Hace poco me describía a mí mismo como alguien que se ha descolgado de la política de pasillo, de la cultura de masas, de las noticias de telediario. Y que me he añadido a la realidad del día a día, del vecino, de mi propia vida y de lo que me es cercano.
Bien, todo eso lo he hecho porque quiero estar al día.
Recuerdo un gran consejo que me dio mi padre hace un porrón de años: si haces las cosas mal, tendrás que hacerlas dos veces. O más, añado yo.
Y ya me cansé de dar vueltas en círculo, librando las mismas batallas por los mismos desaguisados.
Observo con curiosidad que, tres años después, las portadas de los periódicos siguen dando las mismas noticias. A saber: al político corrupto que acaban de pillar con las manos llenas de mierda, al innombrable de turno sacando pecho por sus drásticas y brutales medidas, al que ya no nombro de los del otro lado, diciendo que ellos son los buenos y los otros los malos, a los que se quieren ir de España y a los que España no deja.
Y a los terroristas islámicos.
Como entramos en terreno delicado, y aún estamos en caliente, quiero dejar clara mi posición, no vaya a ser que alguien crea que me importa un carajo.
Una muerte es el horror, el fracaso más grande que existe entre seres humanos. La muerte nos llena de rabia y dolor, no hay solución si hay muerte. No quiero extenderme, la muerte es la muerte y punto.
Ahora vamos al grano.
El islam es una religión tan buena o mala como el cristianismo. Son mecanismos de control al que, eventualmente, hay gente que le da otros usos. Supongo que no todos serán espantosos.
A nadie se le escapa que tras un atentado se esconden muchas claves que no serán expuestas en los periódicos. A casi nadie le interesa de donde vienen las verdaderas razones.
Porque, imagina, si todo el tema se reduce a una cuestión de intereses que nada tienen que ver con la religión. Imagina lo fácil que es manipular a gentes pobres como ratas a las que han lavado el cerebro con salfumán. Imagina cuánta gente está dispuesta a convertirse en héroe de lo que sea, en protagonista de una aventura que puede acabar con la vida de un montón de infieles y con la suya propia. Imagina cuánta gente es, simplemente, fanática de una idea.
Pero antes de seguir, piensa también que no tenemos que irnos muy lejos de nuestras democracias para encontrar a esa misma gente.
El fanatismo no vive en un país concreto, se instala en mentes simples, ayudados por gentes sin corazón.
Nuestros gobiernos montan conflictos de intereses y matan miles de gentes anónimas en oriente por causas económicas y de control de territorios.
Nuestros gobiernos forman un frente contra los sarracenos, malditos pecadores de la pradera que rezan a un dios que no es el nuestro.
Afortunadamente, la inmensa mayoría de islamistas son, seguramente, tan buena o mala gente como lo son los cristianos.
En España, sin ir más lejos, los tipos esos cristianos peperos montan el show del papa y se roban un montón de millones a todos los españoles, aún a los que no son creyentes, obviando que ese mismo papa por el que sueltan la baba en misa es el que les exige no robar. Ay, qué contradicciones.
Los demás también roban a manos llenas, sino con el papa, con los colegios, las vacunas, los megaproyectos abyectos, etc.
En otras palabras, la historia de los atentados es la historia de la manipulación.
Todos sacan réditos menos los ciudadanos.
Los ideólogos siembran el terror, sí.
Los del gobierno aprovechan para apretarnos el cinturón con la risa de la seguridad. Yo me empiezo a sentir tan seguro que no sé si podré seguir respirando.
Estos mismos adalides de la seguridad son los que luego prohíben que echemos fotos a los policías dando palos en las manifestaciones.
Oye, mira, yo no quiero tanta seguridad, lo que quiero es que os vayáis a casa y os dediquéis a trabajar en algo que no mueva tanto dinero, que se os va la olla y nos dejáis en pelota picada.
Recuerdo la estadística en la que se ponía todo el costo de la manipulación y represión, las muertes y destrucción perpetrada por las democracias en oriente medio, y se preguntaba el redactor que si tanto queríamos ayudar a llevar nuestras democracias a esos lugares tan, tan lejanos, porqué no se les dio el dinero gastado. Seguro que estarían más contentos.
Imagina que algún lumbreras islamista hiciera lo que hace Obama. Se reúne con sus consejeros y elije a algunos tipos a los que matar con un dron. Aquí mismo, en Madrid. Elijen a un ministro, y zás, viene el dron y lo mata. A él y a otros tres que estaban cerca. Seguro que nos pondríamos hechos unas fieras. Y lo mismo encontrábamos entre nuestros ciudadanos a algunos que, azuzados por la presión, el gobierno, grupos alarmados, creyéramos que sería buena idea irnos a sus países a montar actos terroristas.
Yo creo que estamos en un punto verdaderamente feo. Cualquiera diría, visto lo visto, que no nos valdrá ni un tsunami que pase por encima nuestro para encontrarle el punto a esta imposible realidad.
Desde luego, no parece que la cosa sea ir al sicólogo. Más bien habrá que ir al cirujano.
Mientras tanto, cuidadín con las noticias, cuidado con los gobiernos, cuidado con la manipulación, cuidado con pensar que ellos, los políticos, son necesarios. Y menos en estos contextos de terror.
Lo que en verdad necesitamos es tener ojos para ver la realidad que podemos ver en directo, trabajar en lo concreto, votar por lo cotidiano, hacer el deporte que tanto nos gusta ver si lo hacen otros, vivir la película de nuestra propia vida, nuestro propio teatro, hacer nosotros mismos nuestra música.
Y si podemos, empezar a cultivar nuestra comida, hacernos nuestra ropa, nuestros juguetes, educar nosotros mismos a nuestros hijos.
Y derribar fronteras, y acostumbrarnos a la cortesía. No somos países, regiones, pueblos, vecinos. Somo una gran familia humana. Somos lo mismo.
A ver si encontramos otro sistema. Yo tengo algunas ideas, pero no pasan por el voto.
Hay un terror que se lleva vidas.
Pero hay otro que vive en silencio, lo llevamos adosado en nuestra espalda. Y no es nuestro, es impostado.
Definitivamente, hay vida más allá de las pantallas.
Yo abogo por vivir la vida en directo, en carne y hueso.
Es mi opinión.
Bien, todo eso lo he hecho porque quiero estar al día.
Recuerdo un gran consejo que me dio mi padre hace un porrón de años: si haces las cosas mal, tendrás que hacerlas dos veces. O más, añado yo.
Y ya me cansé de dar vueltas en círculo, librando las mismas batallas por los mismos desaguisados.
Observo con curiosidad que, tres años después, las portadas de los periódicos siguen dando las mismas noticias. A saber: al político corrupto que acaban de pillar con las manos llenas de mierda, al innombrable de turno sacando pecho por sus drásticas y brutales medidas, al que ya no nombro de los del otro lado, diciendo que ellos son los buenos y los otros los malos, a los que se quieren ir de España y a los que España no deja.
Y a los terroristas islámicos.
Como entramos en terreno delicado, y aún estamos en caliente, quiero dejar clara mi posición, no vaya a ser que alguien crea que me importa un carajo.
Una muerte es el horror, el fracaso más grande que existe entre seres humanos. La muerte nos llena de rabia y dolor, no hay solución si hay muerte. No quiero extenderme, la muerte es la muerte y punto.
Ahora vamos al grano.
El islam es una religión tan buena o mala como el cristianismo. Son mecanismos de control al que, eventualmente, hay gente que le da otros usos. Supongo que no todos serán espantosos.
A nadie se le escapa que tras un atentado se esconden muchas claves que no serán expuestas en los periódicos. A casi nadie le interesa de donde vienen las verdaderas razones.
Porque, imagina, si todo el tema se reduce a una cuestión de intereses que nada tienen que ver con la religión. Imagina lo fácil que es manipular a gentes pobres como ratas a las que han lavado el cerebro con salfumán. Imagina cuánta gente está dispuesta a convertirse en héroe de lo que sea, en protagonista de una aventura que puede acabar con la vida de un montón de infieles y con la suya propia. Imagina cuánta gente es, simplemente, fanática de una idea.
Pero antes de seguir, piensa también que no tenemos que irnos muy lejos de nuestras democracias para encontrar a esa misma gente.
El fanatismo no vive en un país concreto, se instala en mentes simples, ayudados por gentes sin corazón.
Nuestros gobiernos montan conflictos de intereses y matan miles de gentes anónimas en oriente por causas económicas y de control de territorios.
Nuestros gobiernos forman un frente contra los sarracenos, malditos pecadores de la pradera que rezan a un dios que no es el nuestro.
Afortunadamente, la inmensa mayoría de islamistas son, seguramente, tan buena o mala gente como lo son los cristianos.
En España, sin ir más lejos, los tipos esos cristianos peperos montan el show del papa y se roban un montón de millones a todos los españoles, aún a los que no son creyentes, obviando que ese mismo papa por el que sueltan la baba en misa es el que les exige no robar. Ay, qué contradicciones.
Los demás también roban a manos llenas, sino con el papa, con los colegios, las vacunas, los megaproyectos abyectos, etc.
En otras palabras, la historia de los atentados es la historia de la manipulación.
Todos sacan réditos menos los ciudadanos.
Los ideólogos siembran el terror, sí.
Los del gobierno aprovechan para apretarnos el cinturón con la risa de la seguridad. Yo me empiezo a sentir tan seguro que no sé si podré seguir respirando.
Estos mismos adalides de la seguridad son los que luego prohíben que echemos fotos a los policías dando palos en las manifestaciones.
Oye, mira, yo no quiero tanta seguridad, lo que quiero es que os vayáis a casa y os dediquéis a trabajar en algo que no mueva tanto dinero, que se os va la olla y nos dejáis en pelota picada.
Recuerdo la estadística en la que se ponía todo el costo de la manipulación y represión, las muertes y destrucción perpetrada por las democracias en oriente medio, y se preguntaba el redactor que si tanto queríamos ayudar a llevar nuestras democracias a esos lugares tan, tan lejanos, porqué no se les dio el dinero gastado. Seguro que estarían más contentos.
Imagina que algún lumbreras islamista hiciera lo que hace Obama. Se reúne con sus consejeros y elije a algunos tipos a los que matar con un dron. Aquí mismo, en Madrid. Elijen a un ministro, y zás, viene el dron y lo mata. A él y a otros tres que estaban cerca. Seguro que nos pondríamos hechos unas fieras. Y lo mismo encontrábamos entre nuestros ciudadanos a algunos que, azuzados por la presión, el gobierno, grupos alarmados, creyéramos que sería buena idea irnos a sus países a montar actos terroristas.
Yo creo que estamos en un punto verdaderamente feo. Cualquiera diría, visto lo visto, que no nos valdrá ni un tsunami que pase por encima nuestro para encontrarle el punto a esta imposible realidad.
Desde luego, no parece que la cosa sea ir al sicólogo. Más bien habrá que ir al cirujano.
Mientras tanto, cuidadín con las noticias, cuidado con los gobiernos, cuidado con la manipulación, cuidado con pensar que ellos, los políticos, son necesarios. Y menos en estos contextos de terror.
Lo que en verdad necesitamos es tener ojos para ver la realidad que podemos ver en directo, trabajar en lo concreto, votar por lo cotidiano, hacer el deporte que tanto nos gusta ver si lo hacen otros, vivir la película de nuestra propia vida, nuestro propio teatro, hacer nosotros mismos nuestra música.
Y si podemos, empezar a cultivar nuestra comida, hacernos nuestra ropa, nuestros juguetes, educar nosotros mismos a nuestros hijos.
Y derribar fronteras, y acostumbrarnos a la cortesía. No somos países, regiones, pueblos, vecinos. Somo una gran familia humana. Somos lo mismo.
A ver si encontramos otro sistema. Yo tengo algunas ideas, pero no pasan por el voto.
Hay un terror que se lleva vidas.
Pero hay otro que vive en silencio, lo llevamos adosado en nuestra espalda. Y no es nuestro, es impostado.
Definitivamente, hay vida más allá de las pantallas.
Yo abogo por vivir la vida en directo, en carne y hueso.
Es mi opinión.
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