El Peón más curioso de todo el Ajedrez espera impaciente al Alfil, que como todos los días se digna contestar todo tipo de preguntas sobre lo divino y lo mundano.
Siempre tiene sed de conocimiento, y a cada respuesta contesta con otra pregunta. Y otra, y otra... El Alfil está fascinado. Ni él mismo fue tan inquisitivo con sus maestros.
- ¿Quiénes somos? Esta era una pregunta habitual. Necesitaba hacerla una y otra vez, una y otra vez, como si a fuerza de repetirla, su significado pudiese entrar a formar parte de lo que él mismo era y aún no entendía.
-Piezas de Ajedrez. Esa era siempre la primera respuesta.
A veces pasaban la tarde entera matizando, diciendo las mismas cosas de otra manera.
- ¿De dónde venimos?
-Al principio todo era madera. Y nosotros formábamos parte indistinguible de ella.
-Entonces el origen de todo es la madera.
-Bueno, mis observaciones y la intuición me dicen que eso es verdad, pero sólo en parte. Sí, nosotros venimos de la madera, pero sobre ella existen los dos grandes dioses, nuestros dioses, los que mueven nuestros destinos y tienen el propósito final de nuestra vida en el tablero.
-Pero entonces nosotros no tenemos libre albedrío.
-Bueno, lo tenemos en cierta forma. Por ejemplo, tú y yo estamos aquí, hablando, tenemos esa libertad, porque una chispa interna nos hace permanecer aquí, aunque no sepamos muy bien cuál es la finalidad última.
- ¿Ni siquiera tú sabes eso?
-No, amigo Peón, sólo sé que debemos jugar e intentar ganar, y hacerlo de la mejor manera posible.
-Sí, claro. ¿Y sabes si existe la vida fuera de aquí?
-Bueno, ya sabes que al final de cada partida quedamos en suspenso mientras los dioses deciden empezar una nueva. Entonces todos renacemos, volvemos misteriosamente a la vida y jugamos de nuevo. Y no veo el motivo por el que debo creer que sólo existe nuestro tablero. No imagino a unos dioses tan imponentes conformándose con sólo un modesto tablero. De hecho, a veces tengo sueños en los que percibo una miríada de dioses y de tableros. En uno de estos sueños, hace ya mucho tiempo, sentí como salía de mi cuerpo. Me elevé hacia un espacio indescriptible y percibí la madera original, nuestro paraíso, de donde los dioses nos crearon. Estuve en un lugar en donde la larga madera original se apilaba en inabarcables hileras que se perdían en una altura que no comprendí. Supe que estaba cerca del paraíso. Hay una palabra sagrada que no se usa desde los tiempos iniciales. Bosque. Y es el lugar en donde existe todo lo que nos concierne como seres de madera.
-Casi no lo puedo concebir.
-No me extraña. Los dioses nos sacan de las entrañas de esa masa de madera. Y luego nos dan forma. No me preguntes cómo, incluso para mí es un misterio.
-Entonces los dioses nos crearon, nos dieron la vida y el juego.
-Así es, amigo.
-Pero no entiendo por qué tenemos que luchar unos contra otros.
-Bueno, es la manera que tienen los dioses de conocerse a sí mismos, y de paso también nosotros crecemos.
-Pero nosotros siempre estamos igual.
-Ahí te equivocas. Sé que nosotros contribuimos a la evolución, que el mismo juego se vuelve cada vez más complejo. De hecho, ya habrás oído que estamos muy cerca de dar un gran salto evolutivo.
-Sí, algo de eso he oído. Cuéntame algo más.
-Parece que nuestro mundo está mutando. Dicen que ya en algunos lugares del espacio eterno, algunos tableros ya han pasado al mundo incorpóreo.
-¿Mundo incorpóreo? Dios mío, es inimaginable.
-Incluso para mí lo es. Parece que existe una forma en la que todos nosotros, incluido nuestro tablero, pasaremos a ser jugados en una forma en la que ya no seremos de madera, sino que existiremos en un espacio de gran virtualidad. Estaremos, aunque parezca que no. Será un cambio espectacular en el que ya no tendremos que luchar contra nosotros mismos, sino que pasaremos a formar parte de algo más grande, más perfecto. Estaremos mucho más cerca de nuestros dioses.
-Entonces ya nos falta poco. ¿No?
-Depende de lo que tardemos en darnos cuenta de que todo es un juego. Recuerda que cuando acaba la partida todos nos encontramos en la misma caja, un lugar oscuro donde todos somos iguales. Allí no hay diferencia entre el Rey y tú. Allí descansamos mientras esperamos la voluntad de los dioses para iniciar la siguiente partida. Ellos esperan que un día nosotros mismos rompamos las rígidas reglas que nos guían.
-Y entonces, ¿por qué no las rompemos ya?
-Porque no nos damos cuenta de que todos, tú y yo, los Caballos, las Torres, los Reyes y las Reinas, todos estamos hechos de la misma materia y nadie es más que otro. Todo es una ilusión que forma parte del juego. Dicen que hace millones de años las batallas eran muy sangrientas. Y ahora ya ves que casi nadie siente deseos de destrucción. Estamos cansados de repetir ciclos, cansados de sangre y odio. Por eso te digo que pronto empezará una nueva era, en la que el juego va a cambiar de forma dramática. Y pasaremos a formar parte de un juego superior.
-Y eso, ¿lo sabe el Rey y la Reina?
-Ellos lo saben mejor que nadie. Tienen mucha energía. Tanta que sienten la necesidad de usarla para no quedar bloqueados. Recuerda sino al caballo del otro día. Se quedó en blanco mientras un peón se lo comía. Pero eso está cambiando. La Reina me llamó el otro día a su lado y me confesó su creciente apatía. Los tiempos están cambiando.
-Pues yo no siento nada extraño.
-Bueno, no es algo que vaya a ocurrir así, de golpe y porrazo. Todo esto lleva unas cuantas partidas, quizás ocho o diez vidas.
-Entonces…
-Entonces, querido amigo, ya va siendo hora de terminar. Tengo que hacer algunos movimientos y necesito pensar con claridad.
-Gracias, maestro, por explicarme.
-Gracias a ti, tú también me enseñas.
Siempre tiene sed de conocimiento, y a cada respuesta contesta con otra pregunta. Y otra, y otra... El Alfil está fascinado. Ni él mismo fue tan inquisitivo con sus maestros.
- ¿Quiénes somos? Esta era una pregunta habitual. Necesitaba hacerla una y otra vez, una y otra vez, como si a fuerza de repetirla, su significado pudiese entrar a formar parte de lo que él mismo era y aún no entendía.
-Piezas de Ajedrez. Esa era siempre la primera respuesta.
A veces pasaban la tarde entera matizando, diciendo las mismas cosas de otra manera.
- ¿De dónde venimos?
-Al principio todo era madera. Y nosotros formábamos parte indistinguible de ella.
-Entonces el origen de todo es la madera.
-Bueno, mis observaciones y la intuición me dicen que eso es verdad, pero sólo en parte. Sí, nosotros venimos de la madera, pero sobre ella existen los dos grandes dioses, nuestros dioses, los que mueven nuestros destinos y tienen el propósito final de nuestra vida en el tablero.
-Pero entonces nosotros no tenemos libre albedrío.
-Bueno, lo tenemos en cierta forma. Por ejemplo, tú y yo estamos aquí, hablando, tenemos esa libertad, porque una chispa interna nos hace permanecer aquí, aunque no sepamos muy bien cuál es la finalidad última.
- ¿Ni siquiera tú sabes eso?
-No, amigo Peón, sólo sé que debemos jugar e intentar ganar, y hacerlo de la mejor manera posible.
-Sí, claro. ¿Y sabes si existe la vida fuera de aquí?
-Bueno, ya sabes que al final de cada partida quedamos en suspenso mientras los dioses deciden empezar una nueva. Entonces todos renacemos, volvemos misteriosamente a la vida y jugamos de nuevo. Y no veo el motivo por el que debo creer que sólo existe nuestro tablero. No imagino a unos dioses tan imponentes conformándose con sólo un modesto tablero. De hecho, a veces tengo sueños en los que percibo una miríada de dioses y de tableros. En uno de estos sueños, hace ya mucho tiempo, sentí como salía de mi cuerpo. Me elevé hacia un espacio indescriptible y percibí la madera original, nuestro paraíso, de donde los dioses nos crearon. Estuve en un lugar en donde la larga madera original se apilaba en inabarcables hileras que se perdían en una altura que no comprendí. Supe que estaba cerca del paraíso. Hay una palabra sagrada que no se usa desde los tiempos iniciales. Bosque. Y es el lugar en donde existe todo lo que nos concierne como seres de madera.
-Casi no lo puedo concebir.
-No me extraña. Los dioses nos sacan de las entrañas de esa masa de madera. Y luego nos dan forma. No me preguntes cómo, incluso para mí es un misterio.
-Entonces los dioses nos crearon, nos dieron la vida y el juego.
-Así es, amigo.
-Pero no entiendo por qué tenemos que luchar unos contra otros.
-Bueno, es la manera que tienen los dioses de conocerse a sí mismos, y de paso también nosotros crecemos.
-Pero nosotros siempre estamos igual.
-Ahí te equivocas. Sé que nosotros contribuimos a la evolución, que el mismo juego se vuelve cada vez más complejo. De hecho, ya habrás oído que estamos muy cerca de dar un gran salto evolutivo.
-Sí, algo de eso he oído. Cuéntame algo más.
-Parece que nuestro mundo está mutando. Dicen que ya en algunos lugares del espacio eterno, algunos tableros ya han pasado al mundo incorpóreo.
-¿Mundo incorpóreo? Dios mío, es inimaginable.
-Incluso para mí lo es. Parece que existe una forma en la que todos nosotros, incluido nuestro tablero, pasaremos a ser jugados en una forma en la que ya no seremos de madera, sino que existiremos en un espacio de gran virtualidad. Estaremos, aunque parezca que no. Será un cambio espectacular en el que ya no tendremos que luchar contra nosotros mismos, sino que pasaremos a formar parte de algo más grande, más perfecto. Estaremos mucho más cerca de nuestros dioses.
-Entonces ya nos falta poco. ¿No?
-Depende de lo que tardemos en darnos cuenta de que todo es un juego. Recuerda que cuando acaba la partida todos nos encontramos en la misma caja, un lugar oscuro donde todos somos iguales. Allí no hay diferencia entre el Rey y tú. Allí descansamos mientras esperamos la voluntad de los dioses para iniciar la siguiente partida. Ellos esperan que un día nosotros mismos rompamos las rígidas reglas que nos guían.
-Y entonces, ¿por qué no las rompemos ya?
-Porque no nos damos cuenta de que todos, tú y yo, los Caballos, las Torres, los Reyes y las Reinas, todos estamos hechos de la misma materia y nadie es más que otro. Todo es una ilusión que forma parte del juego. Dicen que hace millones de años las batallas eran muy sangrientas. Y ahora ya ves que casi nadie siente deseos de destrucción. Estamos cansados de repetir ciclos, cansados de sangre y odio. Por eso te digo que pronto empezará una nueva era, en la que el juego va a cambiar de forma dramática. Y pasaremos a formar parte de un juego superior.
-Y eso, ¿lo sabe el Rey y la Reina?
-Ellos lo saben mejor que nadie. Tienen mucha energía. Tanta que sienten la necesidad de usarla para no quedar bloqueados. Recuerda sino al caballo del otro día. Se quedó en blanco mientras un peón se lo comía. Pero eso está cambiando. La Reina me llamó el otro día a su lado y me confesó su creciente apatía. Los tiempos están cambiando.
-Pues yo no siento nada extraño.
-Bueno, no es algo que vaya a ocurrir así, de golpe y porrazo. Todo esto lleva unas cuantas partidas, quizás ocho o diez vidas.
-Entonces…
-Entonces, querido amigo, ya va siendo hora de terminar. Tengo que hacer algunos movimientos y necesito pensar con claridad.
-Gracias, maestro, por explicarme.
-Gracias a ti, tú también me enseñas.

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