Cómo lo íbamos a saber; las cosas ocurrieron tan despacio....
Ahora todo se reduce a un rango de frecuencias.
Si pudieses preguntar en la calle, nadie querría contestar, porque saben que las conversaciones pueden ser grabadas y usadas en su contra.
Aquel año será recordado como el de la decisión funesta, aunque cuando lo vendieron, todos nosotros compramos. Y, además, pagamos de nuestro bolsillo nuestra frecuencia. ¡Qué desatino!
Tan sólo cuando el lobo cerró su boca, y nos quedamos a oscuras y rodeados de dientes, nos dimos cuenta del fraude.
Los niños iban a estar muy bien protegidos, siempre visibles en la pantalla del móvil. Si vienen los hombres malos, la justicia puede seguirlos.
Siempre conectados, siempre seguros y fuera de peligro.
Ahora sabemos que se trató de una campaña.
La noticia de un secuestro, un pederasta, un desaparecido, algunos periodistas, la tele que no cesa, las mujeres que comentan al recoger a los niños en las puertas del colegio.
Y ya con el miedo dentro, llegó el presidente con la solución. Control remoto, por la seguridad de nuestros hijos.
El gobierno sacó a la venta mil millones de frecuencias. No eran demasiado caras y se vendían con las líneas de teléfono.
La familia que no las tenía era vista como imprudente.
Después fue lo del control médico, chequeos a diabéticos, seguimientos al corazón, análisis en línea.... Quién iba a decir que no.
Y, finalmente, todos controlados de nacimiento.
Los chavales estaban encantados. Encender el ordenador con el pensamiento, pagar en el supermercado con un gesto, sacar un billete de avión sin dinero.
Y así hasta que hoy ya somos clasificados en función de la energía que aportamos al sistema. Los de arriba viajan gratis, pueden usar la tecnología incluso para hacer poesía, comen comida verdadera. Los de abajo son drenados, acosados, abusados y olvidados.
El gobierno es una sala de control.
Antes disimulaban, pero ahora ya no les hace falta. Si eres bueno te regalan descargas de placer. Si eres malo, descargas de dolor.
¡Madre del amor hermoso! Este futuro huele que apesta a pasado.
Si pudieses preguntar en la calle, nadie querría contestar, porque saben que las conversaciones pueden ser grabadas y usadas en su contra.
Aquel año será recordado como el de la decisión funesta, aunque cuando lo vendieron, todos nosotros compramos. Y, además, pagamos de nuestro bolsillo nuestra frecuencia. ¡Qué desatino!
Tan sólo cuando el lobo cerró su boca, y nos quedamos a oscuras y rodeados de dientes, nos dimos cuenta del fraude.
Los niños iban a estar muy bien protegidos, siempre visibles en la pantalla del móvil. Si vienen los hombres malos, la justicia puede seguirlos.
Siempre conectados, siempre seguros y fuera de peligro.
Ahora sabemos que se trató de una campaña.
La noticia de un secuestro, un pederasta, un desaparecido, algunos periodistas, la tele que no cesa, las mujeres que comentan al recoger a los niños en las puertas del colegio.
Y ya con el miedo dentro, llegó el presidente con la solución. Control remoto, por la seguridad de nuestros hijos.
El gobierno sacó a la venta mil millones de frecuencias. No eran demasiado caras y se vendían con las líneas de teléfono.
La familia que no las tenía era vista como imprudente.
Después fue lo del control médico, chequeos a diabéticos, seguimientos al corazón, análisis en línea.... Quién iba a decir que no.
Y, finalmente, todos controlados de nacimiento.
Los chavales estaban encantados. Encender el ordenador con el pensamiento, pagar en el supermercado con un gesto, sacar un billete de avión sin dinero.
Y así hasta que hoy ya somos clasificados en función de la energía que aportamos al sistema. Los de arriba viajan gratis, pueden usar la tecnología incluso para hacer poesía, comen comida verdadera. Los de abajo son drenados, acosados, abusados y olvidados.
El gobierno es una sala de control.
Antes disimulaban, pero ahora ya no les hace falta. Si eres bueno te regalan descargas de placer. Si eres malo, descargas de dolor.
¡Madre del amor hermoso! Este futuro huele que apesta a pasado.

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