Estaba sentado en el banco de un parque, una tarde de otoño. El tiempo pasó volando.
Una hora la sentí como media. Enseguida todo me pareció extraño.
Y los pájaros picoteando en el aire.
Al cabo de un tiempo esos pájaros de cuerpo alargado, de ojos rasgados, de plumas negras, se volvieron parte de mi paisaje.
En su presencia siempre ocurría que las horas quedaban cortas, dejando cortos los días.
Los veía picotear alrededor de la gente, aunque la gente nada sentía.
Invisibles devoradores de tiempo, estilizados pájaros de pluma negra.
Al tiempo llegaron otros, llenando el espacio con su salvaje apetito.
Los minutos fueron segundos, las horas, minutos, los días horas, los meses días, los años meses. Y un corto año toda mi vida.
Antes de morir, comprimido por la fuerza invisible de un tiempo salvaje, he visto todo lleno de negro plumaje.

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