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jueves, 31 de agosto de 2017

ENTRE EL TODO Y LA NADA

Tranquilo, voy a intentar no ser demasiado metafísico, que me acabo de levantar.
Pero es un buen punto de partida para expresar lo que quiero.
Entre el todo y la nada existe un punto, el punto medio.
No es un punto fijo, es un punto que nos permite ser sin lugar a dudas, nuestro punto de amarre entre la realidad y nosotros mismos, un lugar al que volver cada vez que las circunstancias nos lleven a experimentar el acto de vivir.
Lo cantaba Franco Battiato en una bonita y recordada canción. Es un centro de gravedad permanente.
¿Un centro de qué? De gravedad permanente.
Podemos imaginarlo como una bola metálica imantada, de modo que, pase lo que pase y hagamos lo que hagamos, siempre vamos a tener esa fuerza que nos atrae a nuestro centro de gravedad permanente. Vamos y volvemos, subimos y bajamos, nos enfurecemos y nos calmamos, nos divertimos y volvemos al trabajo.
Este centro está emparentado con la fluidez, pues no se puede fluir si no tenemos nuestro centro bien listo para usar. Si está rígido o desengrasado, entonces se puede romper la conexión y dejarnos bien jodidos.
Todos tenemos este centro, pero no todos lo tenemos en un óptimo estado. Algunos puede que lo tengan en modo "mínimo esfuerzo". En ese caso no es posible alcanzar grandes sueños, emprender verdaderos desafíos. Nos tenemos que conformar con una suave sosería, vivir con lo justito para ir tirando. Para algunos, esto es suficiente; madrecita, que me quede como estoy.
Para otros, la vida no tiene sentido si no estamos meneando lo que sea, pidiéndole a la vida que nos lleve un escalón más arriba. En ambos casos tratamos con decisiones, con puntos de vista, con espectativas.
Pero hay una buena noticia, que este centro de gravedad permanente se puede fortalecer.
Como he dicho antes, no se trata de hacerlo más duro, más grande o lo que sea. Se trata de hacerlo fuerte pero fllexible. Si tuviese que compararlo con una parte de nuestro cuerpo, no sería con los músculos ni con los huesos; sería con los tendones. Fuertes como los huesos pero elásticos como los músculos.
Y se fortalece con trabajo y dedicación, con intención, con atrevimiento y con amor.
Una gran parte de la tarea tiene que ver con la dedicación y la disciplina, ser constante en realizar todo eso que nos alimenta; comer bien, activar el cuerpo con deportes o disciplinas tipo yoga, tai-chi, pilates, o tirarte al monte como una cabra. Llevar un control sobre tu salud, incluidos los controles a la parte física, emocional y mental.
La mayoría de veces nos encontramos pensando sobre un montón de cosas que queremos hacer, proyectos, ideas para mejorar el mundo y nuestro mundo, dejar atrás lo que nos hace daño, lo que no nos nutre. O decirle a esa persona lo que tenemos pendiente. O dejar atrás una relación que nos vampiriza, jajaja.
Cada decisión en la dirección correcta fortalece nuestro centro de gravedad permanente.
Pero, un momento, entonces ¿esto se hace para ser un chico bueno?
La respuesta es un rotundo... ¡¡NO!!
Porque lo que obtenemos al final es una potente herramienta desde la que poder realizar nuestro proyecto de vida, con decisión y alegría. Pero al final de la cadena estás tú, y eres tú quien debe valorar en qué vas a emplear esa fuerza, esa energía.
Recuerda que los chicos malos, los que están manejando para su provecho, se levantan temprano, se duchan y se afeitan, visten impecable, hacen deporte: pádel, vela, esquí, etc., toman decisiones cruciales, se enfrentan a la vida sin miedo, y sin miedo aprietan los botones y echan sus firmas.
Entonces quedamos en que existe un centro de gravedad permanente en nosotros, que se puede fortalecer, que es amoral, que es una herramienta crucial para actuar en el mundo y que es una putada bien gorda que nadie hable de ello.
Dicen que dicen que está situada en nuestra barriga, el mismo lugar que rige nuestro equilibrio, nuestro punto medio corporal.
Y dicen que quien lo tiene con el depósito lleno, puede bajar hasta el mismísimo infierno y subir hasta el mismísimo cielo, y no morir en el intento.
Piensa en alguien, conocido tuyo o famoso, que creas que tiene un potente centro de gravedad permanente. ¿Sí?
Para nosotros, que vivimos rodeados de una buena porción de caos, tener un centro de gravedad permanente se convierte en una necesidad, para no perdernos en el enredo, para volver a casa cuando estemos más perdidos que la aguja del pajar.

lunes, 28 de agosto de 2017

TENTACIÓN

Admito que es una tentación. Y lo hacemos desde que son pequeños. Les vemos alargar la mano y nosotros, como movidos por un resorte, se lo alcanzamos.
Este gesto está cargado de buena intención, pero si se convierte en costumbre puede que estemos privando al niño de desarrollar sus propias herramientas.
En casos extremos, unos padres muy majos que quieran solucionar todos los problemas de sus amados hijos, pueden ver que, con el tiempo, ante los problemas de la vida se quedan hechos unos pasmarotes, esperando que unas manos invisibles les resuelvan la papeleta.
Para tratar con el dilema podemos echar mano del sentido común, y ver en cada caso cuando es realmente necesario intervenir.
Ya de mayores, hablamos de un sistema paternal instalado, que resuelve los problemas de ciudadanos votantes, eximiéndoles de su cuota de responsabilidad. Te voto para que me cuides. Esto tiene sentido en ciertos casos, pero es un caladero por el que se cuelan una enormidad de despropósitos.
Me barren la calle, me entierran a los muertos, me ordeñan la vaca. Y poco a poco, casi sin sentirlo, ponen pensamientos en tu mente, leyes incoherentes, despilfarros infinitos que pagas religiosamente.
Al final pagamos por estarnos quietos, y el pagado se convierte, lo convertimos, en el que maneja nuestra barca.
Y nosotros nos convertimos en pedigueños, ya que pronto entendemos que este sistema paternalista nos tiene pillados por los huevos.
Primero empieza a sisar, luego a descuidar la calidad del servicio. Más tarde te impone cosas que no necesitas, para finalizar vendiendo tus derechos de imagen a alguna multinacional.
Cuando pagamos dinero por servicios, nos perdemos el placer de hacerlos nosotros mismos.
Y no es solamente eso, no. Hacer nosotros mismos las tareas de la vida es el sistema que tiene la vida de tenernos conectados a ella.

RELEVANCIA

Algo es relevante porque se eleva por encima de algo. Nos elevamos por encima de nosotros mismos para obtener una vista, una visión de lo que aún no somos y queremos ser. Y nos elevamos porque queremos subir, formar parte de algo más grande, más espacioso y profundo. Queremos expandirnos.
Una forma de alcanzar esa meta es analizar y poner conciencia en los elementos que componen nuestra vida, los abstractos y los concretos, y decidir cuáles son los que de verdad importan, los que son relevantes para nuestro desarrollo como personas.
Si estamos atentos y practicamos a diario, está iniciativa formará parte de una rutina y no nos costará esfuerzo.
El trabajo consiste, grosso modo, en estar alerta y preguntarnos si eso que oímos, eso que hacemos, eso que decimos, eso que sentimos es relevante.
Relevante ¿para qué? Relevante para nuestro proyecto de vida.
Pero entonces debemos tener un proyecto de vida, ¿no?
Sí, hombre, sí. Porque sino vamos a salto de mata, improvisando y toreando con miuras que no sabemos ni de donde salen ni para qué los queremos.
Se trata de decidir hacia donde quiero ir, de elegir las herramientas que necesito, de elegir los compañeros de viaje.
Para diferentes personas habrá diferentes prioridades. No todos elegimos los mismos caminos.
Ahora mismo me pregunto si esto que escribo será relevante.
Desde luego lo es para mí; pero tú, si has leído hasta aquí, tendrás que decidirlo.

domingo, 27 de agosto de 2017

RISAS Y PUÑETAZOS

Me encuentro sumergido en una estampa surrealista tridimensional. Con sensorroun.
De fondo estoy oyendo la tele. Llevan, sin exagerar, diez minutos de puñetazos, gemidos, una música que consiste en un villancico con voces angelicales y base tecno chunda chunda y comentarios que no distingo, pero que quieren ser chistosos.
Los golpes que se oyen son muy artificiales, la carne golpeada de los cuerpos nunca suenan tan exagerados en la vida real, pero de alguna forma, no nos resultan extraños. Más bien al contrario. El día que nos toque ver alguna pelea así en la vida real, seguro que los echamos de  menos.
Pero, por el amor de dios, casi quince minutos de pelea, aunque aparente ser graciosa, es demasiado. Incluso para una película de tercera, de serie zeta.
Estoy en la residencia de ancianos, donde las monjas.
Yo estoy sentado al lado de mi padre, aunque apenas se da cuenta, y pienso en la vejez, en esta gente que han vivido toda una vida, que tienen algunas respuestas a mis preguntas, puede que la experiencia en su mejor momento para ser compartida.
Una monja se empeña en que mi padre beba agua más allá de lo que pide; lo ha dicho el médico que sale por la tele. Es por su bien.  Y por su bien le obligo.
Y de fondo, la tele de los puñetazos divertidos.
Y la muerte cansina, que se instala aquí entre la ociosa espera, esperando sin aparente prisa, observando el juego triste de los puñeteros puñetazos.
El juego de las visitas, cortas, apresuradas, intentando hallar alguna pista para que, cuando nos llegue el turno, sepamos lidiar con la sesión continua de historias sin sustancia que la tele vomita.
Diez minutos de puñetazos, mezclados con muerte y risa.
La muerte también sonríe, ahora la veo. Parece vieja también, pero es tan sólo la imagen que adopta cuando se deja caer por aquí, por la residencia de las monjas.
Monjas con hábitos bien definidos, como definido es el color negro de sus túnicas.
La muerte con su único y letal hábito.
Y la tele, con su variado hábito de entretenernos mientras la vida pasa al lado de la muerte.
Mientras me despido de mi padre, pienso si la vida será tan sólo una película de puñetazos y risas.

ESPERANZA

Te regalo la esperanza, ya no la quiero.
Cuando las cosas iban mal siempre te quedaba la esperanza. Espera, no te desesperes. Espera, que las cosas se van a arreglar. Espera sentado.
Seguro que va a llegar alguien a sacarte las castañas del fuego.
Las cosas no se arreglan solas, hay que ponerse al tajo.
La esperanza es la hermana boba de la paciencia.
La paciencia sabe que todo tiene su ritmo, su momento. Sabe que no hay que forzar a la gente o los acontecimientos. La paciencia nos pide reconsiderar los hechos, calmar los bríos cuando se nos va la olla.
La esperanza cree que alguien hará la comida y la cama, pagará el recibo de la luz y que volverán las oscuras golondrinas de tus balcones colgar.
La paciencia requiere aprender a controlar nuestros impulsos, manejar los tiempos.
La paciencia nos permite sentarnos enfrente de un árbol, y esperar con calma a que una hoja de desprenda de la rama y nos regale su baile al deslizarse hasta el suelo. Si finalmente no sucede, nos volvemos a casa. Otro día será.
La esperanza, si no cae la hoja, se impacienta.
A la paciencia la vamos moldeando con conciencia para que pase a formar parte de nuestro bagaje humano.
La esperanza de instala sin apenas permiso y se adueña de nuestros anhelos legítimos, dando a la fantasía visos de realidad.
Me acabo de enamorar. Ella es una chica estupenda que me hace tilin las veinticuatro horas al día.
Si tengo paciencia puedo intentar, cueste lo que cueste, llegar hasta el centro de su corazón. La paciencia es activa, requiere de mi comprensión, de mi esfuerzo y control.
Pero si tan sólo tengo esperanza, seguro que me dan las uvas. 
La esperanza es una fantasía hueca, barata e improbable.
La paciencia es causal.
La esperanza es casual.

COMUNICANDO

Somos seres perceptivos.
Y lo somos hasta tal punto que no lo podemos evitar. Percibimos sí o sí.
También estamos emitiendo a tiempo completo, y tampoco lo podemos evitar.
Tan sólo por estar vivos y en movimiento ya damos muchas pistas de lo que somos, de cómo somos, de qué pie cojeamos, de nuestras intenciones.
La mirada es una ventana por la que cualquiera puede ver una parte íntima de nuestras intenciones. Puede ver nuestro miedo, una duda, una desconfianza, la seguridad con que enfrentamos a los demás, y muchas cosas más. A veces es un gesto imperceptible, una ceja que se levanta durante un cuarto de segundo.
A veces nuestros ojos brillan de felicidad, o profundizan en los ojos del otro.
A veces mantenemos conversaciones mudas con personas íntimas, llenas de orificio significado.
A veces sentimos que unos ojos nos traspasan, o que invaden nuestra intimidad. Miradas desvergonzadas que nos invitan a la locura, miradas fijas que nos pueden incomodar, miradas que matan, miradas fugaces que nos acarician. Y todas ellas comunican.
También comunica nuestro modo de caminar, de mover los brazos, un apretón de manos. Y un abrazo.
Comunica nuestra forma de bailar. Y el tono de la voz.
Porque, al final, la palabra puede mentir. Y de hecho es lo que mejor hace.
Piensa en los animales, que no necesita palabras para coexistir. Se entienden a base de códigos ancestrales que mantienen intacto su poder de comunicación.
No se me olvidan los olores, lenguaje sutil y complejo que no sabe mentir, que informa sin la distracción de la razón, de la interpretación, mensajes verdaderos sobre aspectos profundos e íntimos de nuestro ser entero.
Los perros huelen las salud, analizan la orina de sus colegas y del mundo entero. Del olor depende su vida.
Y el tacto. De esto apenas hay nada que decir, no hay palabras. Mejor así.
Porque, dime tú, para qué vamos a entrar a describir una caricia, una palmada en la espalda, la placentera sensación que sentimos cuando nos rascan la cabeza, cuando nos dan un masaje.
El tacto, ventana abierta a la sensación.
Sensación, complejo sistema de comunicación para lo que no tiene palabras.
Palabras, pobre traductor de sensaciones y misterios.
En este mundo de maravilla, todos estamos unidos por un mundo invisible de hilos comunicantes.
No podemos sustraernos a ese fenómeno. Y no queremos perder ese poder, porque si no comunicamos es que estamos muertos.
Y sí, también comunicamos con el silencio.
Mientras comunicamos con las finas herramientas del cuerpo, decimos la verdad, ese es su propósito.
Con la verdad por delante de acabarían los secretos.
Con el fin de la secretos nadie podría someter a nadie.
Con el fin del sometimiento entraríamos en un espacio infinito de libertad.
Entonces, la palabra.
Limpiemos la palabra de mentira y paja.
Seamos cuidadosos al usarla.
Cuidemos los mensajes, el volumen y el tono.
Y ante la duda, calla.

lunes, 21 de agosto de 2017

TERROR

Hace poco me describía a mí mismo como alguien que se ha descolgado de la política de pasillo, de la cultura de masas, de las noticias de telediario. Y que me he añadido a la realidad del día a día, del vecino, de mi propia vida y de lo que me es cercano.
Bien, todo eso lo he hecho porque quiero estar al día.
Recuerdo un gran consejo que me dio mi padre hace un porrón de años: si haces las cosas mal, tendrás que hacerlas dos veces. O más, añado yo.
Y ya me cansé de dar vueltas en círculo, librando las mismas batallas por los mismos desaguisados.
Observo con curiosidad que, tres años después, las portadas de los periódicos siguen dando las mismas noticias. A saber: al político corrupto que acaban de pillar con las manos llenas de mierda, al innombrable de turno sacando pecho por sus drásticas y brutales medidas, al que ya no nombro de los del otro lado, diciendo que ellos son los buenos y los otros los malos, a los que se quieren ir de España y a los que España no deja.
Y a los terroristas islámicos.
Como entramos en terreno delicado, y aún estamos en caliente, quiero dejar clara mi posición, no vaya a ser que alguien crea que me importa un carajo.
Una muerte es el horror, el fracaso más grande que existe entre seres humanos. La muerte nos llena de rabia y dolor, no hay solución si hay muerte. No quiero extenderme, la muerte es la muerte y punto.
Ahora vamos al grano.
El islam es una religión tan buena o mala como el cristianismo. Son mecanismos de control al que, eventualmente, hay gente que le da otros usos. Supongo que no todos serán espantosos.
A nadie se le escapa que tras un atentado se esconden muchas claves que no serán expuestas en los periódicos. A casi nadie le interesa de donde vienen las verdaderas razones.
Porque, imagina, si todo el tema se reduce a una cuestión de intereses que nada tienen que ver con la religión. Imagina lo fácil que es manipular a gentes pobres como ratas a las que han lavado el cerebro con salfumán. Imagina cuánta gente está dispuesta a convertirse en héroe de lo que sea, en protagonista de una aventura que puede acabar con la vida de un montón de infieles y con la suya propia. Imagina cuánta gente es, simplemente, fanática de una idea.
Pero antes de seguir, piensa también que no tenemos que irnos muy lejos de nuestras democracias para encontrar a esa misma gente.
El fanatismo no vive en un país concreto, se instala en mentes simples, ayudados por gentes sin corazón.
Nuestros gobiernos montan conflictos de intereses y matan miles de gentes anónimas en oriente por causas económicas y de control de territorios.
Nuestros gobiernos forman un frente contra los sarracenos, malditos pecadores de la pradera que rezan a un dios que no es el nuestro.
Afortunadamente, la inmensa mayoría de islamistas son, seguramente, tan buena o mala gente como lo son los cristianos.
En España, sin ir más lejos, los tipos esos cristianos peperos montan el show del papa y se roban un montón de millones a todos los españoles, aún a los que no son creyentes, obviando que ese mismo papa por el que sueltan la baba en misa es el que les exige no robar. Ay, qué contradicciones.
Los demás también roban a manos llenas, sino con el papa, con los colegios, las vacunas, los megaproyectos abyectos, etc.
En otras palabras, la historia de los atentados es la historia de la manipulación.
Todos sacan réditos menos los ciudadanos.
Los ideólogos siembran el terror, sí.
Los del gobierno aprovechan para apretarnos el cinturón con la risa de la seguridad. Yo me empiezo a sentir tan seguro que no sé si podré seguir respirando.
Estos mismos adalides de la seguridad son los que luego prohíben que echemos fotos a los policías dando palos en las manifestaciones.
Oye, mira, yo no quiero tanta seguridad, lo que quiero es que os vayáis a casa y os dediquéis a trabajar en algo que no mueva tanto dinero, que se os va la olla y nos dejáis en pelota picada.
Recuerdo la estadística en la que se ponía todo el costo de la manipulación y represión, las muertes y destrucción perpetrada por las democracias en oriente medio, y se preguntaba el redactor que si tanto queríamos ayudar a llevar nuestras democracias a esos lugares tan, tan lejanos, porqué no se les dio el dinero gastado. Seguro que estarían más contentos.
Imagina que algún lumbreras islamista hiciera lo que hace Obama. Se reúne con sus consejeros y elije a algunos tipos a los que matar con un dron. Aquí mismo, en Madrid. Elijen a un ministro, y zás, viene el dron y lo mata. A él y a otros tres que estaban cerca. Seguro que nos pondríamos hechos unas fieras. Y lo mismo encontrábamos entre nuestros ciudadanos a algunos que, azuzados por la presión, el gobierno, grupos alarmados, creyéramos que sería buena idea irnos a sus países a montar actos terroristas.
Yo creo que estamos en un punto verdaderamente feo. Cualquiera diría, visto lo visto, que no nos valdrá ni un tsunami que pase por encima nuestro para encontrarle el punto a esta imposible realidad.
Desde luego, no parece que la cosa sea ir al sicólogo. Más bien habrá que ir al cirujano.
Mientras tanto, cuidadín con las noticias, cuidado con los gobiernos, cuidado con la manipulación, cuidado con pensar que ellos, los políticos, son necesarios. Y menos en estos contextos de terror.
Lo que en verdad necesitamos es tener ojos para ver la realidad que podemos ver en directo, trabajar en lo concreto, votar por lo cotidiano, hacer el deporte que tanto nos gusta ver si lo hacen otros, vivir la película de nuestra propia vida, nuestro propio teatro, hacer nosotros mismos nuestra música.
Y si podemos, empezar a cultivar nuestra comida, hacernos nuestra ropa, nuestros juguetes, educar nosotros mismos a nuestros hijos.
Y derribar fronteras, y acostumbrarnos a la cortesía. No somos países, regiones, pueblos, vecinos. Somo una gran familia humana. Somos lo mismo.
A ver si encontramos otro sistema. Yo tengo algunas ideas, pero no pasan por el voto.
Hay un terror que se lleva vidas.
Pero hay otro que vive en silencio, lo llevamos adosado en nuestra espalda. Y no es nuestro, es impostado.
Definitivamente, hay vida más allá de las pantallas.
Yo abogo por vivir la vida en directo, en carne y hueso.
Es mi opinión.

viernes, 18 de agosto de 2017

EL FALLO DEL JURADO

Fue una injusticia propia de gente inculta. 
Y eso sin contar con que odio los concursos. Si no ganas pareces un escritor mediocre. Si ganas siempre parece que fue un fallo de algún tipo, del jurado, claro. 
Por eso, cuando les presenté mi trabajo y no ganó, sentí que el mundo estaba perdiendo un genio: yo. 
Quizá se molestaron por el formato, una hoja con un hueco recortado, justo el sitio donde iba, muy bien escrito y el primero de la Historia, mi antirrelato.

ENCUENTRO NOCTURNO

El tren me dejó en la estación más allá de la medianoche. 
Mi casa estaba a una media hora andando, así que me fui dando un paseo. 
En la calle no se veía ni un alma y mis pasos se oían amplificados. 
Yo andaba rápido, como siempre, por aquella larguísima avenida. 
A lo lejos, una figura pequeña con abrigo largo, se afana por mantener el paso. 
Al cabo de un rato se da cuenta de mi presencia, y aligera el paso. Debe tener prisa, como yo, por llegar a casa. 
De manera imperceptible voy acortando distancia con ella, ahora la veo mejor. 
Es una señora mayor, anda con dificultad y lleva el bolso bien apretado entre el brazo y el costado. Ahora puedo verle la cara cada vez que se gira para ver la mía. Juraría que está asustada. 
Y ahora caigo, que ingenuo, de que su temor es por mi causa; cree que la estoy siguiendo. 
No hay ni un alma en toda esta larga calle, y yo me voy acercando. 
Ahora oigo el nervioso taconeo de sus zapatos. 
Cuando estoy tan sólo a unos metros de ella se cura cada tres pasos, y en su cara veo reflejado el miedo. Intenta correr, pero te digo que daba pena. 
Hubiese querido decirle algo, "señora, no tenga miedo que no le voy a hacer daño". Pero ella ya me tenía bien clasificado. 
Cuando llegué a su altura nos miramos a los ojos durante unos momentos. Ella soltó un alarido mientras se descolgada el bolso con el que se lió a bolsazos conmigo. Entonces, simplemente, salí corriendo.
No suelo hacer este tipo de cosas, pero algo en mi interior me dijo que era la mejor opción. Antes de perderme en la noche volví por última vez la cabeza y la vi, medio doblada, babeando, maldiciendo. 
De pronto se cayó al suelo. Podría ser que estuviese muerta, muerta de miedo, quizás un paro cardíaco, pero no me quedé ni un segundo para comprobarlo.

jueves, 17 de agosto de 2017

ITV

En el complicado y fascinante arte de vivir no funciona el yo no sabía.
Estamos en terreno peligroso donde cualquier cosa puede dejarnos muertos: si nos quedamos sin aire para respirar, sin agua, sin comida.
Las cosas se ponen feas si nos quedamos solos con nuestra mismidad, sin amigos, sin vecinos confiables, sin compañeros, sin hijos o padres, si maltratamos nuestro cuerpo.
Las cosas no funcionan si descuidamos nuestro aseo, si nos quedamos sin coche, sin electricidad, sin casa, si tratamos a la gente sin respeto.
No es nada agradable estar a cada rato de mal humor, quisquilloso, ocioso, sin objetivo.
Al parecer, la vida tiene un ritmillo que hay que aprender para que todo vaya como la seda. Cualquier desviación, consentida o inadvertida, nos puede llevar al fracaso.
Por otro lado, no somos perfectos, por lo que hemos de andar con cuidado para que esa misma imperfección no nos vaya llevando a la colisión, ese punto que aparece cuando menos lo esperamos y que raramente  desaparece sin dejarnos el cuerpo con algún desgarro.
Tenemos algunos instrumentos para ir midiendo nuestro estado personal y nuestro estado en relación con los demás.
Uno de esos instrumentos se llama atención. Estar atentos a las señales de la vida.
Nosotros mismos somos un instrumento perceptor, nos pasamos la vida percibiendo. Mejor aún, nos va la vida en ello, en que seamos buenos percibiendo.
Lo primero es la salud, decimos a veces, porque sin salud ya no es posible nada más. Nos quedamos encogidos porque no podemos andar, nos duele la espalda, la cabeza, las articulaciones, el estómago.
Cualquier enfermedad nos quita la alegría que tanto necesitamos para abordar las tareas de la vida.
Por lo tanto, lo primero es estar sano, y darnos cuenta de que somos responsables de nuestra salud.
Por ahí tenemos tarea, por lo físico y por lo mental.
La salud del cuerpo pasa por tenerlo activo, moverlo, dejarle que ande y que haga ejercicio. En pocas palabras, usarlo.
La segunda parte es no agotarlo, pensar qué cosas dejamos entrar en él, en qué cantidades y con qué frecuencia. Y de vez en cuando darle alguna alegría.
Un repaso también a las cosas de la cabeza, las impresiones que aceptamos del exterior, las películas que vemos, las ideas que acogemos, los objetivos que nos marcamos, los pensamientos que tenemos.
Y el corazón, claro. Porque también somos responsables de lo que sentimos, y un sentimiento erróneo y prolongado pueden dejarnos inservibles para ejercer dignamente el arte de vivir. Piensa sino en cómo podríamos vivir si nuestro corazón está todo el día, y todos los días odiando, resentido, indignado, retraído. O peor aún, si no tiene amor. Eso es lo peor de lo peor.
Todos sabemos esto en menor o mayor grado. Nadie puede alegar desconocimiento. Aunque cuando nos llega el palo, siempre ponemos cara de póquer.
Por supuesto que hay accidentes, claro. Pero eso es parte de las condiciones naturales del mundo en el que vivimos, todos jugamos con esas cartas. En nuestra mano tenemos casi el ciento por ciento de responsabilidad de lo que nos pasa.
Tenemos que estar en forma, cuidar la salud en todas sus variables, física, mental y emocional.
Somo los artífices de nosotros mismos y nadie lo va a hacer por nosotros.
Pasemos la itv cada día, en cada momento, porque sin salud no funciona nada.
Nosotros somos la herramienta, y sin herramienta estamos muertos.

QUERIDAS, TRES POR CIENTO, PAÍS

El rey era un tipo de esos, antiguo y denso. 
Lo que más le gustaba era comer con jeques y acostarse temprano. Con jóvenes y rotundas mujeres. 
Su vida no era tan sencilla como se podría imaginar. A ver por qué, sólo por ser rey, tengo que dar explicaciones sobre el origen de mi fortuna. La gente se cree que es fácil sacarle a un árabe un tres por ciento de mil millones. A ver por qué, siendo como soy el rey, tengo que esconder a mis amantes. Hoy día es lo normal. Y yo soy un rey normal. 
Pero bueno, yo ya no me tengo que preocupar, le he dejado todo este follón a mi hijo. 
Y como le dije: queridas, tres por ciento y país.

BOLAS DE METAL

Después de lo que me pareció una eternidad, y eso lo digo de forma literal, me di cuenta que estaba confinado en una bola metálica. 
La sorpresa fue mayúscula, qué hago yo aquí. 
Al cabo de otra eternidad me di cuenta que no tenía cuerpo. Vaya, eso era una novedad. 
En lo que pareció ser una tercera eternidad, me di cuenta que en cualquier dirección que mirase había bolas igualitas a la mía. Millones de millones de millones. 
Tras la cuarta eternidad supe que nunca había sido un humano. Estuve entre ellos hace algunas eternidades. Pero aquello fue pasajero. Mi realidad es esta, siempre lo ha sido. 
Lo demás fue tan sólo un reflejo.

DESPUÉS DE LA SANGRE

Después de la sangre, después de los gritos, la muerte y la miseria, después del desorden y del fuego lacerante, mucho, mucho después de todo eso, cuando se instaló el olvido y se apagó el viento. 
Fue entonces cuando el rey salió del armario.

COMO UNA PANTERA

Debí sospechar desde el primer momento, pero debo admitir que pequé de ingenuo. 
Hacía ya más de un año que me había separado de mi mujer y mi cuerpo me pedía guerra. Entró como una pantera y tomó asiento en la mesa de enfrente. 
Yo llevaba unas copas encima, ella miraba como distraída y, de vez en cuando, sonreía. 
La primera vez que se engancharon nuestras miradas ya pude intuir que las cosas se podrían raras. 
No me quedó más remedio que iniciar una conversación casual, pero, no sé ni cómo, de pronto, me encontré aceptando ir a su casa a e echar un polvo. 
Me llevó en su coche, ¡menudo carro! Pero yo sentía en cada diminuto átomo de mi ser que algo no encajaba. Un tipejo como yo no liga, así como así, con una tiaca como esa, tan espectacular en todos los sentidos. 
Para cuando crucé la puerta de la entrada de su casa, la sensación de querer huir se hizo urgente, pero me sentía paralizado. O más bien sumiso, sin voluntad y aturdido. 
Entramos en su cuarto, se desnudó de cuerpo entero y allí, delante de mis ojos, se convirtió en felino. 
Hambriento.

lunes, 14 de agosto de 2017

DISCUSIÓN

Si queremos comunicación objetiva con los demás, necesitamos tener en cuenta algunos factores. El principal es querer comunicar realmente y no imponer.
Sencillo, ¿no? Bueno, yo me fío de lo que me digas.
Vale, no queremos imponer ni escamotear al otro un buen argumento. Recuerda que queremos claridad, no sometimiento.
Parece buena idea no usar la ironía, que a veces es usada para aturdir y desarmar.
Ni la retórica abusiva, que lo que hace es enredar y ahogar al otro en paja insustancial.
Y no comerse las palabras del otro, tener la paciencia para dejarlo terminar.
Mantener el volumen controlado; ya sabemos que el volumen nada tiene que ver con la razón, aunque a veces lo olvidemos.
Y el tono. Con el tono decimos tanto como con los argumentos.
Algo que también hace mucho daño son las coletillas que, sutil o groseramente, dejamos caer entre frase y frase.
A ver si reconocemos algunos de estos latiguillos:
Te repites más que el ajo.
¡Y dale, Manuel, al torno!
Esa idea es de fachas.
No tienes ni idea, no sabes de lo que estás hablando.
¡Chúpame los huevos!
Sí tu lo dices...
Si en alguna conversación oyes esto o algo por el estilo, ten por seguro que de ahí no va a salir nada bueno.
En fin, hemos de decidir si lo que queremos es claridad o sumergirnos en un diálogo de besugos.
El objetivo de cualquier discusión es aclarar, obtener una nueva visión después de contrastar los nuevos datos, o mirar los viejos con ojos nuevos.
Ambos discutientes deben salir ganando.
Observa que los políticos sólo discuten para ganar, pero lo que ganan es miseria, tan sólo el favor de un público que les anima a dejar el cerebro fuera de la ecuación.
A todas luces, es una ganancia de mierda. Lo que ganamos es una pérdida general.
Pierde la claridad, perdemos todos, perdemos la coherencia.
Y son estos políticos de risa los que nos proponen una educación de vergüenza, una que eterniza la lacra de no enseñar a discutir con coherencia, a llamar a las cosas por su nombre, a buscar soluciones pactadas, a encontrar el punto medio, a mediar en la conflictos.
Comunicar es hacer de una idea, de un concepto, algo común.
Tengámoslo en cuenta.
Yo, de momento, estoy en el intento.

domingo, 13 de agosto de 2017

DESCANSO

Llevo todo el día trabajando como un burro. Me levanté a las siete de la mañana y acabo de llegar a casa. Son las ocho y media de la noche; estoy reventado.
Ceno y me pongo la tele un rato.
Los refugiados, las focas, la manifestación, los ladrones de guante blanco, las protestas, el presidente americano y el de Corea del Norte, la política exterior, el accidente de tráfico, el incendio que ya se ha llevado por delante mil hectáreas, los catalanes y los vascos, el atentado, la huelga general, las temperaturas, la estafa de los sellos, los presupuestos de este año, los curas pederestando, los escolares fracasando, la muerte de blesa, las amenazas del tesorero, la cogida del torero, las altas temperaturas, los antitaurinos, los antitabaco, el impuesto al sol, la subida del carburante, la privatización...
Me duele la cabeza y no tengo ganas de hacer el amor. Tengo la cabeza como un bombo, no llega el sueño reparador, ya no encuentro las razones, no me gusta mi trabajo, las vacaciones, los años, estoy cansado, me enfado por cualquier cosa, mi mujer ya no sonríe, tengo que ir al dentista, debería...
Debería tirar la tele, darle un repaso a mi vida, definir mis intereses, pensar por mi mismo, quitarle el polvo a mi cerebro, establecer prioridades, disminuir el pánico, darle bote al miedo, pensar en positivo, reír por cualquier cosa, dejar la indignación cuidadosamente doblada al lado de la basura que vamos a tirar esta noche. 
Y no debería, lo voy a hacer. Lo estoy haciendo.
Lo reconozco, yo también abusé y me dejé abusar, todo por no estar atento.
Atento a la vida, atento al mundo, atento a la demás, atento a mí mismo.
Por todo eso, lo juro por el conde de Montecristo, mi vida entera va a cambiar. Mejor dicho, ya está cambiando. Mejor dicho, ha cambiado ya. Ya nunca más seré el mismo.
Mírame bien, crees conocerme pero soy otro. No soy perfecto ni lo voy a ser, no soy el mejor ni lo pretendo, no soy más listo que tú.
Tampoco más tonto.
Soy un currante y en mis ratos libres, que son ninguno, estoy construyendo un nuevo mundo.
Mis herramientas son mantener la calma o intentarlo. Y equivocarme cada dos por tres. Y levantarme todos los días aunque me cueste. Y dudar. Y sudar. Y volver a empezar cuando se me va el punto.
Abrir los ojos también ayuda.

viernes, 11 de agosto de 2017

COHERENCIA

Yo siempre he sido un tipo muy coherente. Las tonterías que hago están en perfecta consonancia con las idioteces que pienso.
Pero he decidido dar un paso adelante. Ahora quiero cambiar algunas idioteces.
Más que cambiarlas, las quiero deshechar, desterrar, eliminar de mi modus operandi. Ya han cumplido su misión, que era hartarme de gastar energía de forma inútil y dañina.
Para ser coherente debo hacer coincidir mi discurso con mis acciones
Y no es nada fácil, te lo aseguro. Han sido muchos años de darle gusto al gatillo, de pedir a los demás lo que yo no estaba dispuesto a dar.
A eso le llaman ver la paja en el ojo ajeno. 
A eso le llaman andar cargado de razón.
A eso le llaman creerse el rey del mambo.
A eso le llaman quítate tú pa ponerme yo.
Durante años funciona, a todo el mundo le parece normal ir criticando, ir sembrando cualquier cosa en cualquier lado. Ahora sé que para sembrar hay que saber mucho de campo.
Y a veces sembramos directamente cizaña, que es como darse uno mismo palmaditas en la espalda mientras sonríes al pobre tipo al que has aniquilado con frases patibularias.
Al mismo tiempo, el ego engorda con la sensación de que estamos arreglando el mundo. Al pasar el tiempo bajamos del guindo, pues  no era músculo el engorde sino grasa, sebo.
Y entonces, si eres de los currantes, llega el follón. Comienza la operación liposucción, el reconocimiento de los hechos. Y no funcionan los golpes de pecho ni las madres mías.
Hay que armarse de valor, enderezar las vías y reconocerlo: el otro es un otro yo.
Y nadie se abofetea sin ser ser tratado de loco.
Dime tú, dime, de entre todos, quién pasa la prueba del algodón.
La santa biblia está cuajada de incoherencias, pero entre ellas también se encuentran algunas verdades, algunas joyas. 
De lo que hablo hoy es de ver la paja en el ojo ajeno y de no ver en nuestro ojo la viga.
Y afortunadamente, aunque seas perro viejo, esa enfermedad tiene cura.
La cura tiene nombre: despertar, abrir los ojos, ser crítico con nosotros, con nuestros pensamientos y conductas. Y con el repaso hecho, darnos a la tarea de ponernos al día.
No te digo ná pero te lo digo tó.
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miércoles, 9 de agosto de 2017

PUREZA

Vamos, admitamos de una vez y para siempre que no existe la pureza.
No me refiero, por supuesto, a esas cosas religiosas, de ninguna manera,sino más bien a que todos estamos compuestos por elementos de muy distinta ralea.
Nadie dice la verdad siempre y en todo momento, nadie es ecuánime a tiempo completo, nadie es leal al ciento por ciento, nadie es de izquierdas o de derechas con todo el peso y el poso.
Nunca nadie en su totalidad.
Recuérdalo y no lo escondas más, porque ese engaño nos está destrozando la vida; la nuestra y la de la demás.
Cuando aceptamos esta obviedad ya no podemos echar nada en cara a nadie, ya no podemos juzgar.
De hacerlo, saldrá del armario el fascista de izquierdas, el gay del macho.
Saldrá el macho de la feminista, el pecador del cura, el asesino saldrá del santo.
Saldrá el militar de dentro del pacifista, la polla dura del pacato.
El antitaurino cortará las dos orejas y el rabo, el soñador despertará de golpe y porrazo, al razonable se le trabará la lengua, al guapo le saldrán verrugas.
Me puedes decir, y te daré la razón, que todo es cuestión de porcentajes; pero somos una mezcla de sabores.
Más azúcar, menos agua, colorantes y levadura, ralladura de limón.
Con esta sencilla receta ya tenemos suficiente para nunca estar contentos. Si tengo más azúcar que tú, eres un soso.
Si no tienes levadura, que no te esponjas.
Si tienes más ralladura, tú eres el loco.
Siempre, siempre es el otro.
Nunca, nunca nosotros.
Yo bebo vino pero soy moderado.
Tu estás borracho.
Estamos hechos de porcentajes, no existe en nosotros la certeza de la patena. Debajo de nuestra alfombra también hay mierda.
Venga, bajemos del burro, que está cansado. Cansado de llevar nuestras contradicciones a todos lados.
No, yo no soy puro, no sé si tal cosa existe.
Yo lo que quiero es aceptar lo que soy, mezclarme con el agua y la tierra, con la risa y el llanto. Y amasarme con mis propias manos hasta deshacer las dudas.
Vamos, admitámoslo de una vez; encontrar un hombre puro es muy raro.

CONSCIENCIA

Así, a voleo, y sin mirar en Google, me atrevo a definir la consciencia como un darse cuenta. Soy consciente porque me doy cuenta, cuenta de mí mismo.
Somos un cúmulo de consciencia, capas y capas de darnos cuenta que se van uniendo a lo que ya somos.
A diario nos manejamos con una consciencia de segunda mano, una que usamos medio dormidos, de baja calidad. Es la que usamos para las rutinas. Conducimos el coche y, aparentemente, necesitamos una consciencia pata negra, pero podemos hacer tres kilómetros en modo zombi, y no nos matamos.
Queda claro que hay gradaciones en la forma en que usamos la consciencia.
Pero ejemplo. Si te preguntan si hay casas para alquilar en tu pueblo, dices que crees que no, no recuerdas haber visto carteles. Pero un día te urge encontrar casa, y ¡Oh!, milagro, el pueblo se llena de casas con carteles en las ventanas ofreciéndose para alquilar.
Estaban, pero no eras consciente de ellas.
Tu señora se queda embarazada y el pueblo se llena, milagrosamente, de mujeres embarazadas.
Estaban ahí y no te dabas cuenta, pero ahora eres consciente de ellas.
A lo que vamos.
Una buena forma de traer consciencia hacia ti mismo es hacerte consciente de algo que no te gusta y tratar de cambiarlo.
Así cambiamos un hábito que nos perjudica, un automatismo, en algo que nos beneficia.
Y aquí es donde las cosas se ponen interesantes, porque te das cuenta cabal de lo difícil que es quitarte de encima esas mierdecillas pegajosas.
Decía Gurdjieff que nadie se da cuenta de que está en una cárcel hasta que trata de escapar de ella.
La inconsciencia es la cárcel, los hábitos que se nos pegan al cuerpo como una garrapata y nos impiden el movimiento hacia la libertad.
Traer consciencia exige estar alerta.
Una forma sencilla de trabajar en ese sentido puede ser haciendo una lista de cosas que hacemos, pensamos o sentimos que no nos gustan, para cambiarlas.
Ejemplo: de vez en cuando, al conversar con otros, acabo enfadado. Las excusas pueden ser muchas, y algunas muy originales, pero si es una constante tenemos un problema de automatismo.
Otro: me muerdo las uñas como un poseso, y apenas me doy cuenta. Siempre es mi amigo el que me tiene que dar el toque, porque yo lo hago de forma automática, inconsciente. Para dejar de hacerlo debo estar alerta y ser constante en ese darse cuenta.
Y así, cuando traer consciencia a nuestra vida diaria se vuelve una prioridad, es cuando la vida se pone interesante, pues entras en una dinámica de arreglar los desaguisados que nos hemos consentido sin apenas darnos cuenta.
Hazte una pregunta, ¿soy consciente de mí mismo? Al momento dirás que sí, que por supuesto. Pero siete segundos después estarás envuelto en un amasijo de pensamientos que estarán enturbiando las claras aguas de tu aquí y de tu ahora.
¿Quieres hacer la prueba?
No hay límite en la escala de la consciencia. La gente que practica ciertas disciplinas de tipo espiritual, meditativa, hablan de llegar a captar, de sumergirse en una superconsciencia universal.
Quizás no es de lo que estamos hablando ahora, pero ¿quien sabe?, a lo mejor tenemos alguna sorpresa si empezamos a caminar.
Lo que sí está claro es que todos podemos mejorar nuestro actual nivel de consciencia, sea éste el que sea.
Si te lanzas a la tarea, ¡Suerte!


viernes, 4 de agosto de 2017

CUENTO DE CIENCIA FICCIÓN

Hoy traigo un cuento de ciencia ficción.
Había una vez una célula. A pesar de su pequeñez en relación a nosotros, los seres humanos, aquella célula tenía un campo magnético, pequeño, claro, una cosa ridícula. Pero no lo veía así la célula, cuyo campo magnético le era más que suficiente para obtener el equilibrio y la salud que necesitaba.
Un día, una gran comunidad de células se pusieron de acuerdo para formar algo más grande que ellas mismas, una tarea gigantesca pero que encontraron llenas de sentido. A lo creado le pusieron el nombre de "órgano", un cacharro tremendo y complejo. Comprobaron que este órgano había creado un campo magnético que le rodeaba, fruto quizás de la suma de todos los campos magnéticos de cada célula individual.
Ahora mantenían su campo y estaban conectadas a un campo grupal.
Y con el tiempo se fueron creando muchos otros órganos, con similares características.
Finalmente descubrieron que la suma de tantos órganos individuales habían creado un nuevo órgano, uno que les contenía a todos. Le llamaron "cuerpo".
Y este cuerpo, oh, maravilla, también estaba dotado de un campo magnético.
Este gran campo sería, pensaron aquellos órganos, fruto de la suma de todos los campos individuales.
Y se sentían conectados, como si fuesen un sólo cuerpo. Bueno, eran un solo cuerpo.
Pasó un tiempo, y la cuerpos se dieron cuenta de que estaban acompañados de millones de otros cuerpos, todos existiendo con su propio campo magnético. ¡Qué maravilla!, dijeron al darse cuenta.
Pero un día, la maravilla se convirtió en milagro. Se dieron cuenta de que la suma de sus campos magnéticos les hacía pertenecer a un enorme cuerpo, formado por la suma de todos los cuerpos humanos. Eso ya lo he dicho. Pues eso.
A ese nuevo y gigantesco cuerpo que contenía a todos los humanos le llamaron humanidad, y no se sorprendió nadie al darse cuenta de que la humanidad enteraa también tenía un campo magnético, y que estaba continuamente comunicando con el campo magnético del planeta que les contenía.
Porque eso era otra historia. Una historia que cuenta que el planeta tierra tiene un campo magnético. Sí, este minúsculo, ínfimo y ridículo planeta.
Algún día os contaré cómo se juntó la comunidad de planetas, cada uno con su campo magnético, y formaron un sistema que les contenía, y entonces...
Bueno, ya me he cansado. Lo contaré otro día.
Ay, señor, como me gustan los cuentos de ciencia ficción.

EL VESTIDO DE PRIMERA COMUNIÓN

Como es natural, me puse muy contenta cuando abrieron la tienda. Se especializaba en trajes de novia, uniformes de trabajo, trajes de gala. 
Y, claro, vestidos de primera comunión. 
Me extrañó que estuviese abierta en domingo, pero entré. Entré. 
Aún faltaban unos meses para la fecha, pero me vendría bien echar un vistazo. Un vistazo, sí, un vistazo. 
El dependiente, un chico del pueblo, estaba cerrando; puede que sólo estuviera ordenando un poco, o haciendo inventario. O haciendo inventario, sí, inventario. 
Puso una cara rara cuando me vio, pero me atendió enseguida. Enseguida. 
Yo le expliqué que mi hija iba a hacer la primera comunión en unos meses y que, por favor, me enseñara los diferentes modelos y colores que había. Los que había, diferentes modelos. 
Me sacó algunos y los puso encima del mostrador, y mientras yo los miraba, él entró a la trastienda. Entró en la trastienda. En la trastienda. 
Le oí como hablaba por teléfono. 
Bueno, no soy de esas que quieren enterarse de todo, pero no pude evitar acercarme con sigilo y oír como hablaba con alguien de alguien a quien mataron a su hija. A su hija, la mataron. 
Precisamente cuando iba a hacer la primera comunión. La mataron cuando iba a hacer la primera comunión, la primera. La mataron. Comunión. ¡Qué locura! La mataron. Muerta. 
¡Virgen santa! Lo que tengo que oír. 
 En la calle se oye una sirena. Se oye. 
Alguien, en algún sitio, necesita ayuda.

DELIRIOS

-Cálmese, Casimiro, ya casi hemos llegado. 
-Primero los asteroides y luego las epidemias, qué horroroso, tantos muertos, tantos... -
-No hable, Casimiro, enseguida le hará efecto la pastilla. 
-Las naves, miles y miles llenando el cielo, la gente se vuelve loca, los gritos. Y usted, esta noche cuando se acueste en su cama... Esta noche, usted...el ruidito...
-Cállese, por dios. Y duerma un rato. Enseguida estamos en el hospital. 
Casimiro llegó muerto. 
El doctor entró en su casa derrotado. Todos los días lo mismo. Los mismos enfermos, los mismos muertos, los mismos locos. 
La ducha se llevó las preocupaciones, los malos momentos. 
Y ahora, un sueño reparador. 
Si no fuera por ese ruidito. 
Y luego, la pesadilla. 
Asteroides, epidemias, naves llenando el cielo.

CICLO VITAL


Bebé.
Niño, niño.
Chaval, chaval, chaval.
Joven, joven, joven, joven.
Hombre, hombre, hombre.
Viejo, viejo.
Bebé.

PALABRAS QUE DESAPARECEN

Algunos grandes cambios llegan con sigilo, despacio, como lluvia fina, y sólo son evidentes cuando ya lo ocupan todo, cuando no es posible dar marcha atrás. 
Aunque, bien pensado, no veo de qué manera alguien hubiese podido hacer algo al respecto. 
La primera palabra que desapareció fue "así". Casi nadie lo notó. Cuando llegaba el momento de usarla, automáticamente, la gente decía "de esa forma", o "de esa manera". 
En unos días alguna gente ya se dio cuenta de forma cabal, pero apenas podían explicar lo que ocurría, tan sólo era como esa sensación que tenemos cuando hemos tenido un sueño, pero que al despertar se nos ha perdido. 
La cosa fue a peor, cada día que pasaba se llevaba por delante algunas palabras: Adios, sorpresa, calibre, remedio, frase, carne, pinacoteca. 
Las conversaciones quedaban interrumpidas sin que nadie supiese por qué. 
Los mensajes dejaron de ser precisos y entonces comenzaron los errores y los accidentes. Además, con la palabra también desaparecían todos los derivados. Un caos. 
Ocurrió con el braille, el morse y el lenguaje de signos. 
Y la palabra escrita, aunque seguía visible, nadie la entendía. 
Imaginad el desastre. 
El mundo entero quedó a un centímetro del abismo. 
Menos mal que los niños que nacieron a partir de ese momento traían la telepatía de serie.

BÚSQUEDA

A la edad de diez años, Alonso Domínguez encontró un libro de yoga en el desván de la casa de una tía suya. 
A los veinte meditaba, a los veinticinco se hizo cristiano y se retiró a la vida contemplativa. Unos años después descubrió a Castaneda. 
Más adelante llegó la cábala, el tarot, el sufismo. 
Y ya, en su fase final, se sumergió de lleno en el tao. 
Por un tiempo. 
Y fue una verdadera ironía que, al final de su vida, sólo encontrara sosiego entregándose al dios caballo.

NACIÓ DOS VECES

A finales de los años cuarenta nació Abelardo Giménez. 
Lo interesante es que, fíjese usted, nació dos veces; una en un pequeño pueblo de Almería, y la otra en Madrid capital. Al mismo tiempo, claro. 
Obviamente, al ser la misma persona, el impulso natural de ambos fue el de buscarse. Pero eso llegó cuando esa vaga sensación pasó a ser acuciante, lo cual sucedió, más o menos, a partir de los veinte años.  
Toda una vida de búsqueda sin resultado, conviviendo con esa sensación extraña, como la que tienen esas personas a las que han cortado un brazo; está, pero no se encuentra. 
Sí, hubo momentos agobiantes, sabiendo que estaban cerca el uno del otro. 
Porque esa es otra, los dos se sentían en la distancia, se sabían mitades. 
En fin, una historia interesante, totalmente cierta. 
Como sé que no me cree, permítame usted que le diga que yo soy médico, y que un día trajeron a este hospital a dos hombres que habían perdido, a la vez, cualquier atisbo de presencia. 
La casualidad, o no, hizo que esos dos hombres, con idéntico nombre, años y rostro, murieran a la vez uno al lado del otro. 
Será esto lo que algunos llaman justicia poética.

miércoles, 2 de agosto de 2017

LA PALABRA

Continuamente me doy cuenta de lo difícil que es conectar realmente con el otro a través de la palabra,  escrita o hablada.
Leemos rápido, cada vez más, en parte por la ingente cantidad de lecturas a las que nos hemos acostumbrado. Entre ellas está la prensa escrita, las novelas, los contratos, la letra pequeña de los bancos, lo que leemos en internet, los mensajes de guasap. Y todo ello a una velocidad de vértigo. No nos da tiempo a digerir. Hemos aprendido un truco mortífero, la lectura transversal. Supongo que ya sabes de lo que hablo, puede que incluso lo practiques aún sin saber que tiene ese nombre. Pero, básicamente, se trata de leer a trompicones, por encima, como sin querer, escogiendo frases al voleo y tratando de sacar algo en claro de ello.
Quizás es el signo de nuestro tiempo, no profundizar demasiado, no vaya a ser que nos enteremos de algo y tengamos que tomar medidas. Luego vienen las declaraciones ante el juez: yo sólo era el que firmaba, era imposible leer todos los contratos, para eso tengo asesores.
Es que, hay que decirlo ya, la palabra está sobrevalorada. Le damos una importancia que no la merece.
Con la palabra, la hablada y la escrita, es fácil mentir. Decir lo contrario de lo que pensamos puede llegar a ser un vicio, algo a lo que nos acostumbramos. Es fácil, cualquiera entiende el mecanismo: pongo cara de póker y disparo.
Si nos pillan en la mentira decimos que nos han engañado, que no lo hemos comprendido, que perdimos el significado en el traslado. Y nos quedamos tan agustito.
Con lo escrito, además, debemos hacer malabarismos para justificarnos. Pero yo te doy la excusa, además perfecta. Los seres humanos cambiamos, evolucionamos, cambian nuestros argumentos. No somos los de ayer, y menos los de hace quince años. Por lo tanto, lo que dejamos escrito ya no nos hace justicia.
Ay, la palabra, qué pobre instrumento para hablar de lo de dentro.
Hay libros enteros tratando de poner en palabras al amor, al dolor o a la muerte. Vano intento, pues ni todas las palabras escritas desde el principio de los tiempos, logra aproximarse a la millonésima parte de esa íntima verdad inapelable.
Y aún así, no perdemos la ocasión de intentarlo.
Pero lo que la palabra hace bien es evocar. Yo digo amor y tú lo llenas de sentimiento. Con la condición de que tú hayas amado.
Si te hablo de los celos, eso también te llega, con la misma condición, que tú los hayas sentido. Si no, tan sólo serán palabras esparcidas en el océano de los significados.
La palabra escrita, la leída, palabras que crean mundos en la mente, mapas intransitados por la carne, mentiras que hacemos verdad con la fuerza que nos da el recuerdo de haberlas vivido. 

BUENOS Y MALOS

Entonces quedamos en que los malos son feos y pierden siempre, y los buenos son guapos y siempre ganan.
Qué bien, me quito un peso de encima, porque yo soy de los buenos.
Una ventaja es que con no ser malo ya soy bueno, y se me perdonan esas pequeñas cosas que tengo por ahí, escondidas.
Por otro lado, los malos son odiosos y execrables. Y si dices execrables ya no necesitas decir nada más.
Bueno, vamos a empezar ya, en serio.
La figura, el símbolo del ying y el yang es muy revelador y descriptivo. La parte blanca acoge un punto negro, mientras el negro lo hace con una parte blanca.
Es muy raro encontrar gente integra al cien por cien. Más bien somos una mezcla. Y otro tanto digo de los chicos malos.
Quizás de ahí nos vienen nuestras contradicciones, entre lo que quiero y lo que puedo, entre lo que creo justo y lo que doy de de mí para conseguirlo.
Ese punto negro, que se ve como un pececillo nadando en el gran lago blanco, es lo que hace nuestra tarea interesante, pues es de esa lucha interna de donde puede nacer el guerrero que todos llevamos dentro.
A su vez, los malos tienen ese pececillo blanco nadando en un enorme lago negro. Para ellos es la oportunidad, pequeña pero real, de pasar al bando de los chicos buenos. Es difícil, pero no imposible.
¿Estoy dibujando un mundo de buenos y malos? Por supuesto, pero teniendo en cuenta la enormidad de tonos intermedios.
Malos y buenos.
Al final, ni los malos son tan malos, ni los buenos son tan buenos, sino más bien seres complejos. Y nos lleva toda una vida empezar a conocernos.
Es también por eso que andar juzgando no parece ser buena idea, ya que no se puede juzgar lo que no se conoce.
Termino con la metáfora de las líneas paralelas.
En nuestra elección de uno de los dos bandos es impensable un perfecto equilibrio entre ser buenos o malos, porque somos como líneas paralelas. Cualquier pequeña inclinación hacia lo malo hará que las líneas acaben chocando. Mientras que cualquier inclinación hacia lo bueno basta para que las líneas se abran.
Sé que la idea de "ser bueno" tiene cierta mala prensa, y que mucha gente se siente cómoda en la idea de que está bien ser buena gente en general, pero sin pasarse, no vaya a ser que nos empalaguemos.
Para eso ya se encargan ellos mismos de alojar algunos pecadillos que añadan esa emoción que, aparentemente, les falta a los chicos buenos.
Y sé que la idea de ser un chico malo resulta de lo más atrayente, pues nos permite gozar de todos los placeres prohibidos con los que sueñan los chicos buenos.
Y ahora sí, más en serio todavía. La simpleza que estoy usando nada tiene que ver con la moral. Hablo de nuestro interior, siempre dudando entre lo que deseo y lo que debo hacer, entre lo que me atrae y lo que estoy dispuesto a pagar.
Una vez más, podemos tener ideas elevadas de transformación, pero para conseguir subir un solo peldaño, hemos de luchar con esfuerzos sobrehumanos por lo que sabemos que es lo correcto.
Esta es una historia de elecciones guiadas por una gran elección.
Y eso es todo.

INDIGNACIÓN

Seguro estoy que aquel libro estaba cargado de razones para sentirse indignado.
El título te mueve a la acción, a despertar del letargo.
El punto clave en nuestra evolución como seres humanos está en nuestro grado de consciencia.
Nuestro grado de consciencia marca la calidad de nuestros propósitos y nos permite usar las herramientas de forma responsable.
Las herramientas lo son todo; cada argumento, cada descubrimiento científico, social e incluso laboral, cada actitud colectiva y personal.
Un martillo, usado sin un nivel mínimo de consciencia, puedes ser usado para matar.
Un medio de comunicación, usado sin un nivel de consciencia mínimo, puede ser usado para manipular.
Y nosotros mismos, sin un nivel mínimo de consciencia, podemos ir sembrando confusión en vez de coherencia.
Bien, ya estamos indignados. Y ahora, qué.
Si la indignación es poca, puede que acabemos retirándonos, en silencio, después de haber soltado parte de la rabia contenida.
Puede que nos dé para tomar conciencia de dónde estamos y, de paso, qué medidas vamos a tomar para que las cosas que nos han traído hasta aquí, este caos, no se puedan repetir.
O podemos indignarnos mucho, enfurecernos, y salir a la calle, con palos y gritos, a matar al frankestein. 
Todo esto será decidido por el punto medio de todas las personas que lean el libro. Entre todas esas personas se creará un movimiento energético que cambiará las cosas. O no. Pero a buen seguro que siempre estamos decidiendo y cambiando.
A veces, por pereza, desconocimiento o dejación, tomamos las opiniones de otros como buenas.
Si ese es el punto, bien haremos en preguntar, enterarnos bien de las propuestas, hasta estar seguros de que lo que suscribimos se ajuste a lo que sentimos y queremos.
Una última consideración.
Para llegar a un punto en el que se hace necesaria una, parece que, justa indignación, hemos tenido que vivir un tiempo con los ojos cerrados, distraídos de nuestra responsabilidad de ser conscientes de la realidad.
Nos roban los políticos. Sí, pero seguimos votando.
Y, gracias a los votos, se perpetuará un sistema que esquilma a sus ciudadanos en todos los sentidos.
Eso sí, mientras tanto, regala algunas baratijas de vez en cuando.
Vale, yo también me indigno, pero por no haberme dado antes cuenta del engaño.
No. No con mi voto. Ya he tomado partido.
Revolución interna.
Es mi opinión.

ABRIR LOS OJOS

A menudo leía en esos libros de crecimiento personal, aquello de que estamos dormidos y tenemos que despertar.
Por un lado, la idea parecía un poco absurda , pues no alcanzaba a comprender que yo pudiese entrar en esa definición. Yo estoy despierto, me decía.
Pero los años están logrando que empiece a reconsiderar, desde mi perspectiva actual, si en verdad estaba despierto o tan sólo lo creía.
Ahora estoy dispuesto a admitir algunos hechos que antes no veía.
Siempre he ido bastante a lo mío. El famoso yo mi me conmigo y para mí mismo.
En este juego de vivir, el otro ocupaba un papel muy difuso. El otro siempre era como una foto en blanco y negro, mientras que yo, qué duda cabe, ocupaba todo el espacio, siendo el héroe tridimensional que se sale de la pantalla.
Pero de héroe no tenía nada. Ni lo tengo. Sigo siendo el mismo tonto de antes, sólo que ya no estoy contento con el papel autoasignado.
El otro no solamente existe, sino que a menudo es el auténtico maestro, mi tabla de salvación, porque en él puedo verme reflejado, y así puedo rectificarme, hacerme cargo de este desaguisado que ha sido mi vida.
No está siendo fácil admitirlo, abrir los ojos tiene un alto precio.
La verdad duele, por lo menos al principio, cuando despiertas a la idea de que, en verdad, lo que creía que era mi vida, tan sólo era un sueño.
Soñar es lo que tiene. Todo es tan happy....
Ahora es cuando realmente empieza la tarea.
Al mirar mi trayectoria con ojos nuevos, entiendo lo que ha pasado.
Vivía sin objetivo, de forma errática, haciendo eses como un borracho. Si no tienes objetivo, no tienes a dónde ir, no buscas el camino.
Entonces, la primera tarea consistió en definir hacia dónde quiero ir, cual es mi meta. ¿Quiero ser rico? ¿Quiero ser músico? ¿Quiero ser un buen padre? ¿Quiero iniciar un viaje?
Bueno, espera, que no es tan fácil. Hay tanto por hacer, por rectificar.
Primero voy a dejar de comer lo que no me alimenta, limpiar la senda de hierbajos, definir mis intenciones, repasar mis creencias, establecer prioridades, reorganizar el gasto de energía evitando el derroche, elegir con más cuidado en qué empleo mi tiempo, cuidar el vocabulario, limpiar las herramientas y usarlas.
Vaya, abrir los ojos es una dura tarea. De pronto siento que no voy a tener fuerza.
Ahora empiezo a mirar al otro y no doy crédito. Cómo no me daba cuenta de que el otro también está realizando esa misma tarea gigantesca. Mujeres con cuatro hijos que se han quedado solas, hombres con depresiones de caballo, la familia que vive con cuatrocientos euros y los hijos descarrilados, el vecino al que le han diagnosticado un cáncer...
Y también veo, con asombro, a esa otra gente, la que encuentra su manera de ser feliz, los que ayudan sin preguntar, los que arriman el hombro, los que ya están despiertos y trabajan en silencio, los que no se quejan, los que siempre están dispuestos, los que derriban muros, los que median, los que saben, los que están viviendo.
Despertar es algo sutil y al mismo tiempo devastador.
Te levantas de la cama y miras a tu alrededor. Ves todo lleno de camas. Ves tu propia cama en la que estabas durmiendo. Y es ahora que te das cuenta. Unos viven y otros sueñan que están viviendo.
Decir que ahora estoy despierto es mucho decir, una temeridad. Quizás estoy aún en duermevela, no sé. Pero si sé que ya no puedo volver a lo que era. Tengo una tarea personal.
Tengo una tarea. Distinguir los meros sueños de la vida real.
Y obrar en consecuencia.

martes, 1 de agosto de 2017

MENTIRAS

Mis post no quieren ser alarmistas o inspiradoras de controversias, aspiran a ser una gota de agua que cae en verano sobre nuestra atención.
Primero me cae a mí, que las estoy buscando, y luego las expando.
Entiendo que resbalará a algunos. Lo mismo me ocurre a mí con algunas gotas que me llegan desde otros lados. Pero si te cae y te refresca, eso es lo que me importa.
Las mentiras.
Chicos, estamos rodeados. Y la cuestión es que ya las damos por hechas, las asumimos sin verles la verdadera dimensión.
Mentiras grandes y pequeñas, de toda condición.
Algunas casi de risa, y otras como para vomitar.
Nosotros somos los únicos responsables de permitir que se alojen en nuestro espacio vital, en nuestra casa, en la sociedad.
Empecemos, por ejemplo, con los de la publicidad. Esos que no acaban de ser completamente mentira, pero que tampoco son verdad. Verdades a medias, que son las que hacen más daño, porque no lo parecen, porque se instalan cómodamente en nuestro imaginario y se mimetizan con la verdad. Y algunas nacen con nosotros y nos despiden en las puertas de la misma muerte.
Yogures que te quitan el colesterol, pastillas que te ocultan los síntomas, juguetes que quedan obsoletos en diez minutos, tecnologías que no necesitas, sopas naturales llenas de química...
Un estudio recogido en el libro "Planificar una clase con sentido común", de Delia Benegas y Greta Berstraete, recoge que los niños americanos, de promedio, ven unos 20.000 anuncios publicitarios en la tele y por año. Y vamos nosotros y cada año escogemos los mejores anuncios de publicidad y les damos premios. No está mal. Dignificar lo infumable.
En unos anuncios a toda plana, una empresa de energía española dice, sin rubor ni vergüenza, que son ecologistas. La página teñida de verde pino.
Recuerdo también que tendemos a adormecer la atención con la frecuencia. Esto es, vemos dicho anuncio y puede que nos enfademos, incluso. Pero no vamos a estar enfadados todos los días, justo cuando pasamos la hoja del periódico y volvemos a ver dicho anuncio. El efecto crítico se va diluyendo. Y ellos, que no son tontos, insisten el la mentira sabiendo que es cuestión de tiempo el que nos acostumbremos. Ellos destrozan el medio ambiente, están podridos de dinero que nos sacan diariamente, pero son ecologistas. Masas engañadas, masas dormidas, negocios prósperos y gentes sin alma.
No está de más recordar que si queremos un mundo de personas libres, con pensamiento crítico y emociones sanas, la mayor parte de nuestras energías deben ir dirigidas hacia los problemas de base, y dedicar especial atención a lo que ocurre con nuestros niños.
Si criamos niños sin mentiras, sin cuentos, sin manipulación, con libertar y responsabilidad, esos que son el diez por ciento lo van a tener más crudo.
Nos dejamos mentir por todo el mundo, y nosotros a nuestra vez, llevados por la aparente inocuidad, mentimos y nos mentimos.
Nos mienten los políticos, una y otra vez, una y otra vez. Y nosotros les votamos una y otra vez, una y otra vez. Y así estaremos hasta que tengamos bastante.
Nos mienten los del banco. Muchas veces son mentiras camufladas en conceptos que ni los mismos vendedores entienden.
Mienten las religiones diciendo que rezando vas a ir al cielo.
Mienten los enamorados cuando te dicen que lo nuestro es para siempre.
Mienten las instituciones diciendo que son necesarias. Para ellos, claro.
Mienten las encuestas después de ser cocinadas.
Mienten los ministros y militares diciendo que la guerra es para fortalecer la democracia.
Y otros mienten, pobrecitos, creyendo decir la verdad. En esta definición, posiblemente entremos todos, en mayor o menor medida.
Recuerdo que para que haya mentirosos, también ha de haber crédulos. Y algunos van, o vamos, con carnet.
Todo esto tiene consecuencias descomunales a la hora de tratar con la realidad. Somo ciegos agarrándonos a la pata del elefante y diciendo que el elefante es como un árbol.
Y así, qué se puede esperar.
Y mentiras, lo que se dice mentiras gordas y graves, las que nos decimos a nosotros mismos.
Pero aquí no voy a entrar. Por lo menos hoy.
Puede parecer duro, pero tenemos que empezar a usar una desconfianza crítica, exenta de pasión y preñada de claridad. Vale, tú me lo dices, pero déjame que lo compruebe.
Usar el escepticismo con sentido común, pero de forma implacable.
Dudar, dudar con avaricia incluso de nuestras viejas, usadas y abusadas afirmaciones. Darnos la oportunidad de repasarlas. O hacer el ejercicio de ponerlas en boca de otros, a ver qué tal nos suenan.
Y practicar el arte de darnos cuenta cada vez que nos están marcando un gol.
Practicar todos los días, sin volvernos policías, pero con perseverancia, y dejarnos muy claro que todo lo que dejamos pasar a nuestro interior, ha pasado por el supervisor de la verdad, nosotros.
No va a ser garantía de que todo va a quedar solucionado, pero la mentira lo tendrá más difícil para instalarse en tus aposentos.
A veces la podrás parar con palabras. Oye, eso que me cuentas no lo veo. Explícamelo mejor, de dónde has sacado el dato.
Otras veces lo paras con tu voz interior. Eso entra. Eso no.
Las células están contenidas en una especie de burbujilla, como una piel. Ellas lo tienen muy claro. Deciden en cada momento qué es lo que sale de la burbuja y qué es lo que entra.
Y creo que puedo asegurar, que no son tan tontas como para dejar entrar una mentira en su ínfimo organismo.
Les va la vida en ello.
Como a nosotros.