Tiene motivos suficientes para odiarlo, no lo dudo, no la estoy juzgando. Está en su derecho. La conocí cuando era joven, no más de veinticinco años, y fue entonces cuando me contó su historia.
Era tan sólo una niña cuando su padre les dejó plantados.
No recuerda ni su cara; mucho menos besos o abrazos, nada de nada, pero ahí estaban los hechos.
El hombre invisible se fue por tabaco.
Y por si fuera poco dejó una guinda de piedra envuelta en chocolate amargo: su padre nunca se fue del pueblo y la madre nunca le dijo quién era.
Imagino sus pasos lentos, las miradas furtivas a ambos lados de la acera, preguntándose quien sería, quién, de tantos hombres que pasaban a su lado.
¿Eres tú, padre? ¿Eres tú el desgraciado hijo de puta que nos abandonó?
La cabeza le estalló, eso no fue extraño. Nadie aguanta esa presión durante tanto tiempo.
Y ella nunca pensó en el perdón, por descontado.
La he vuelto a ver hace poco, después de treinta años. Ya no parece mujer sino un guiñapo, triste y roto, con los andares erráticos.
Me reconoce, nos damos un beso, hablamos poco, nos despedimos, y siento que la vida me está haciendo un regalo.
Un regalo duro como una piedra, envuelto en chocolate amargo.
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