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jueves, 5 de octubre de 2017

OLOR A ROMERO

Paso todos los días por delante de ella, pero apenas la miro de reojo. 
Está sentada a la entrada del supermercado, con un hatillo de romero. 
Ella sonríe a todo el mundo con el mismo espíritu, mezcla de pureza y asombro. 
Nunca se enfada, nunca pide. Ella ofrece. 
Aquella mañana fue diferente. Ya llegaba tarde, y con paso decidido me comía el cemento. Pronto pasaría a su lado, pero con las prisas no me daría ni para mirarla a la cara. 
Y hubiese continuado mi camino, como todos los días, si no hubiese sido por el olor. Olor a romero. Y ese olor me llevó a través del tiempo hasta mi niñez. Y recordé aromas perdidos que me hablaron de madres y besos, magdalenas recién hechas, leña húmeda, la lumbre y el brasero, el ozono tras la lluvia de verano, el asado de cordero, el pan recién hecho... 
Vuelvo en mí y me doy cuenta que estoy parado en medio de la calle, al lado de la vendedora de romero. Ella me está mirando. Sonríe como si supiera algo de mí que yo desconozco. 
Su mano me acerca una ramita, la cojo y miro dentro de sus ojos. Huelo. 
Ella no vende nada, tan sólo ofrece viajes en el tiempo.

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