Vistas de página en total

miércoles, 24 de mayo de 2017

CHOCOLATE AMARGO

Tiene motivos suficientes para odiarlo, no lo dudo, no la estoy juzgando. Está en su derecho. 
 La conocí cuando era joven, no más de veinticinco años, y fue entonces cuando me contó su historia. 
Era tan sólo una niña cuando su padre les dejó plantados. 
No recuerda ni su cara; mucho menos besos o abrazos, nada de nada, pero ahí estaban los hechos. 
El hombre invisible se fue por tabaco. 
 Y por si fuera poco dejó una guinda de piedra envuelta en chocolate amargo: su padre nunca se fue del pueblo y la madre nunca le dijo quién era. 
 Imagino sus pasos lentos, las miradas furtivas a ambos lados de la acera, preguntándose quien sería, quién, de tantos hombres que pasaban a su lado. 
¿Eres tú, padre? ¿Eres tú el desgraciado hijo de puta que nos abandonó? 
 La cabeza le estalló, eso no fue extraño. Nadie aguanta esa presión durante tanto tiempo. 
Y ella nunca pensó en el perdón, por descontado. 
 La he vuelto a ver hace poco, después de treinta años. Ya no parece mujer sino un guiñapo, triste y roto, con los andares erráticos. 
 Me reconoce, nos damos un beso, hablamos poco, nos despedimos, y siento que la vida me está haciendo un regalo. 
 Un regalo duro como una piedra, envuelto en chocolate amargo.

No hay comentarios:

Publicar un comentario