También fue mala suerte. Y más después de lo del trabajo, lo de la mujer, lo de las cervicales. Luego lo de la deuda del banco, que cuando se dio cuenta ya era impagable. Y esto sí que fue la gota que colmó el vaso.
La idea del suicidio le vino sola, casi sin pensarlo. Veneno, que no le gusta el follón. Nada de sangres ni violencias, pensó, que luego hay que limpiar.
Pero ya se sabe que las desgracias nunca vienen solas.
Se montó en el coche para ir a comprar el veneno. Matarratas, pensó, es lo apropiado para una rata como yo.
Ofuscado como iba se pasó un semáforo, le embistió un camión y lo dejó violentamente muerto, envuelto en sangre.
¡Mala suerte, compañero!
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