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domingo, 28 de mayo de 2017

HAY QUE COMPARTIR

Las cosas se habían puesto feas, muy feas, y cada día resultaba más complicado encontrar algo que echarse a la boca. 
El niño ya mostraba signos alarmantes de desnutrición, y ellos dos se turnaban para buscar por los alrededores algo vegetal, quizás algún gusano para mitigar la violencia desmesurada del hambre. 
Aquella mañana llegó el hijo, casi sin resuello y gritando, buscando a su madre. El padre se estaba comiendo al abuelo. 
La madre se fue corriendo hacia el refugio despotricando contra dios, contra el mundo y, sobre todo, contra el cabrón de su marido.
Llegó hasta la puerta y la abrió. Y, en efecto, se estaba comiendo al abuelo. Ella le disparó un grito, roja de ira. 
"Pero Gerardo, habíamos quedado en compartirlo..."

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