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miércoles, 25 de octubre de 2017

LA EXTRAÑA

Una buena amiga me envió un relato. Sin pensármelo dos veces lo terminé, aunque ya estaba terminado. En fin, lo tomamos como el experimento que surgió de un impulso. Y así quedó. 


Érase una vez una selva frondosa y húmeda, llena de ramas, hojas, troncos y …suspiros. 
Vivía sobre una tierra cálida y bajo un sol luminoso que le atraía hacia el cielo. 
Las espesas ramas de árboles y plantas se enlazaban haciendo laberintos que conducían hacia ningún lugar concreto.
Cada momento nacía una planta, un árbol o un arbusto que presurosos se extendían por el suelo para beber agua y crecían buscando el sol. 
Esto sucedía deprisa porque eran tantas plantas las que debían alcanzar el azul del cielo que había que empujar, estirarse o…no llegar nunca. 
Así que en el bosque se palpaba la inquietud del vivir rápido, de no pensar más que en la meta azul, y nadie de los seres allí nacidos miraba a otros, simplemente ansiaban alcanzar la caricia del sol.
Cierto día después de largas horas de viento y lluvia intensa, nació en el bosque una extraña planta. 
Posiblemente la semilla viniera de un lugar lejano arrastrada por el viento o trabada en las patas de algún pájaro. 
Era extraña no por la forma de sus hojas, sino por lo singular de su espíritu. 
El día que asomó su tallo sobre la tierra, no solo no mostró ningún indicio de premura en su crecimiento, sino que se reveló como una planta observadora, serena y reflexiva.
Las demás plantas la tacharon de loca; si no se daba prisa moriría, sin duda.
Pero ella no gastaba su energía en competir, sino en hacerse fuerte en aquel mundo hostil. Aprendió a vivir con lo necesario y, día tras día, su savia cambió de estado. 
A su alrededor se dieron cuenta de que la quietud voluntaria no era muerte, sino sabiduría. 
Y así, poco a poco se fueron contagiando de su energía. 
La noticia se propagó como un virus amoroso y, sin saber cómo, todos se unieron a ese objetivo común, creciendo al unísono. 
Todos recibirán la misma luz, al mismo tiempo. 
Pero sólo la primera planta, la que inició el silencioso cambio, intuyó que, con el tiempo, todas las plantas de aquella selva se fundirían en un solo tronco.

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