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domingo, 27 de agosto de 2017

RISAS Y PUÑETAZOS

Me encuentro sumergido en una estampa surrealista tridimensional. Con sensorroun.
De fondo estoy oyendo la tele. Llevan, sin exagerar, diez minutos de puñetazos, gemidos, una música que consiste en un villancico con voces angelicales y base tecno chunda chunda y comentarios que no distingo, pero que quieren ser chistosos.
Los golpes que se oyen son muy artificiales, la carne golpeada de los cuerpos nunca suenan tan exagerados en la vida real, pero de alguna forma, no nos resultan extraños. Más bien al contrario. El día que nos toque ver alguna pelea así en la vida real, seguro que los echamos de  menos.
Pero, por el amor de dios, casi quince minutos de pelea, aunque aparente ser graciosa, es demasiado. Incluso para una película de tercera, de serie zeta.
Estoy en la residencia de ancianos, donde las monjas.
Yo estoy sentado al lado de mi padre, aunque apenas se da cuenta, y pienso en la vejez, en esta gente que han vivido toda una vida, que tienen algunas respuestas a mis preguntas, puede que la experiencia en su mejor momento para ser compartida.
Una monja se empeña en que mi padre beba agua más allá de lo que pide; lo ha dicho el médico que sale por la tele. Es por su bien.  Y por su bien le obligo.
Y de fondo, la tele de los puñetazos divertidos.
Y la muerte cansina, que se instala aquí entre la ociosa espera, esperando sin aparente prisa, observando el juego triste de los puñeteros puñetazos.
El juego de las visitas, cortas, apresuradas, intentando hallar alguna pista para que, cuando nos llegue el turno, sepamos lidiar con la sesión continua de historias sin sustancia que la tele vomita.
Diez minutos de puñetazos, mezclados con muerte y risa.
La muerte también sonríe, ahora la veo. Parece vieja también, pero es tan sólo la imagen que adopta cuando se deja caer por aquí, por la residencia de las monjas.
Monjas con hábitos bien definidos, como definido es el color negro de sus túnicas.
La muerte con su único y letal hábito.
Y la tele, con su variado hábito de entretenernos mientras la vida pasa al lado de la muerte.
Mientras me despido de mi padre, pienso si la vida será tan sólo una película de puñetazos y risas.

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