Mis post no quieren ser alarmistas o inspiradoras de controversias, aspiran a ser una gota de agua que cae en verano sobre nuestra atención.
Primero me cae a mí, que las estoy buscando, y luego las expando.
Entiendo que resbalará a algunos. Lo mismo me ocurre a mí con algunas gotas que me llegan desde otros lados. Pero si te cae y te refresca, eso es lo que me importa.
Las mentiras.
Chicos, estamos rodeados. Y la cuestión es que ya las damos por hechas, las asumimos sin verles la verdadera dimensión.
Mentiras grandes y pequeñas, de toda condición.
Algunas casi de risa, y otras como para vomitar.
Nosotros somos los únicos responsables de permitir que se alojen en nuestro espacio vital, en nuestra casa, en la sociedad.
Empecemos, por ejemplo, con los de la publicidad. Esos que no acaban de ser completamente mentira, pero que tampoco son verdad. Verdades a medias, que son las que hacen más daño, porque no lo parecen, porque se instalan cómodamente en nuestro imaginario y se mimetizan con la verdad. Y algunas nacen con nosotros y nos despiden en las puertas de la misma muerte.
Yogures que te quitan el colesterol, pastillas que te ocultan los síntomas, juguetes que quedan obsoletos en diez minutos, tecnologías que no necesitas, sopas naturales llenas de química...
Un estudio recogido en el libro "Planificar una clase con sentido común", de Delia Benegas y Greta Berstraete, recoge que los niños americanos, de promedio, ven unos 20.000 anuncios publicitarios en la tele y por año. Y vamos nosotros y cada año escogemos los mejores anuncios de publicidad y les damos premios. No está mal. Dignificar lo infumable.
En unos anuncios a toda plana, una empresa de energía española dice, sin rubor ni vergüenza, que son ecologistas. La página teñida de verde pino.
Recuerdo también que tendemos a adormecer la atención con la frecuencia. Esto es, vemos dicho anuncio y puede que nos enfademos, incluso. Pero no vamos a estar enfadados todos los días, justo cuando pasamos la hoja del periódico y volvemos a ver dicho anuncio. El efecto crítico se va diluyendo. Y ellos, que no son tontos, insisten el la mentira sabiendo que es cuestión de tiempo el que nos acostumbremos. Ellos destrozan el medio ambiente, están podridos de dinero que nos sacan diariamente, pero son ecologistas. Masas engañadas, masas dormidas, negocios prósperos y gentes sin alma.
No está de más recordar que si queremos un mundo de personas libres, con pensamiento crítico y emociones sanas, la mayor parte de nuestras energías deben ir dirigidas hacia los problemas de base, y dedicar especial atención a lo que ocurre con nuestros niños.
Si criamos niños sin mentiras, sin cuentos, sin manipulación, con libertar y responsabilidad, esos que son el diez por ciento lo van a tener más crudo.
Nos dejamos mentir por todo el mundo, y nosotros a nuestra vez, llevados por la aparente inocuidad, mentimos y nos mentimos.
Nos mienten los políticos, una y otra vez, una y otra vez. Y nosotros les votamos una y otra vez, una y otra vez. Y así estaremos hasta que tengamos bastante.
Nos mienten los del banco. Muchas veces son mentiras camufladas en conceptos que ni los mismos vendedores entienden.
Mienten las religiones diciendo que rezando vas a ir al cielo.
Mienten los enamorados cuando te dicen que lo nuestro es para siempre.
Mienten las instituciones diciendo que son necesarias. Para ellos, claro.
Mienten las encuestas después de ser cocinadas.
Mienten los ministros y militares diciendo que la guerra es para fortalecer la democracia.
Y otros mienten, pobrecitos, creyendo decir la verdad. En esta definición, posiblemente entremos todos, en mayor o menor medida.
Recuerdo que para que haya mentirosos, también ha de haber crédulos. Y algunos van, o vamos, con carnet.
Todo esto tiene consecuencias descomunales a la hora de tratar con la realidad. Somo ciegos agarrándonos a la pata del elefante y diciendo que el elefante es como un árbol.
Y así, qué se puede esperar.
Y mentiras, lo que se dice mentiras gordas y graves, las que nos decimos a nosotros mismos.
Pero aquí no voy a entrar. Por lo menos hoy.
Puede parecer duro, pero tenemos que empezar a usar una desconfianza crítica, exenta de pasión y preñada de claridad. Vale, tú me lo dices, pero déjame que lo compruebe.
Usar el escepticismo con sentido común, pero de forma implacable.
Dudar, dudar con avaricia incluso de nuestras viejas, usadas y abusadas afirmaciones. Darnos la oportunidad de repasarlas. O hacer el ejercicio de ponerlas en boca de otros, a ver qué tal nos suenan.
Y practicar el arte de darnos cuenta cada vez que nos están marcando un gol.
Practicar todos los días, sin volvernos policías, pero con perseverancia, y dejarnos muy claro que todo lo que dejamos pasar a nuestro interior, ha pasado por el supervisor de la verdad, nosotros.
No va a ser garantía de que todo va a quedar solucionado, pero la mentira lo tendrá más difícil para instalarse en tus aposentos.
A veces la podrás parar con palabras. Oye, eso que me cuentas no lo veo. Explícamelo mejor, de dónde has sacado el dato.
Otras veces lo paras con tu voz interior. Eso entra. Eso no.
Las células están contenidas en una especie de burbujilla, como una piel. Ellas lo tienen muy claro. Deciden en cada momento qué es lo que sale de la burbuja y qué es lo que entra.
Y creo que puedo asegurar, que no son tan tontas como para dejar entrar una mentira en su ínfimo organismo.
Les va la vida en ello.
Como a nosotros.
Primero me cae a mí, que las estoy buscando, y luego las expando.
Entiendo que resbalará a algunos. Lo mismo me ocurre a mí con algunas gotas que me llegan desde otros lados. Pero si te cae y te refresca, eso es lo que me importa.
Las mentiras.
Chicos, estamos rodeados. Y la cuestión es que ya las damos por hechas, las asumimos sin verles la verdadera dimensión.
Mentiras grandes y pequeñas, de toda condición.
Algunas casi de risa, y otras como para vomitar.
Nosotros somos los únicos responsables de permitir que se alojen en nuestro espacio vital, en nuestra casa, en la sociedad.
Empecemos, por ejemplo, con los de la publicidad. Esos que no acaban de ser completamente mentira, pero que tampoco son verdad. Verdades a medias, que son las que hacen más daño, porque no lo parecen, porque se instalan cómodamente en nuestro imaginario y se mimetizan con la verdad. Y algunas nacen con nosotros y nos despiden en las puertas de la misma muerte.
Yogures que te quitan el colesterol, pastillas que te ocultan los síntomas, juguetes que quedan obsoletos en diez minutos, tecnologías que no necesitas, sopas naturales llenas de química...
Un estudio recogido en el libro "Planificar una clase con sentido común", de Delia Benegas y Greta Berstraete, recoge que los niños americanos, de promedio, ven unos 20.000 anuncios publicitarios en la tele y por año. Y vamos nosotros y cada año escogemos los mejores anuncios de publicidad y les damos premios. No está mal. Dignificar lo infumable.
En unos anuncios a toda plana, una empresa de energía española dice, sin rubor ni vergüenza, que son ecologistas. La página teñida de verde pino.
Recuerdo también que tendemos a adormecer la atención con la frecuencia. Esto es, vemos dicho anuncio y puede que nos enfademos, incluso. Pero no vamos a estar enfadados todos los días, justo cuando pasamos la hoja del periódico y volvemos a ver dicho anuncio. El efecto crítico se va diluyendo. Y ellos, que no son tontos, insisten el la mentira sabiendo que es cuestión de tiempo el que nos acostumbremos. Ellos destrozan el medio ambiente, están podridos de dinero que nos sacan diariamente, pero son ecologistas. Masas engañadas, masas dormidas, negocios prósperos y gentes sin alma.
No está de más recordar que si queremos un mundo de personas libres, con pensamiento crítico y emociones sanas, la mayor parte de nuestras energías deben ir dirigidas hacia los problemas de base, y dedicar especial atención a lo que ocurre con nuestros niños.
Si criamos niños sin mentiras, sin cuentos, sin manipulación, con libertar y responsabilidad, esos que son el diez por ciento lo van a tener más crudo.
Nos dejamos mentir por todo el mundo, y nosotros a nuestra vez, llevados por la aparente inocuidad, mentimos y nos mentimos.
Nos mienten los políticos, una y otra vez, una y otra vez. Y nosotros les votamos una y otra vez, una y otra vez. Y así estaremos hasta que tengamos bastante.
Nos mienten los del banco. Muchas veces son mentiras camufladas en conceptos que ni los mismos vendedores entienden.
Mienten las religiones diciendo que rezando vas a ir al cielo.
Mienten los enamorados cuando te dicen que lo nuestro es para siempre.
Mienten las instituciones diciendo que son necesarias. Para ellos, claro.
Mienten las encuestas después de ser cocinadas.
Mienten los ministros y militares diciendo que la guerra es para fortalecer la democracia.
Y otros mienten, pobrecitos, creyendo decir la verdad. En esta definición, posiblemente entremos todos, en mayor o menor medida.
Recuerdo que para que haya mentirosos, también ha de haber crédulos. Y algunos van, o vamos, con carnet.
Todo esto tiene consecuencias descomunales a la hora de tratar con la realidad. Somo ciegos agarrándonos a la pata del elefante y diciendo que el elefante es como un árbol.
Y así, qué se puede esperar.
Y mentiras, lo que se dice mentiras gordas y graves, las que nos decimos a nosotros mismos.
Pero aquí no voy a entrar. Por lo menos hoy.
Puede parecer duro, pero tenemos que empezar a usar una desconfianza crítica, exenta de pasión y preñada de claridad. Vale, tú me lo dices, pero déjame que lo compruebe.
Usar el escepticismo con sentido común, pero de forma implacable.
Dudar, dudar con avaricia incluso de nuestras viejas, usadas y abusadas afirmaciones. Darnos la oportunidad de repasarlas. O hacer el ejercicio de ponerlas en boca de otros, a ver qué tal nos suenan.
Y practicar el arte de darnos cuenta cada vez que nos están marcando un gol.
Practicar todos los días, sin volvernos policías, pero con perseverancia, y dejarnos muy claro que todo lo que dejamos pasar a nuestro interior, ha pasado por el supervisor de la verdad, nosotros.
No va a ser garantía de que todo va a quedar solucionado, pero la mentira lo tendrá más difícil para instalarse en tus aposentos.
A veces la podrás parar con palabras. Oye, eso que me cuentas no lo veo. Explícamelo mejor, de dónde has sacado el dato.
Otras veces lo paras con tu voz interior. Eso entra. Eso no.
Las células están contenidas en una especie de burbujilla, como una piel. Ellas lo tienen muy claro. Deciden en cada momento qué es lo que sale de la burbuja y qué es lo que entra.
Y creo que puedo asegurar, que no son tan tontas como para dejar entrar una mentira en su ínfimo organismo.
Les va la vida en ello.
Como a nosotros.
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