Continuamente me doy cuenta de lo difícil que es conectar realmente con el otro a través de la palabra, escrita o hablada.
Leemos rápido, cada vez más, en parte por la ingente cantidad de lecturas a las que nos hemos acostumbrado. Entre ellas está la prensa escrita, las novelas, los contratos, la letra pequeña de los bancos, lo que leemos en internet, los mensajes de guasap. Y todo ello a una velocidad de vértigo. No nos da tiempo a digerir. Hemos aprendido un truco mortífero, la lectura transversal. Supongo que ya sabes de lo que hablo, puede que incluso lo practiques aún sin saber que tiene ese nombre. Pero, básicamente, se trata de leer a trompicones, por encima, como sin querer, escogiendo frases al voleo y tratando de sacar algo en claro de ello.
Quizás es el signo de nuestro tiempo, no profundizar demasiado, no vaya a ser que nos enteremos de algo y tengamos que tomar medidas. Luego vienen las declaraciones ante el juez: yo sólo era el que firmaba, era imposible leer todos los contratos, para eso tengo asesores.
Es que, hay que decirlo ya, la palabra está sobrevalorada. Le damos una importancia que no la merece.
Con la palabra, la hablada y la escrita, es fácil mentir. Decir lo contrario de lo que pensamos puede llegar a ser un vicio, algo a lo que nos acostumbramos. Es fácil, cualquiera entiende el mecanismo: pongo cara de póker y disparo.
Si nos pillan en la mentira decimos que nos han engañado, que no lo hemos comprendido, que perdimos el significado en el traslado. Y nos quedamos tan agustito.
Con lo escrito, además, debemos hacer malabarismos para justificarnos. Pero yo te doy la excusa, además perfecta. Los seres humanos cambiamos, evolucionamos, cambian nuestros argumentos. No somos los de ayer, y menos los de hace quince años. Por lo tanto, lo que dejamos escrito ya no nos hace justicia.
Ay, la palabra, qué pobre instrumento para hablar de lo de dentro.
Hay libros enteros tratando de poner en palabras al amor, al dolor o a la muerte. Vano intento, pues ni todas las palabras escritas desde el principio de los tiempos, logra aproximarse a la millonésima parte de esa íntima verdad inapelable.
Y aún así, no perdemos la ocasión de intentarlo.
Pero lo que la palabra hace bien es evocar. Yo digo amor y tú lo llenas de sentimiento. Con la condición de que tú hayas amado.
Si te hablo de los celos, eso también te llega, con la misma condición, que tú los hayas sentido. Si no, tan sólo serán palabras esparcidas en el océano de los significados.
La palabra escrita, la leída, palabras que crean mundos en la mente, mapas intransitados por la carne, mentiras que hacemos verdad con la fuerza que nos da el recuerdo de haberlas vivido.
Leemos rápido, cada vez más, en parte por la ingente cantidad de lecturas a las que nos hemos acostumbrado. Entre ellas está la prensa escrita, las novelas, los contratos, la letra pequeña de los bancos, lo que leemos en internet, los mensajes de guasap. Y todo ello a una velocidad de vértigo. No nos da tiempo a digerir. Hemos aprendido un truco mortífero, la lectura transversal. Supongo que ya sabes de lo que hablo, puede que incluso lo practiques aún sin saber que tiene ese nombre. Pero, básicamente, se trata de leer a trompicones, por encima, como sin querer, escogiendo frases al voleo y tratando de sacar algo en claro de ello.
Quizás es el signo de nuestro tiempo, no profundizar demasiado, no vaya a ser que nos enteremos de algo y tengamos que tomar medidas. Luego vienen las declaraciones ante el juez: yo sólo era el que firmaba, era imposible leer todos los contratos, para eso tengo asesores.
Es que, hay que decirlo ya, la palabra está sobrevalorada. Le damos una importancia que no la merece.
Con la palabra, la hablada y la escrita, es fácil mentir. Decir lo contrario de lo que pensamos puede llegar a ser un vicio, algo a lo que nos acostumbramos. Es fácil, cualquiera entiende el mecanismo: pongo cara de póker y disparo.
Si nos pillan en la mentira decimos que nos han engañado, que no lo hemos comprendido, que perdimos el significado en el traslado. Y nos quedamos tan agustito.
Con lo escrito, además, debemos hacer malabarismos para justificarnos. Pero yo te doy la excusa, además perfecta. Los seres humanos cambiamos, evolucionamos, cambian nuestros argumentos. No somos los de ayer, y menos los de hace quince años. Por lo tanto, lo que dejamos escrito ya no nos hace justicia.
Ay, la palabra, qué pobre instrumento para hablar de lo de dentro.
Hay libros enteros tratando de poner en palabras al amor, al dolor o a la muerte. Vano intento, pues ni todas las palabras escritas desde el principio de los tiempos, logra aproximarse a la millonésima parte de esa íntima verdad inapelable.
Y aún así, no perdemos la ocasión de intentarlo.
Pero lo que la palabra hace bien es evocar. Yo digo amor y tú lo llenas de sentimiento. Con la condición de que tú hayas amado.
Si te hablo de los celos, eso también te llega, con la misma condición, que tú los hayas sentido. Si no, tan sólo serán palabras esparcidas en el océano de los significados.
La palabra escrita, la leída, palabras que crean mundos en la mente, mapas intransitados por la carne, mentiras que hacemos verdad con la fuerza que nos da el recuerdo de haberlas vivido.
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