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sábado, 27 de mayo de 2017

EL HILO DE LA VIDA

Cuando se acabó la magia, echó mano del socorrido recurso de tener un hijo. 
Pero esta vez, la magia tampoco fue la solución, cada vez más corta, menos brillante. 
En plena desesperación, se le ocurrió la peregrina idea de tener otro. 
Y mientras, el marido era como que no era; ni fu ni fa, ni chicha ni limoná, ni Pinto ni Valdemoro, ni esto ni aquello, ni el bies ni el revés. Y las demás veces no estaba. 
Fue una perfecta infeliz mientras los chicos crecieron. 
Luego se separó del marido. 
Siguió siendo infeliz cuando los chicos crecidos se fueron. 
Se cambió el color del pelo, se compró algunos abrigos y paseó por varios otoños. 
Se decepcionó con un amante. Y, al final, se compró tres perros. 
Uno pequeñito para acariciarlo frente a la lumbre, y dos grandes que tiraban de ella por la Gran Vía, mientras ensayaba su mirada más lánguida, la que iba diciendo: pero qué he hecho con mi vida...

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