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viernes, 18 de agosto de 2017

ENCUENTRO NOCTURNO

El tren me dejó en la estación más allá de la medianoche. 
Mi casa estaba a una media hora andando, así que me fui dando un paseo. 
En la calle no se veía ni un alma y mis pasos se oían amplificados. 
Yo andaba rápido, como siempre, por aquella larguísima avenida. 
A lo lejos, una figura pequeña con abrigo largo, se afana por mantener el paso. 
Al cabo de un rato se da cuenta de mi presencia, y aligera el paso. Debe tener prisa, como yo, por llegar a casa. 
De manera imperceptible voy acortando distancia con ella, ahora la veo mejor. 
Es una señora mayor, anda con dificultad y lleva el bolso bien apretado entre el brazo y el costado. Ahora puedo verle la cara cada vez que se gira para ver la mía. Juraría que está asustada. 
Y ahora caigo, que ingenuo, de que su temor es por mi causa; cree que la estoy siguiendo. 
No hay ni un alma en toda esta larga calle, y yo me voy acercando. 
Ahora oigo el nervioso taconeo de sus zapatos. 
Cuando estoy tan sólo a unos metros de ella se cura cada tres pasos, y en su cara veo reflejado el miedo. Intenta correr, pero te digo que daba pena. 
Hubiese querido decirle algo, "señora, no tenga miedo que no le voy a hacer daño". Pero ella ya me tenía bien clasificado. 
Cuando llegué a su altura nos miramos a los ojos durante unos momentos. Ella soltó un alarido mientras se descolgada el bolso con el que se lió a bolsazos conmigo. Entonces, simplemente, salí corriendo.
No suelo hacer este tipo de cosas, pero algo en mi interior me dijo que era la mejor opción. Antes de perderme en la noche volví por última vez la cabeza y la vi, medio doblada, babeando, maldiciendo. 
De pronto se cayó al suelo. Podría ser que estuviese muerta, muerta de miedo, quizás un paro cardíaco, pero no me quedé ni un segundo para comprobarlo.

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