-Padre, - le grita su hijo al oído - ¿cómo estás hoy?
El padre oye poco y mal, hay que gritarle.
Y como no puede casi ni hablar, de su boca surge un hilillo de voz que apenas se entiende.
- ieennn, dice.
Los dos se han quedado solos en la salita de espera; los demás ya están comiéndose la crema.
- ¿sabes quién soy? Yo sé que lo sabe, porque a sus casi noventa años aún conoce. Apenas ve, guiña los ojos y mueve su cabeza para recomponer la mía haciendo un barrido completo.
- iiiii, dice.
- quien, le insisto.
- mi hihooo.
Sí, soy la décima parte del total de su hijo, porque nunca preguntó, nunca se interesó.
Llevo algunos días pensándolo, así que hoy me animo, aprovechando que estamos solos.
- Papa, ¿tienes ganas de vivir?
- iiiii, me contesta.
- Pero, ¿sabes cómo estás?
Silencio.
- ¿Sabes de lo que te hablo?
Silencio. Le grito.
-Padre, si hay algo que me quieras decir, este es el momento. Silencio.
-Padre, no tengas miedo, tú ya has cumplido. Cuando sientas que es el momento, cuando quieras puedes decidirlo.
Silencio.
-Padre, estoy aquí para ayudarte. Soy tu hijo y te quiero.
Le limpio las babas. Luego los ojos con un pañuelo húmedo. A las doce le doy de comer. Luego le pongo las gotas de colirio y le doy la pastilla para que se quede tranquilo.
Allí, sentado a su lado, trato de imaginar mi vejez, tal vez tratando de adivinar si reconoceré al hijo que venga a limpiar mis babas.
Reconozco que quedé sorprendido cuando mi madre me preguntó qué había pasado. Mi padre le dijo que yo quería matarlo. No supe si reír o llorar, pero en la siguiente visita le pregunté que si quería que viniera.
Con voz inusualmente clara me dijo:
- Nooooo -.
Me levanté de la silla, le di un sonoro beso y allí le dejé.
Aunque cueste, hay que respetar al padre.
Los dos se han quedado solos en la salita de espera; los demás ya están comiéndose la crema.
- ¿sabes quién soy? Yo sé que lo sabe, porque a sus casi noventa años aún conoce. Apenas ve, guiña los ojos y mueve su cabeza para recomponer la mía haciendo un barrido completo.
- iiiii, dice.
- quien, le insisto.
- mi hihooo.
Sí, soy la décima parte del total de su hijo, porque nunca preguntó, nunca se interesó.
Llevo algunos días pensándolo, así que hoy me animo, aprovechando que estamos solos.
- Papa, ¿tienes ganas de vivir?
- iiiii, me contesta.
- Pero, ¿sabes cómo estás?
Silencio.
- ¿Sabes de lo que te hablo?
Silencio. Le grito.
-Padre, si hay algo que me quieras decir, este es el momento. Silencio.
-Padre, no tengas miedo, tú ya has cumplido. Cuando sientas que es el momento, cuando quieras puedes decidirlo.
Silencio.
-Padre, estoy aquí para ayudarte. Soy tu hijo y te quiero.
Le limpio las babas. Luego los ojos con un pañuelo húmedo. A las doce le doy de comer. Luego le pongo las gotas de colirio y le doy la pastilla para que se quede tranquilo.
Allí, sentado a su lado, trato de imaginar mi vejez, tal vez tratando de adivinar si reconoceré al hijo que venga a limpiar mis babas.
Reconozco que quedé sorprendido cuando mi madre me preguntó qué había pasado. Mi padre le dijo que yo quería matarlo. No supe si reír o llorar, pero en la siguiente visita le pregunté que si quería que viniera.
Con voz inusualmente clara me dijo:
- Nooooo -.
Me levanté de la silla, le di un sonoro beso y allí le dejé.
Aunque cueste, hay que respetar al padre.

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