Felipe Talavera no llega a comprender cómo su vida se encuentra en un estado tan lamentable. Todo lo que pudo salir mal salió mal, y además se torció. Ahora ya es demasiado tarde para enderezarla. Demasiados años conviviendo con una apatía que se instaló en silencio y que le pesa más cada día. Ya se ha rendido y solo le queda esperar la decadencia de la vejez, y luego, la muerte. Pero una mañana, al despertar, se encuentra los agujeros de claridad. Están todos a su alrededor, creciendo en intensidad a cada momento. A los pocos días, Felipe Talavera, apenas aguanta su creciente resplandor.
Es tanta, que la realidad se diluye. La gente se torna traslúcida, los edificios pierden espesura, la materia desaparece. Y él mismo se encuentra ligero, henchido de luminosidad y con el ánimo encendido. Ahora ya están en equilibrio, los brillos crecientes y la negra realidad. Al final de tan extraña historia, Felipe Talavera se fue por uno de esos agujeros; absorto, aspirado, atraído, engullido. En fin, lo mismo de siempre, luz y oscuridad disputándose las migajas de nuestro pequeño mundo.

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