A finales de los años cuarenta nació Abelardo Giménez.
Lo interesante es que, fíjese usted, nació dos veces; una en un pequeño pueblo de Almería, y la otra en Madrid capital. Al mismo tiempo, claro.
Obviamente, al ser la misma persona, el impulso natural de ambos fue el de buscarse. Pero eso llegó cuando esa vaga sensación pasó a ser acuciante, lo cual sucedió, más o menos, a partir de los veinte años.
Toda una vida de búsqueda sin resultado, conviviendo con esa sensación extraña, como la que tienen esas personas a las que han cortado un brazo; está, pero no se encuentra.
Sí, hubo momentos agobiantes, sabiendo que estaban cerca el uno del otro.
Porque esa es otra, los dos se sentían en la distancia, se sabían mitades.
En fin, una historia interesante, totalmente cierta.
Como sé que no me cree, permítame usted que le diga que yo soy médico, y que un día trajeron a este hospital a dos hombres que habían perdido, a la vez, cualquier atisbo de presencia.
La casualidad, o no, hizo que esos dos hombres, con idéntico nombre, años y rostro, murieran a la vez uno al lado del otro.
Será esto lo que algunos llaman justicia poética.
Lo interesante es que, fíjese usted, nació dos veces; una en un pequeño pueblo de Almería, y la otra en Madrid capital. Al mismo tiempo, claro.
Obviamente, al ser la misma persona, el impulso natural de ambos fue el de buscarse. Pero eso llegó cuando esa vaga sensación pasó a ser acuciante, lo cual sucedió, más o menos, a partir de los veinte años.
Toda una vida de búsqueda sin resultado, conviviendo con esa sensación extraña, como la que tienen esas personas a las que han cortado un brazo; está, pero no se encuentra.
Sí, hubo momentos agobiantes, sabiendo que estaban cerca el uno del otro.
Porque esa es otra, los dos se sentían en la distancia, se sabían mitades.
En fin, una historia interesante, totalmente cierta.
Como sé que no me cree, permítame usted que le diga que yo soy médico, y que un día trajeron a este hospital a dos hombres que habían perdido, a la vez, cualquier atisbo de presencia.
La casualidad, o no, hizo que esos dos hombres, con idéntico nombre, años y rostro, murieran a la vez uno al lado del otro.
Será esto lo que algunos llaman justicia poética.

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