, se daba cuenta cabal de lo absurdo de semejante idea, y que si lo contara a alguien sería objeto de burla. 
Se despidió de su familia y echó a andar por el camino que, según decía, le llamaba. 
Aceptando trabajos temporales y, ocasionalmente, robando lo que se encontraba por el camino, fruta, gallinas y hortalizas, fue viajando hacia el norte como un peregrino. 
Dos años después traspasó la frontera hacia Francia, siguiendo su irracional impulso. Sentía que el fin de su búsqueda se encontraba cerca. Al mismo tiempo, su lado racional estaba inusualmente alerta. Por un lado, peligro. Por el otro, ya llego. 
Y fue justo una tarde, casi llegando a Suiza, que todo su cuerpo, todo su ser le dijo que su otro estaba cerca. 
El encuentro fue inesperado. Sucedió mientras andaba el camino. De repente su cuerpo se puso tenso, electrizado. Levantó la vista y se vio a lo lejos. 
Se quedó quieto, ambos lo hicieron. Al tratar de acercarse el uno al otro no pudieron, el imán que antes los atrajo, ahora los está repeliendo. 
Después de tantos años, la absurda búsqueda había terminado. 
Durante un buen rato se quedaron así, erguidos y quietos. 
Por un impulso involuntario levantó el brazo, ambos lo hicieron a la vez en perfecta sincronía. Después los bajaron. 
Y ambos, al unísono, se dieron la vuelta y regresaron.

EL ABUELO

Entre todos hacíamos turno para acompañar al abuelo en el geriátrico. 
Lo llevamos prácticamente muerto. Puro trámite, como me confesó el doctor que le atendió tras el infarto. 
Así que yo, mi mujer, mis tres hijos y una vecina amiga de la familia, hacíamos rigurosos turnos diarios a su lado, dándole la comida e intentando hacerle un poco de compañía. Después de todo, no le quedaba ni un telediario. 
Pero el abuelo no se murió según lo asegurado, sino que según pasaba el tiempo se encontraba cada vez mejor. No así nosotros, que a fuerza de sacar tiempo de donde no lo había, de permanecer a su lado en aquella silla infame, la perfecta dobladora de espaldas, y de remover Roma con Santiago para no faltar a la cita diaria, fuimos perdiendo la salud a ojos vista. 
A los dos años ya se levantaba del sillón y andaba por los pasillos tan campante. Yo empecé a ir a rehabilitación y mi mujer empezó a gestar una depresión. 
Hace ya cinco años de aquello, y los hijos se fueron del pueblo, yo estoy en cama con la espalda hecha chicle y mi mujer, a fuerza de pastillas, ya no se entera ni del día en que estamos. 
Al abuelo le dieron el alta.

UN SER ANTIGUO

El técnico del ayuntamiento tiene que hacer un estudio sobre la parte vieja de la ciudad para completar el proyecto urbanístico que modernizará los viejos edificios y sus cochambrosas calles. 
Todas las tardes se pasea metódicamente por esos barrios tomando notas y consultando planos. Muchas casas están en ruinas, otras tantas no figuran en el catastro y resulta casi imposible localizar a sus actuales dueños. 
Hoy se le ha hecho tarde, pero a él no le importa echar alguna hora de más, lo que le importa es hacer bien su trabajo. 
Está soltero y nadie le espera en casa. 
Al llegar a aquel callejón se da cuenta de que nunca ha estado allí. 
Siente una sensación en el pecho que le hace dirigirse hacia una de las casas. Más bien es un covacho excavado en la piedra, con una puerta vieja de antigua y ajada madera.
La noche cae de golpe, casi no puede ver y saca una linterna con la que escudriña por las rendijas. No hay nada que ver. Una parte de sí mismo se pone alerta y quiere irse de allí con urgencia, pero hay otra que le detiene y le apremia para saber qué hay dentro. Aquello no es una casa, es un agujero. En todo caso, algo muy antiguo.
En un acto irracional, busca un palo y fuerza la puerta, que acaba cediendo. Siente miedo, pero también una oscura fascinación que le hace aventurarse hacia adentro. 
La linterna no es suficiente, no puede ver bien los detalles, las sucias paredes. El olor es duro, profundo y denso. El suelo es blando, casi viscoso. No es una casa, no. Es una cueva. 
Le asaltan las dudas, su boca reseca; no sabe por qué diablos no deja todo y se va corriendo de allí. 
Al fondo, sí, dos puntos de tenue luz le erizan el pelo. El corazón le golpea tan fuerte que cree oírlo. Y se queda, más que quieto, paralizado. 
En ese momento de creciente delirio, se le apaga la linterna. Y es entonces que lo puede ver. Está ahí, expectante, mirándome desde otro mundo, desde otro tiempo, y me amarra a sus ojos. Tengo fuertes náuseas, no puedo moverme, se pone de pie y, muy despacio, se acerca. 
Ahora, en plena oscuridad, lo veo perfectamente. Estamos frente a frente, mirándonos profundamente, y hablándole a mi cabeza sin emitir sonido alguno, oigo su historia. 
Este ser que tengo enfrente ha vivido en esta tierra desde hace más de un millón de años. Quedó atrapado mientras los suyos huyeron. Es uno entre unos cientos que aún quedan, ocultos y esparcidos por el interior de grutas y cavernas, lejos de los ojos de los hombres.
He perdido la noción del tiempo, como si nunca hubiese existido. Sigo parado, de pie, mirando. Ahora no tengo miedo. Siento una energía desbordante, una absurda felicidad. 
Dejo al hombre en mi lugar y yo salgo de aquel oscuro lugar para perderme en el interior de la noche. Y no me importa esa vida que me sustituye; yo ya esperé demasiado tiempo.
Ahora he de buscar otro lugar para vivir, en el interior de la tierra, lejos de la mirada de los hombres, en busca de otra eternidad, esperando un rescate que nunca va a llegar.

ARQUEOLOGÍA PROHIBIDA

El famoso arqueólogo anda preocupado. Lleva trabajando en unas excavaciones desde hace unos años, aquí, en Kenia. 
Permitid que no hablemos de su ubicación, tal y como están las cosas no sería prudente.
El famoso arqueólogo ha despedido a casi todos los trabajadores. Tan sólo se ha quedado con dos hombres de su confianza, los únicos que pueden guardar el secreto, en parte también por el escandaloso sueldo que les paga. 
El famoso arqueólogo trabaja para su gobierno, y tiene instrucciones precisas sobre la forma de proceder. 
Ahora han llegado al núcleo del hallazgo. En cada nueva jornada aparecen esas grandes piezas redondas. Apenas hay que limpiarlas, están perfectamente pulidas y aún no han logrado saber de qué material están hechas. 
El famoso arqueólogo no puede dormir. Tiene inquietantes pensamientos, sueños con gente que no tiene cuerpo y que le hablan de algo que no entiende. Sus ayudantes se comportan de forma errática, a veces balbucean en medio de una frase y casi no duermen. 
Recibe una llamada de su gente del gobierno. La orden es tajante, debe abandonar las excavaciones; dentro de unos días vendrán especialistas y destruirán todo. 
Esa noche, los seres sin cuerpo le hablan otra vez, y ahora sí les entiende. Si la gente del gobierno y los militares siguen manipulando los objetos, varios mundos de diferentes dimensiones van a colisionar. 
El famoso arqueólogo ha recibido precisas instrucciones. 
Con ayuda de una excavadora, disponen doce de las esferas en perfecto círculo, guardando distancias precisas conforme a lo indicado por las voces. Entonces despide a sus ayudantes.
A lo lejos se oye un estruendo que va en aumento, son tres helicópteros con pintura de camuflaje. 
Dentro del círculo, el famoso arqueólogo entra en trance y su garganta comienza a emitir sonidos incomprensibles. Y mientras los helicópteros llegan a su altura, los objetos crean el vórtice. 
El planeta emite un resplandor que distorsiona los sentidos, los objetos se deforman, el agudo sonido amenaza con provocar la locura de la gente, de todos los seres vivos, la realidad se evapora y todo, absolutamente todo, desaparece.

LOS ARQUEÓLOGOS

Antonio Fajardo Álvarez es uno de mis mejores amigos. Lo conocí hace ya muchos años en unas jornadas de arqueología que tuvimos aquí, en Alicante. 
Los dos compartíamos, y aun lo hacemos, un amor desbordado por el arte rupestre. 
Él es un hombre de edad indefinida, pintor aficionado, de rasgos antiguos. 
Nos vemos una vez por semana y, entre vino y vino, hablamos de nuestras cosas. 
Antonio tiene ideas muy originales sobre todo lo que concierne a su especialidad; cómo hacían los pinceles esos hombres mal llamados primitivos, como él mismo se encarga de resaltar cada vez que tiene ocasión, cómo cazaban, como se relacionaban entre ellos, sus costumbres, su forma de pensar y comunicar... En fin, tiene teorías para todo. 
Y tengo que admitir que, al oírle hablar, uno queda transportado a su mundo, apoyado por su verbo fluido, su vehemencia y la seguridad con la que expone sus argumentos. 
Cuántas veces imaginamos juntos ese mundo lejano, al amor del fuego, del vino y del tono agradablemente ronco de su voz. 
Ayer fui a su casa, una casa grande y rústica situada al pie de una montaña, como todos los sábados, pero no estaba. Y eso es algo fuera de lo normal, era la primera vez que faltaba en veinte años. 
Esperé casi una hora antes de ponerme nervioso. Llamé al timbre con insistencia antes de buscar la puerta de detrás de la casa, por lo general siempre cerrada y que nunca usé, y de comprobar también las ventanas. Quizá se había desmayado, o le había dado un infarto, o yo que sé. 
Por suerte, una de las ventanas estaba sin asegurar. Entré y busqué en el comedor, la cocina y, finalmente, su habitación sin encontrarlo. Pero fue aquí que me fijé en una pequeña puerta, bien disimulada tras un perchero antiguo. Con la excusa de buscarlo me atreví a abrirla, y lo que allí encontré me dejó un sabor extraño. Porque esa habitación era en realidad una cueva que se alargaba hasta donde la luz me dejaba ver. Las paredes estaban pintadas con lo que parecían se pinturas rupestres, y a ambos lados, todo muy bien ordenado, se encontraba una colección de todo tipo de utensilios prehistóricos, hachas de piedra, puntas de lanza, primitivos mazos y otros instrumentos desconocidos. 
Lo primero que pensé fue en lo raro que era el hecho de que nunca, en todos estos años, me hubiese hablado de ello. Porque, claro, aquello sólo podían ser imitaciones, o más bien reconstrucciones basadas en restos encontrados. Y las pinturas, seguramente las había hecho él mismo. Yo le había visto algunos cuadros y puedo asegurar que le había cogido muy bien el tranquillo a las pinturas rupestres, lo hacía con tanta elegancia como se les suponía a las auténticas. 
Absorto como estaba no me di cuenta de que Antonio estaba apoyado en el marco de la puerta, mirándome en completo silencio. Encendió una tea, cerró la puerta, me cogió del brazo y, sin decir palabra, fuimos entrando hacia el fondo de la gruta sin fondo, mientras yo quedaba sin respiración al ver todo lo que me fue mostrando.

OLVIDO

Antes de levantarse de la cama, Josefina se toma la pastilla. Es para el dolor. 
Hace ya algún tiempo que le duele la cadera y el médico le ha dicho que no se puede operar, es demasiado mayor. 
Se coloca la dentadura y comienza la aventura de vestirse. 
Así es su día, en cámara lenta, en blanco y negro. 
Luego el desayuno, leche con galletas. 
Y justo después, la rigurosa retahíla de medicamentos; para la tensión, para las plaquetas, para las migrañas, para la úlcera y, finalmente, el protector para el estómago. 
La cabeza de Josefina se llena de retales de todos los tiempos, un discurso interminable que discurre sin orden ni concierto y que no lleva a ningún sitio ni aclara pensamiento alguno, más bien crea confusión a su ya confusa vida. Si en vez de... Donde estará... Como pude... Qué hago de comer hoy... Mañana tengo que ir al médico... Y no me llama... Me duele... Y así hasta el infinito. 
A media mañana le toca la más importante del día; si no se la toma, se muere. Es para el corazón; se ve que nunca estuvo bien, pero ahora, ya tan mayor... 
Acaba de recordar que se tiene que pasar por el banco. Le llegó una carta y no sabe qué le piden ahora. 
Se imagina saliendo de casa, cogiendo el metro, esperando su turno en la cola de la ventanilla, oyendo lo que le cuenta un empleado mientras trata de traducir sus palabras técnicas a un idioma humano. Y luego vuelta. 
Come un poco de verdura cocida, ensalada y algo de pollo frito que le sobró de ayer. De postre, otra tanda de medicinas. 
Para cuando se sienta en la mesa camilla, Josefina ya tiene completo el día. Tele y brasero. Entre el run run de los contertulios, el efecto de las pastillas y el calorcito del brasero, Josefina pasa la tarde en duermevela. 
En ese estado le llegó la idea. 
Cuando la encontraron muerta al cabo de cinco días, los médicos estuvieron de acuerdo: se le olvidó tomar la pastilla más importante del día, la del corazón. 
Pero no, Josefina era vieja y estaba enferma, pero tenía muy buena memoria.

EL ESCRITOR

El escritor ha tenido una gran idea. Va a escribir un relato sobre una sirena. 
Saca la libreta y el bolígrafo. Se hace un café y espera, pero las musas están en otro sitio. 
¡Ah, claro! En la playa, por supuesto. 
Y allá que se va el genial escritor con su libreta y su bolígrafo. 
Se sienta al lado de unas rocas, a dos metros del agua. 
Y espera y espera, oteando el horizonte y poniendo su mano en la frente como visera. 
Y las musas que no llegan. 
Finalmente pierde la fe a un ritmo proporcionalmente inverso al rugido de sus tripas. 
Guarda su libreta y su bolígrafo y se marcha a su restaurante favorito. 
Mientras, la sirena que espera escondida entre las rocas a escasos metros, se siente aliviada con la decisión que toma el genial escritor.

LOS RICOS TAMBIÉN SUFRIMOS

Luego dicen que los ricos no sufrimos. 
Pero sí, nosotros también tenemos nuestro corazoncito.  
Por eso, cuando salió de la sala de operaciones toda llena de gasas ensangrentadas y el cuerpo morado, no pude evitar sentir eso que siente la gente normal, una cosa que te encoge el cuerpo y que te hace plantearte la vida de otra forma. 
Entonces el dinero ya no lo es todo, ni las marcas de lujo, ni los grandes negocios, ni el dinero, ni... Ni tener, yo que sé, todo lo que tengo. 
Cuando abrió los ojos y se encontró con los míos entendí que, bueno, estooo, que eso, que no lo es todo. El dinero, digo. Que hay más cosas en el mundo, y que algunas cosas se pueden hacer sin necesidad de dinero. O por lo menos eso dicen. 
No sé, pero a mí me ha cambiado la vida estar tan cerca de la muerte. 
Me lo dijo el cirujano, que sabe mucho de lo suyo y es muy caro. 
Bueno, voy a apagar el Skype. 
A ver ahora cuanto tardan en la rehabilitación. 
Y luego dicen que los ricos no sufrimos. Pues aquí estoy yo para demostrar que tenemos sentimientos. Dinero sí, pero también cosas más internas, más humanas, ¿no? 
En fin, ¡Que ganas tengo de que me devuelvan a mi perrita!

LEONOR

-Vamos, Leonor, ánimo, que ya casi llegamos. 
Te estoy llevando a un lugar magnífico, con unas vistas impresionantes. 
¡Ah, la naturaleza! 
Y como te decía, que te agradezco que hayas hablado con tu padre. Un rato después me llamó para darme el puesto, y eso es un gran paso adelante. Piensa que hace tan sólo un año no quería ni verme. Supongo que haberle dado un nieto ha servido para que cambie de parecer. 
Llevar toda la parte legal de todas las empresas de tu padre es una responsabilidad enorme. Pero creo que estoy preparado. 
Venga, un esfuerzo más que ya casi estamos. 
Y ante esta perspectiva, creo que debemos replantearnos nuestro futuro.
Ven, dame la mano. Leonor, hoy es un gran día. 
Bien, ya estamos. ¿Ves el panorama que tenemos desde aquí arriba? 
No me sueltes la mano, amor mío, no vaya a ser que resbales.
Por cierto, también quiero hablarte de una cláusula que cambié antes de que firmaras la nueva póliza de seguro, por si alguna vez te pasara algo. 
Dios no lo quiera.

DOS PEONCITOS (CRÓNICAS DEL AJEDREZ)

Tras una apertura clásica, con muerte de algunos peones, un caballo y dos alfiles, la reina negra quedó en una posición más que delicada, al lado del rey blanco, con fuertes medidas defensivas, asegurando un frágil pero efectivo equilibrio. 
Los caballos intentaron rescatarla sin resultado. Casi lo logra un alfil atrevido, pero fue fulminado. 
La partida fue inusualmente larga, y la reina seguía en campo enemigo, aunque ya sin esperanza. 
El rey blanco y la reina negra se fueron acostumbrando. Dicen que alguna vez los vieron hablando. 
Pasó mucho tiempo durante el cual el juego quedó como suspendido. No parecía pasar nada. Pero pasó el tiempo, cambiaron las estaciones, llegó el verano y se fue el frío. 
Aquel día amaneció con ruido. La gente hablaba en voz baja, ellos no se parecían en nada a nadie que hubiesen conocido jamás. 
Ellos eran dos, dos peones chiquitos de rostro altivo. 
Dos pequeños y preciosos peones mulatitos.

jueves, 14 de septiembre de 2017

CRISIS (CRÓNICAS DEL AJEDREZ)

Todos en el tablero se habían dado cuenta, incluso los peones más alejados del centro. El alfil negro tenía una crisis. Lo que nadie sabía era que su crisis venía de un profundo dilema. 
Él sabía que un día debía morir, lo había aceptado como cualquier otra pieza. Pero, además, las creencias espirituales que prevalecían en el tablero, afirmaban que después de la muerte había otra vida, otro ciclo para ser vivido en forma de batalla y estrategia. 
Pero aquí estaba él, colocado en el lugar justo y en el momento exacto. El próximo sería su movimiento, y sabía de sobra que iba a perder la vida. Y tenía miedo. 
Y el miedo, que fácilmente se les suponía y se les perdonaba a los peones, era inaceptable en alguien de su rango. 
Pero al alfil le daba igual lo que pensaran los demás, el problema era que no podía controlar el miedo que, de forma abrumadora, se había instalado en cada molécula de su ser. 
Llegó el momento, tenía que moverse y todo el tablero estaba en tensión. El alfil cerró los ojos. Mover donde debía le aseguraba su propia muerte. Mover errónea y deliberadamente le suponía el desprecio de los suyos de por vida. Una forma lenta de morir en vida. 
Bueno, llegó el momento, la hora de tomar una decisión. 
Abrió los ojos, miró a su alrededor y los volvió a cerrar. 
Respiró profundamente y tomó su decisión.

EL ADIVINO

Sí, resulta difícil de creer. Yo mismo no lo creería si alguien como yo me lo dijera. 
Pero vamos, que adivino el futuro, ja ja ja. Sí, me río porque me hace mucha gracia. Sí, mucha gracia. 
Bueno, justo es reconocer que tan sólo adivino lo que me atañe, lo que me pilla cerca. 
¿Que no me creen? Pues, si quieren, les hago una demostración. Veamos, ¿ven esa chica que viene por allí? Bien, pues cuando pase por mi lado le pediré la hora. Ella, casi sin mirarme, me la dará. Y echará a andar dejándome con una pregunta en la boca. Yo iré tras ella y le hablaré de cualquier cosa para darle la oportunidad de ser un poco más amable conmigo. Ella ni siquiera se parará para hablarme, y eso me enfadará, aunque no lo demuestre. Yo la seguiré mientras trato de quedar con ella para tomar algo en algún sitio. Ella acelerará el paso. Yo me pondré nervioso por el desplante, y aun así aguantaré el tipo. Sacando mi lado más humano y suavizando el tono de mi voz le digo que me gusta, que podríamos vernos en algún sitio tranquilo, hablar hasta conocernos y, quizás luego, hacer el amor. En ese momento ella me mirará por primera vez directamente a los ojos, mostrando su miedo. ¿Miedo de quién? ¿No será de mí?, estoy siendo educado. Entonces sí, me pondré realmente furioso, miraré si viene gente, y como no veo a nadie, le cojo del brazo, la meto al callejón y le mato de varios navajazos. 
Bueno, ¿qué me cuentan? Veo que son escépticos. 
Pues esperen un momento y verán como, en cuanto llegue la chica, todo eso se cumple, je je je, al milímetro. 
Es que, para mí, el futuro no tiene secretos.

AMOR A PRIMERA VISTA

París. 
Amor a primera vista. 
Almas gemelas. 
Nos tenemos que despedir. 
Cita desesperada en "le jardín des plantes". 
Antes de llegar ya sé que no va a venir.
¡Maldita nomenclatura!

EL FIN DEL MUNDO

Nadie del tablero, en aquella extraña partida, se dio cuenta de nada hasta que ya fue demasiado tarde. 
Una mañana, una de las torres blancas amaneció con una enorme grieta. Ella veía en los rostros que la miraban y sentía el espanto que los demás sentían. Porque no era la ruina de la torre, era el final del reino. 
Un caballo fue encontrado tirado en el suelo, algo que nunca en la Historia del Tablero se había visto. No estaba muerto, tan sólo viejo; le había dado un zamacuco. 
Un peón se volvió loco, gritando a los cuatro vientos el fin del mundo conocido. 
El Rey fue puesto en cama, flojo de carnes y con depresión. ¿Qué estaba pasando?. 
Los alfiles, todos, olvidaron sus movimientos, realizando piruetas que, de no ser tan dramática la situación, invitaría a la risa. 
Y la reina tampoco era la misma. Estaba cansada de ir y venir, de llevar el peso del reino sobre sus espaldas. 
Fíjate, dice un caballo, que hace mucho, demasiado tiempo que nadie hace un movimiento. La vida se ha parado, estamos envejeciendo. 
Pero, ¿qué estaba pasando en realidad, la realidad que se mantiene oculta a los ojos mundanos? El Alfil obtiene un destello de claridad mientras medita. Sí, ahora lo ve claro. Y sabe, sin saber cómo, que los dos dioses les han abandonado. 
Nadie gana, no hay tablas. 
Abandono.

LA REINA DE LA NOCHE

La reina de la noche llevaba no menos de seis moscardones sateliteándole. 
Ella se movía entre todos ellos con naturalidad y soltura. 
Era preciosa, con un cuerpo perfecto; dominaba la pista como una profesional, bailando con los rendidos chicos por turno aleatorio. 
Las sonrisas estaban aseguradas y con los roces había cierta garantía, pero llegar hasta el final, subir hasta su cima, ¡ah!, eso era otra cosa. 
El primero que se retiró lo hizo abrumado por el número exagerado que representaban los otros cinco. ¡Chao, amigo!, dijeron los otros entusiasmados, instantes antes de volver a la rutina machacona de merecerla. 
A las cuatro cambió de local, y los cinco, tras ella enfebrecidos. 
Mientras ella baila, uno de ellos se siente indispuesto. Quizá es la mezcla de alcohol y drogas. O quizás fue otra cosa. Entra en los aseos y ya nadie le ve saliendo. Cuando cambian de local, sobre las cinco, nadie se acuerda de que alguna vez hubiese existido. 
Ella recibe con agrado las invitaciones de todo tipo, pero siempre rechaza las de pasar noches de ensueño. 
El cuarto se larga viendo que se queda sin dinero, y sin gasolina ¿cómo va a llevarla a ningún sitio? El cerco se estrecha. Ella lo sabe y multiplica los mensajes atractores. Sabe lo que esos chicos necesitan. Necesitan movimiento, justo lo que ella derrocha. 
El tercero se fue harto de tanto postureo. Y eso que él mismo iba bien servido. Pero es que había que ver a los otros, bailándole el agua sin recato. 
Ella, a las siete, se quería retirar. Y muy diplomática les pidió a ambos, como de forma casual, que la acompañaran a casa. Los dos se miraron a los ojos en un acto reflejo. ¿Un trío? Cuando llegaron al portal, uno de los chicos se echó atrás. Lo del trío sería otro día. 
Entonces entré con la reina de la noche en el portal, ella reía. Subimos al quinto piso. Ella reía. Y cuando entró en su casa me dio un beso en la mejilla. Y las buenas noches. 
Le miré a los ojos y con los míos le pregunté por mi premio, no en vano llegué a la cima.
Ella, en voz baja me dijo: tú eres escalador, yo soy bailarina.

LA REINA COMUNISTA

Iba a resultar casi imposible que se diera otra oportunidad como aquella. 
A un lado tenía a su alfil preferido, maestro de las artes ocultas; al otro un caballo, fiel compañero de vivencias. Y enfrente estaba la reina negra, su contraria, que a su vez venía acompañada de una torre, un alfil y varios peones. 
Ella contó su sueño, un tablero donde todos, absolutamente todos fueran iguales. Iguales responsabilidades, iguales derechos. 
La escucharon atentamente en completo silencio. Estaba en juego la raíz misma de la existencia en aquel reino. Hablaron, deliberaron, sopesaron. 
Después de un tiempo, la reina blanca obtuvo el visto bueno. 
El alfil blanco inició el complejo procedimiento, los pases mágicos, las palabras justas cuyo origen se perdía en la noche de los tiempos. 
Cayó la bruma, se abrieron los cielos y el rayo forjó el nuevo reino. 
Los habitantes de despertaron como de un sueño. Miraron alrededor y confirmaron que todo había sucedido como estaba planeado. 
La reina, en su nuevo cuerpo, sonrió. El milagro había sido realizado. 
Levantando la voz, su nueva voz de trueno, anunció el nacimiento de un nuevo mundo.
Dijo adiós al reino del Ajedrez y dio la bienvenida al tablero de Damas.