Así, a voleo, y sin mirar en Google, me atrevo a definir la consciencia como un darse cuenta. Soy consciente porque me doy cuenta, cuenta de mí mismo.
Somos un cúmulo de consciencia, capas y capas de darnos cuenta que se van uniendo a lo que ya somos.
A diario nos manejamos con una consciencia de segunda mano, una que usamos medio dormidos, de baja calidad. Es la que usamos para las rutinas. Conducimos el coche y, aparentemente, necesitamos una consciencia pata negra, pero podemos hacer tres kilómetros en modo zombi, y no nos matamos.
Queda claro que hay gradaciones en la forma en que usamos la consciencia.
Pero ejemplo. Si te preguntan si hay casas para alquilar en tu pueblo, dices que crees que no, no recuerdas haber visto carteles. Pero un día te urge encontrar casa, y ¡Oh!, milagro, el pueblo se llena de casas con carteles en las ventanas ofreciéndose para alquilar.
Estaban, pero no eras consciente de ellas.
Tu señora se queda embarazada y el pueblo se llena, milagrosamente, de mujeres embarazadas.
Estaban ahí y no te dabas cuenta, pero ahora eres consciente de ellas.
A lo que vamos.
Una buena forma de traer consciencia hacia ti mismo es hacerte consciente de algo que no te gusta y tratar de cambiarlo.
Así cambiamos un hábito que nos perjudica, un automatismo, en algo que nos beneficia.
Y aquí es donde las cosas se ponen interesantes, porque te das cuenta cabal de lo difícil que es quitarte de encima esas mierdecillas pegajosas.
Decía Gurdjieff que nadie se da cuenta de que está en una cárcel hasta que trata de escapar de ella.
La inconsciencia es la cárcel, los hábitos que se nos pegan al cuerpo como una garrapata y nos impiden el movimiento hacia la libertad.
Traer consciencia exige estar alerta.
Una forma sencilla de trabajar en ese sentido puede ser haciendo una lista de cosas que hacemos, pensamos o sentimos que no nos gustan, para cambiarlas.
Ejemplo: de vez en cuando, al conversar con otros, acabo enfadado. Las excusas pueden ser muchas, y algunas muy originales, pero si es una constante tenemos un problema de automatismo.
Otro: me muerdo las uñas como un poseso, y apenas me doy cuenta. Siempre es mi amigo el que me tiene que dar el toque, porque yo lo hago de forma automática, inconsciente. Para dejar de hacerlo debo estar alerta y ser constante en ese darse cuenta.
Y así, cuando traer consciencia a nuestra vida diaria se vuelve una prioridad, es cuando la vida se pone interesante, pues entras en una dinámica de arreglar los desaguisados que nos hemos consentido sin apenas darnos cuenta.
Hazte una pregunta, ¿soy consciente de mí mismo? Al momento dirás que sí, que por supuesto. Pero siete segundos después estarás envuelto en un amasijo de pensamientos que estarán enturbiando las claras aguas de tu aquí y de tu ahora.
¿Quieres hacer la prueba?
No hay límite en la escala de la consciencia. La gente que practica ciertas disciplinas de tipo espiritual, meditativa, hablan de llegar a captar, de sumergirse en una superconsciencia universal.
Quizás no es de lo que estamos hablando ahora, pero ¿quien sabe?, a lo mejor tenemos alguna sorpresa si empezamos a caminar.
Lo que sí está claro es que todos podemos mejorar nuestro actual nivel de consciencia, sea éste el que sea.
Si te lanzas a la tarea, ¡Suerte!
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miércoles, 9 de agosto de 2017
CONSCIENCIA
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