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domingo, 27 de agosto de 2017

COMUNICANDO

Somos seres perceptivos.
Y lo somos hasta tal punto que no lo podemos evitar. Percibimos sí o sí.
También estamos emitiendo a tiempo completo, y tampoco lo podemos evitar.
Tan sólo por estar vivos y en movimiento ya damos muchas pistas de lo que somos, de cómo somos, de qué pie cojeamos, de nuestras intenciones.
La mirada es una ventana por la que cualquiera puede ver una parte íntima de nuestras intenciones. Puede ver nuestro miedo, una duda, una desconfianza, la seguridad con que enfrentamos a los demás, y muchas cosas más. A veces es un gesto imperceptible, una ceja que se levanta durante un cuarto de segundo.
A veces nuestros ojos brillan de felicidad, o profundizan en los ojos del otro.
A veces mantenemos conversaciones mudas con personas íntimas, llenas de orificio significado.
A veces sentimos que unos ojos nos traspasan, o que invaden nuestra intimidad. Miradas desvergonzadas que nos invitan a la locura, miradas fijas que nos pueden incomodar, miradas que matan, miradas fugaces que nos acarician. Y todas ellas comunican.
También comunica nuestro modo de caminar, de mover los brazos, un apretón de manos. Y un abrazo.
Comunica nuestra forma de bailar. Y el tono de la voz.
Porque, al final, la palabra puede mentir. Y de hecho es lo que mejor hace.
Piensa en los animales, que no necesita palabras para coexistir. Se entienden a base de códigos ancestrales que mantienen intacto su poder de comunicación.
No se me olvidan los olores, lenguaje sutil y complejo que no sabe mentir, que informa sin la distracción de la razón, de la interpretación, mensajes verdaderos sobre aspectos profundos e íntimos de nuestro ser entero.
Los perros huelen las salud, analizan la orina de sus colegas y del mundo entero. Del olor depende su vida.
Y el tacto. De esto apenas hay nada que decir, no hay palabras. Mejor así.
Porque, dime tú, para qué vamos a entrar a describir una caricia, una palmada en la espalda, la placentera sensación que sentimos cuando nos rascan la cabeza, cuando nos dan un masaje.
El tacto, ventana abierta a la sensación.
Sensación, complejo sistema de comunicación para lo que no tiene palabras.
Palabras, pobre traductor de sensaciones y misterios.
En este mundo de maravilla, todos estamos unidos por un mundo invisible de hilos comunicantes.
No podemos sustraernos a ese fenómeno. Y no queremos perder ese poder, porque si no comunicamos es que estamos muertos.
Y sí, también comunicamos con el silencio.
Mientras comunicamos con las finas herramientas del cuerpo, decimos la verdad, ese es su propósito.
Con la verdad por delante de acabarían los secretos.
Con el fin de la secretos nadie podría someter a nadie.
Con el fin del sometimiento entraríamos en un espacio infinito de libertad.
Entonces, la palabra.
Limpiemos la palabra de mentira y paja.
Seamos cuidadosos al usarla.
Cuidemos los mensajes, el volumen y el tono.
Y ante la duda, calla.

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