Fue un momento extraño, de los que nunca se olvidan. A ver como lo cuento.
Ella entró por la puerta y yo me la quedé mirando. Luego me miró ella. Hasta aquí todo normal.
Poco a poco nos fuimos acercando el uno al otro, en una cursi cámara lenta, con colores pastel de los años cincuenta.
Cuando faltaban tan sólo unos metros para encontrarnos muy cerca, los dos estiramos los brazos anticipando un abrazo.
En este punto la cámara lenta se ralentizó hasta un punto desesperado. No veíamos el momento del ansiado abrazo.
El abrazo mágico de dos desconocidos.
Después de una eternidad menos cuarto se tocaron nuestros deditos, provocando un pequeño espasmo. Nuestros ojos seguían anclados mientras temblábamos de gustito.
Aquí, todo hay que decirlo, la cámara lenta ralentizada se fue aletargando, de modo que rozaba el ridículo.
Pero bueno, al fin llegó el abrazo, ¿os acordáis? Sí, hombre, aquel tan mágico.
Pero tan pronto como sentimos el cien por cien de la presión que podían ejercer nuestros cuerpos, la famosa cámara lenta se aceleró, y en una jugada inesperada, absurda e imposible, nuestros cuerpos se atravesaron y caímos al suelo.
Yo me hice un esguince y ella un chichón.
Nos levantamos a toda prisa y, sin apenas mirarnos, cada uno se fue por su lado.
Ella entró por la puerta y yo me la quedé mirando. Luego me miró ella. Hasta aquí todo normal.
Poco a poco nos fuimos acercando el uno al otro, en una cursi cámara lenta, con colores pastel de los años cincuenta.
Cuando faltaban tan sólo unos metros para encontrarnos muy cerca, los dos estiramos los brazos anticipando un abrazo.
En este punto la cámara lenta se ralentizó hasta un punto desesperado. No veíamos el momento del ansiado abrazo.
El abrazo mágico de dos desconocidos.
Después de una eternidad menos cuarto se tocaron nuestros deditos, provocando un pequeño espasmo. Nuestros ojos seguían anclados mientras temblábamos de gustito.
Aquí, todo hay que decirlo, la cámara lenta ralentizada se fue aletargando, de modo que rozaba el ridículo.
Pero bueno, al fin llegó el abrazo, ¿os acordáis? Sí, hombre, aquel tan mágico.
Pero tan pronto como sentimos el cien por cien de la presión que podían ejercer nuestros cuerpos, la famosa cámara lenta se aceleró, y en una jugada inesperada, absurda e imposible, nuestros cuerpos se atravesaron y caímos al suelo.
Yo me hice un esguince y ella un chichón.
Nos levantamos a toda prisa y, sin apenas mirarnos, cada uno se fue por su lado.

No hay comentarios:
Publicar un comentario