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jueves, 17 de agosto de 2017

ITV

En el complicado y fascinante arte de vivir no funciona el yo no sabía.
Estamos en terreno peligroso donde cualquier cosa puede dejarnos muertos: si nos quedamos sin aire para respirar, sin agua, sin comida.
Las cosas se ponen feas si nos quedamos solos con nuestra mismidad, sin amigos, sin vecinos confiables, sin compañeros, sin hijos o padres, si maltratamos nuestro cuerpo.
Las cosas no funcionan si descuidamos nuestro aseo, si nos quedamos sin coche, sin electricidad, sin casa, si tratamos a la gente sin respeto.
No es nada agradable estar a cada rato de mal humor, quisquilloso, ocioso, sin objetivo.
Al parecer, la vida tiene un ritmillo que hay que aprender para que todo vaya como la seda. Cualquier desviación, consentida o inadvertida, nos puede llevar al fracaso.
Por otro lado, no somos perfectos, por lo que hemos de andar con cuidado para que esa misma imperfección no nos vaya llevando a la colisión, ese punto que aparece cuando menos lo esperamos y que raramente  desaparece sin dejarnos el cuerpo con algún desgarro.
Tenemos algunos instrumentos para ir midiendo nuestro estado personal y nuestro estado en relación con los demás.
Uno de esos instrumentos se llama atención. Estar atentos a las señales de la vida.
Nosotros mismos somos un instrumento perceptor, nos pasamos la vida percibiendo. Mejor aún, nos va la vida en ello, en que seamos buenos percibiendo.
Lo primero es la salud, decimos a veces, porque sin salud ya no es posible nada más. Nos quedamos encogidos porque no podemos andar, nos duele la espalda, la cabeza, las articulaciones, el estómago.
Cualquier enfermedad nos quita la alegría que tanto necesitamos para abordar las tareas de la vida.
Por lo tanto, lo primero es estar sano, y darnos cuenta de que somos responsables de nuestra salud.
Por ahí tenemos tarea, por lo físico y por lo mental.
La salud del cuerpo pasa por tenerlo activo, moverlo, dejarle que ande y que haga ejercicio. En pocas palabras, usarlo.
La segunda parte es no agotarlo, pensar qué cosas dejamos entrar en él, en qué cantidades y con qué frecuencia. Y de vez en cuando darle alguna alegría.
Un repaso también a las cosas de la cabeza, las impresiones que aceptamos del exterior, las películas que vemos, las ideas que acogemos, los objetivos que nos marcamos, los pensamientos que tenemos.
Y el corazón, claro. Porque también somos responsables de lo que sentimos, y un sentimiento erróneo y prolongado pueden dejarnos inservibles para ejercer dignamente el arte de vivir. Piensa sino en cómo podríamos vivir si nuestro corazón está todo el día, y todos los días odiando, resentido, indignado, retraído. O peor aún, si no tiene amor. Eso es lo peor de lo peor.
Todos sabemos esto en menor o mayor grado. Nadie puede alegar desconocimiento. Aunque cuando nos llega el palo, siempre ponemos cara de póquer.
Por supuesto que hay accidentes, claro. Pero eso es parte de las condiciones naturales del mundo en el que vivimos, todos jugamos con esas cartas. En nuestra mano tenemos casi el ciento por ciento de responsabilidad de lo que nos pasa.
Tenemos que estar en forma, cuidar la salud en todas sus variables, física, mental y emocional.
Somo los artífices de nosotros mismos y nadie lo va a hacer por nosotros.
Pasemos la itv cada día, en cada momento, porque sin salud no funciona nada.
Nosotros somos la herramienta, y sin herramienta estamos muertos.

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