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miércoles, 2 de agosto de 2017

ABRIR LOS OJOS

A menudo leía en esos libros de crecimiento personal, aquello de que estamos dormidos y tenemos que despertar.
Por un lado, la idea parecía un poco absurda , pues no alcanzaba a comprender que yo pudiese entrar en esa definición. Yo estoy despierto, me decía.
Pero los años están logrando que empiece a reconsiderar, desde mi perspectiva actual, si en verdad estaba despierto o tan sólo lo creía.
Ahora estoy dispuesto a admitir algunos hechos que antes no veía.
Siempre he ido bastante a lo mío. El famoso yo mi me conmigo y para mí mismo.
En este juego de vivir, el otro ocupaba un papel muy difuso. El otro siempre era como una foto en blanco y negro, mientras que yo, qué duda cabe, ocupaba todo el espacio, siendo el héroe tridimensional que se sale de la pantalla.
Pero de héroe no tenía nada. Ni lo tengo. Sigo siendo el mismo tonto de antes, sólo que ya no estoy contento con el papel autoasignado.
El otro no solamente existe, sino que a menudo es el auténtico maestro, mi tabla de salvación, porque en él puedo verme reflejado, y así puedo rectificarme, hacerme cargo de este desaguisado que ha sido mi vida.
No está siendo fácil admitirlo, abrir los ojos tiene un alto precio.
La verdad duele, por lo menos al principio, cuando despiertas a la idea de que, en verdad, lo que creía que era mi vida, tan sólo era un sueño.
Soñar es lo que tiene. Todo es tan happy....
Ahora es cuando realmente empieza la tarea.
Al mirar mi trayectoria con ojos nuevos, entiendo lo que ha pasado.
Vivía sin objetivo, de forma errática, haciendo eses como un borracho. Si no tienes objetivo, no tienes a dónde ir, no buscas el camino.
Entonces, la primera tarea consistió en definir hacia dónde quiero ir, cual es mi meta. ¿Quiero ser rico? ¿Quiero ser músico? ¿Quiero ser un buen padre? ¿Quiero iniciar un viaje?
Bueno, espera, que no es tan fácil. Hay tanto por hacer, por rectificar.
Primero voy a dejar de comer lo que no me alimenta, limpiar la senda de hierbajos, definir mis intenciones, repasar mis creencias, establecer prioridades, reorganizar el gasto de energía evitando el derroche, elegir con más cuidado en qué empleo mi tiempo, cuidar el vocabulario, limpiar las herramientas y usarlas.
Vaya, abrir los ojos es una dura tarea. De pronto siento que no voy a tener fuerza.
Ahora empiezo a mirar al otro y no doy crédito. Cómo no me daba cuenta de que el otro también está realizando esa misma tarea gigantesca. Mujeres con cuatro hijos que se han quedado solas, hombres con depresiones de caballo, la familia que vive con cuatrocientos euros y los hijos descarrilados, el vecino al que le han diagnosticado un cáncer...
Y también veo, con asombro, a esa otra gente, la que encuentra su manera de ser feliz, los que ayudan sin preguntar, los que arriman el hombro, los que ya están despiertos y trabajan en silencio, los que no se quejan, los que siempre están dispuestos, los que derriban muros, los que median, los que saben, los que están viviendo.
Despertar es algo sutil y al mismo tiempo devastador.
Te levantas de la cama y miras a tu alrededor. Ves todo lleno de camas. Ves tu propia cama en la que estabas durmiendo. Y es ahora que te das cuenta. Unos viven y otros sueñan que están viviendo.
Decir que ahora estoy despierto es mucho decir, una temeridad. Quizás estoy aún en duermevela, no sé. Pero si sé que ya no puedo volver a lo que era. Tengo una tarea personal.
Tengo una tarea. Distinguir los meros sueños de la vida real.
Y obrar en consecuencia.

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