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miércoles, 25 de octubre de 2017

MILAGRO

Tenemos un día muy agitado en el antiguo convento. 
Allí, delante de todas las religiosas, acaba de ocurrir el milagro. 
La más joven, la que nadie hubiese imaginado, la soñadora, estaba levitando. 
Algunas rezan y otras lloran, enfebrecidas y agradecidas por ser testigos de la voluntad del señor.  
Atrapados por el instante y con miedo a que se desvanezca, así lo viven las hermanas. 
Pero, sin previo aviso, la levitante estornuda. El arnés se ha movido y el milagro ha de ser postergado hasta la siguiente toma. 
El director decide parar, y seguir después de comer.

LOS SUEÑOS QUE MÁS DOLÍAN

Y cómo duelen. Esos golpes atraviesan las paredes y llegan hasta la boca de mi estómago. Pero el epicentro es en la casa de al lado, cerca de su ojo izquierdo.
El héroe que llevo dentro de caga en los calzoncillos; al verme sólo, llamo a la policía. 
Y la policía llama a su puerta mientras espío por la ventana.
-Buenas noches, señora. ¿Algún problema? 
-Oh, no, ¡qué va!, señoría. Aquí estamos los dos muy contentos, ¿a que sí, cariño? 
-Sí, mi amor, en la gloria divina. 
-Entonces no pasa nada... 
-Ya ve usted, señoría. 
-Pues un vecino ha llamado diciendo... 
-La gente llama por cualquier cosa. Si pasara algo, se lo diría. 
- ¿Y qué es eso negro del ojo, señora? 
-No es lo que parece, lo tengo de nacimiento. 
-Siendo así, nos retiramos. 
-Buenas noches, parejita. 
Con todo el lío se me fue el sueño. 
Miro bajo la cama y no lo encuentro. 
Se lo comió el epicentro, donde fueron los sueños que más dolían.

PLOMO

Su cuerpo de plomo intenta abrir los ojos de plomo. No puede. 
Y aquí, entre las sábanas de plomo, se esfuerza por recordar cómo ha llegado del color al blanco y negro. 
Por su cabeza pasan las imágenes del chaval que fue con veinte años, saltándose todas las normas, las formas y los semáforos en rojo, armado con aquella vieja réflex de segunda mano. Recuerda su paso por algunas revistas libertarias mientras la policía le hace fotos en comisaría, qué ironía. 
Con treinta se fue a la guerra, y así, en salvaje exposición, captó con ojo clínico todo el dolor derramado. Cuando volvió ya era otro. Había sufrido y llorado, y la muerte le dio permiso para salir buscando más allá de lo aparente. 
La sangre imparte su curso acelerado. 
Sus fotos ganaron premios; él, fama y dinero. 
Se casó y tuvo hijos, sentó el culo y fue contratado por un importante medio. 
Pero aquella salvaje rutina le dejó peor que la propia guerra. 
Su mujer le escribió una carta deseándole lo mejor. En ella le da las gracias y le deja el número de cuenta en la que debe ingresar cada mes. 
El médico le ha recetado pastillas para la depresión. Esta mañana va a ser definitiva. Aún no ha salido el sol, buena hora para tomar decisiones. 
Llega al puente aún de noche. Desde allí obtiene una visión completa de la ciudad. Sentado espera los primeros rayos. 
Y ahora sí, llega el momento. Su mano busca en la mochila. El roce de la piel con el metal le eriza los pelos de la nuca. No puede fallar, el disparo ha de ser perfecto. 
El escenario adquiere ese raro equilibrio que los fotógrafos buscan. Luces y sombras compitiendo. 
Apunta cuidadosamente. 
No le tiembla el pulso. 
Dispara. 
Y obtiene la mágica imagen que da a su vida un nuevo impulso.

LA EXTRAÑA

Una buena amiga me envió un relato. Sin pensármelo dos veces lo terminé, aunque ya estaba terminado. En fin, lo tomamos como el experimento que surgió de un impulso. Y así quedó. 


Érase una vez una selva frondosa y húmeda, llena de ramas, hojas, troncos y …suspiros. 
Vivía sobre una tierra cálida y bajo un sol luminoso que le atraía hacia el cielo. 
Las espesas ramas de árboles y plantas se enlazaban haciendo laberintos que conducían hacia ningún lugar concreto.
Cada momento nacía una planta, un árbol o un arbusto que presurosos se extendían por el suelo para beber agua y crecían buscando el sol. 
Esto sucedía deprisa porque eran tantas plantas las que debían alcanzar el azul del cielo que había que empujar, estirarse o…no llegar nunca. 
Así que en el bosque se palpaba la inquietud del vivir rápido, de no pensar más que en la meta azul, y nadie de los seres allí nacidos miraba a otros, simplemente ansiaban alcanzar la caricia del sol.
Cierto día después de largas horas de viento y lluvia intensa, nació en el bosque una extraña planta. 
Posiblemente la semilla viniera de un lugar lejano arrastrada por el viento o trabada en las patas de algún pájaro. 
Era extraña no por la forma de sus hojas, sino por lo singular de su espíritu. 
El día que asomó su tallo sobre la tierra, no solo no mostró ningún indicio de premura en su crecimiento, sino que se reveló como una planta observadora, serena y reflexiva.
Las demás plantas la tacharon de loca; si no se daba prisa moriría, sin duda.
Pero ella no gastaba su energía en competir, sino en hacerse fuerte en aquel mundo hostil. Aprendió a vivir con lo necesario y, día tras día, su savia cambió de estado. 
A su alrededor se dieron cuenta de que la quietud voluntaria no era muerte, sino sabiduría. 
Y así, poco a poco se fueron contagiando de su energía. 
La noticia se propagó como un virus amoroso y, sin saber cómo, todos se unieron a ese objetivo común, creciendo al unísono. 
Todos recibirán la misma luz, al mismo tiempo. 
Pero sólo la primera planta, la que inició el silencioso cambio, intuyó que, con el tiempo, todas las plantas de aquella selva se fundirían en un solo tronco.

martes, 24 de octubre de 2017

TIENE QUE ESTAR POR AQUÍ

Rosario está muy contenta. Menos mal que algo se va arreglando en su vida, porque menuda racha lleva. 
Primero fue la cadera. A ver, quién le manda a ella subirse a las sillas para limpiar el polvo. Que son ya setenta...setenta...setenta y... ¡Qué cabeza la suya! Ya ni se acuerda. 
Luego, las goteras. Aunque goteras... ¡Menudo chorro caía! Llenó tres cubos en una hora. El albañil le dio un presupuesto, pero no cayó en la cuenta de que ya no quedaba dinero en la cuenta. 
En la oficina del paro le dijeron que le habían quitado la ayuda porque se le olvidó sellar la cartilla. Claro, con la cabeza que tengo, piensa. 
Y ya no tengo vecinos de los de antes, se han ido muriendo. A ver quién me ayuda. 
Hay unos jóvenes que viven en el tercero, pero llevan unas pintas que dan miedo. 
Los dueños ya no alquilan. Quieren venderlo todo para hacer unos nuevos. 
Me dijo el de la tienda que en el banco me podían prestar dinero. 
El hombre del banco, dios lo bendiga, me ha dicho que no hay problema, que llevando un papel todo se arregla. Fíjese si estoy contenta. 
Tiene que estar por aquí, porque yo no tiro nada. En cuanto lo encuentre, se lo llevo, y ya está. Me dijo el muchacho que es lo que necesito. 
Se llama aval. 
El papel. 
Lo estoy buscando. 
Qué contenta estoy.

UNA CUESTIÓN DE RESPETO

-Padre, - le grita su hijo al oído - ¿cómo estás hoy? El padre oye poco y mal, hay que gritarle. Y como no puede casi ni hablar, de su boca surge un hilillo de voz que apenas se entiende. - ieennn, dice. 
Los dos se han quedado solos en la salita de espera; los demás ya están comiéndose la crema.
- ¿sabes quién soy? Yo sé que lo sabe, porque a sus casi noventa años aún conoce. Apenas ve, guiña los ojos y mueve su cabeza para recomponer la mía haciendo un barrido completo. 
- iiiii, dice. 
- quien, le insisto. 
- mi hihooo. 
Sí, soy la décima parte del total de su hijo, porque nunca preguntó, nunca se interesó. 
Llevo algunos días pensándolo, así que hoy me animo, aprovechando que estamos solos. 
- Papa, ¿tienes ganas de vivir? 
- iiiii, me contesta. 
- Pero, ¿sabes cómo estás? 
Silencio. 
- ¿Sabes de lo que te hablo? 
Silencio. Le grito. 
-Padre, si hay algo que me quieras decir, este es el momento. Silencio. 
-Padre, no tengas miedo, tú ya has cumplido. Cuando sientas que es el momento, cuando quieras puedes decidirlo. 
Silencio. 
-Padre, estoy aquí para ayudarte. Soy tu hijo y te quiero. 
Le limpio las babas. Luego los ojos con un pañuelo húmedo. A las doce le doy de comer. Luego le pongo las gotas de colirio y le doy la pastilla para que se quede tranquilo. 
Allí, sentado a su lado, trato de imaginar mi vejez, tal vez tratando de adivinar si reconoceré al hijo que venga a limpiar mis babas. 
Reconozco que quedé sorprendido cuando mi madre me preguntó qué había pasado. Mi padre le dijo que yo quería matarlo. No supe si reír o llorar, pero en la siguiente visita le pregunté que si quería que viniera. 
Con voz inusualmente clara me dijo: 
- Nooooo -. 
Me levanté de la silla, le di un sonoro beso y allí le dejé. 
Aunque cueste, hay que respetar al padre.

EL BOTÓN

No me puedo quejar. Con lo que cuesta los zapatos que llevo puestos vive un año una familia de mexicanos. Y el traje ni te cuento. 
Viajo por todo el mundo y en cada lugar que piso tengo gente que me facilita la vida de formas que ni te imaginas. Gano un sueldo de escándalo, mis deseos son inmediatamente satisfechos, siempre que use un mínimo de discreción, qué menos. 
Para trabajar en esto recibí la ayuda de grandes profesionales, sobre todo de tipo sicológico, pues desde que era jovencito tuve problemas con el alcohol y las drogas. Y con el sexo. Bueno, era adicto a todo lo que pudiese ser adherido. 
Pero como les cuento, todo esto quedó atrás. 
Y más me vale no recaer, porque si no, puedo perder mi trabajo. 
Y lo mejor de todo, no necesité estudios. Mi padre se encargó de todo. Una cuestión de dinero, de posición. 
De mi trabajo, ahora les cuento. Se trata de algo muy sencillo. Digo lo que me dicen que diga, firmo lo que me dicen que firme. O sea, que no tengo miedo a equivocarme. 
Por cierto, que el año que viene ya me retiro, se me cumplen los ocho años de contrato, y no son prorrogables. 
Justo dentro de un momento he de ir a una reunión. Parece que está la cosa tensa y hay que tomar una decisión. 
Mis asesores, los del traje, se han retirado y ahora he quedado con los de uniforme. 
Parece que hay que apretar el botón. 
En fin, ellos sabrán lo que hacen.

miércoles, 18 de octubre de 2017

LA FELICIDAD, QUÉ POCO CUESTA

Ni se imagina usted lo feliz que soy. Es que llevo una vida que ni el rey del mundo. 
Me levanto cuando quiero, no tengo que ir a trabajar, menudo chollo. 
Desayuno cualquier cosa, lo primero que me encuentro por ahí, o por la nevera. 
Hoy, por ejemplo, me he tomado un tazón de café con sopicas de pan que pa qué. 
Y luego un paseo a comprar pan, arroz y dos o tres manzanas, que la fruta me gusta mucho y es muy sana. 
Si me llamara mi hijo le diría que me estoy volviendo vegetariano. Seguro que se partiría de risa. 
Un día de estos me llama, que ya va tocando. 
Cuando vuelvo a casa me hago una sopica con fideos, o un hervido de patatas, ligero, que ya sabemos todos lo malo que es la grasa. Yo, cuando puedo, la evito. Y fuera colesterol. 
Después de comer me amodorro y doy una cabezada. 
La tele es que no la veo. Con decirte que no tengo... 
Visitas las justas. Tirando a ninguna. Me gusta mucho la soledad, la independencia. 
Yo soy así de sencillo. Ni voy al cine, ni a cosas por ahí. 
Tampoco bebo. Agua sí, que hace la vista clara. 
En mi casa soy feliz. En tal que arregle la puerta. A ver si ahorro un poco y le doy un repaso.
Y las goteras, aunque como es verano…. 
A veces lo pienso, menos mal que tengo poca familia, aparte de mi hijo. 
Me gusta la soledad, ir a mi aire. 
Mañana tengo que ir a la oficina del paro a firmar ese papel de los tres meses. Y ¡ala! Otros tres meses, despreocupado. 
A ver si este año le va mejor a mi hijo, que se fue al extranjero. Hace tres años que no viene, pero es que está muy liado. 
¿Dice usted que si me llama? Es que no sé usar esos teléfonos de ahora, y el otro lo tengo fuera de línea. A ver si viene el técnico y me lo engancha.  
Pero, como ve usted, la vida me va de lujo. 
¡Ay madre mía! Qué poco cuesta la felicidad. 
Por cierto, ¿no tiene por ahí un euro?

AMA

Manuel es profesor de secundaria. Le gusta la poesía y quiere crear un grupo informal para reunirse de vez en cuando y hablar de literatura. 
Siempre le veo andando solo, calle arriba, calle abajo, callado y con tanta prisa. 
Se fija en todo, como si fuese leyendo en las paredes, en las aceras, la historia que para sí quisiera. 
Pero la historia es tozuda y pasan los años. Las mismas calles, la misma prisa e igual búsqueda apresurada y ciega. Descansa de vez en cuando, de cuando en vez en las barras de los bares, donde a veces encuentra vestigios de un guion deshilachado, siempre después de la cuarta cerveza. Entonces aviva el gesto y se queda pensando en cómo hilvanar los retales. Vano intento. 
Las pistas desaparecen como por ensalmo justo antes de llegar a casa. Su mujer ni le mira. Tanto se ausenta el marido que no siente la diferencia. Y los hijos... Vamos a hablar de otra cosa. 
Y ahora que llega el cansancio de los años, sospecha que las palabras que busca no está en la calle, ni en la biblioteca. Ni tan siquiera en los bares, golosa hemeroteca. 
Esta noche soñará con el texto que le dice, de forma certera, su ansia. 
Es un mensaje pequeño, que llega escrito en un telegrama. 
Dice: ama.

martes, 17 de octubre de 2017

LA MUJER TSUNAMI

La mujer tsunami se mueve como un pez por aguas radioactivas; derrama su luz sobre los corazones negros de los festivos suicidas. 
La mujer tsunami tiene una espada en la boca, maestra de esgrima. 
De forma invariable quedas tocado si mides tus palabras con las suyas. 
La mujer tsunami no tiene miedo de amar sin medida. 
No se protege ni es protegida, corazón abierto veinticuatro horas al día. 
La mujer tsunami lleva peluca, la cara en los huesos bajo el maquillaje, el bicho se aloja en su cuerpo. 
A la mujer tsunami se le va la vida, ella ya sabe. Ha encontrado trabajo en otra existencia. Antes de irse nos dejó su mensaje, escrito sobre la superficie de la misma agua que se la llevó. 
A su lado aprendimos a leer deprisa.

MUY CERCA DEL CORAZÓN

Hasta ahora íbamos tirando con la ayuda de mis padres; sí, claro, la pensión. Porque mi marido apenas llega a los quinientos; hace trabajos de fontanero por las casas. No, autónomo no, que se le va la ganancia en el papeleo. Que si IVA, que si facturas... 
Pero ya no es como antes. Ahora, la gente se ha vuelto mañosa de repente. El que menos es ingeniero. 
Este año, la ropa va a ser la misma. 
Vuelven los sietes en el pantalón. Qué moderno, madre mía. 
Las patatas las venden con corona; el jamón de toda la vida, de york. Eso sí, de york de toda la vida. Y el marisco, ¡ay! el marisco, enriquecido con mercurio. ¡Qué lujo! 
Y las vacaciones ya no son a Benidorm, ¡qué va! Eso ya es ciencia ficción; ahora vamos al parque, a tomar el aire. 
Menos mal que los hijos ya son grandes. 
Ella tiene estudios, algo de biología. Y sacó la carrera con matrícula de honor, porque gracias a dios, la nena ha salido lista. Todos los años echa la oposición. A ver si tiene suerte. Mientras le sale algo de lo suyo, está cuidando a una señora. 
El otro es un genio del ordenador, se pasa ocho horas seguidas en su habitación. Da gusto ver lo rápido que escribe con el ratón ese que usa. Él también busca trabajo, pero como es tan listo, no tiene que andar por ahí, preguntando. Lo hace todo sentado en el ordenador. 
Y yo, a ver cuándo puedo levantarme, que en seguida me viene ese dolor en el pecho, como una presión que me deja sin aire. 
Muy cerca del corazón.

EL ABOGADO

Estudiaba para abogado. 
Desde que le conocí, hace ya muchos años, siempre le faltaban dos para terminar y montar el despacho. 
Pero había que comer, nadie abogaba por él y el despacho se le resistía. 
El bar que montó iba como la seda y ganó dinero, que fue metiendo en los agujeros sin fondo de su nariz. Sin fondos se fue quedando también la cuenta del banco. 
Y la cabeza en blanco. 
El bar se quedaba sin riñón y el abogado, sin hígado.
Al mismo tiempo, como en un entrelazamiento cuántico, los dos proveedores dejaron de suministrarle. 
El efecto fue demoledor, el bar se le vino abajo, y ya sin su armadura, él también se derrumbó. Misterios de la física; cómo desapareció todo su mundo por un sitio tan pequeño.

BAILANDO EN EL PARAÍSO

De modo que la vida era eso. 
Me pregunto por qué nunca hasta ahora, me había dado cuenta. 
Aquella tarde compré ropa, por la noche me puse guapo. Bueno, tener veinte años hace bonito a cualquiera. 
Cuando llegué a la fiesta había cola. No me importó esperar, porque así le daba tiempo a la pastillita para que subiera. Casi todos estaban ya arriba. 
Sin darme cuenta me encontré rodeado de verdaderos amigos, de los de toda la vida. De mi boca brotaban palabras que no conocía. 
Hice planes de futuro con una chica guapísima que estaba haciendo planes de futuro con otro chico. Y sentí la conexión con todos y cada uno de los allí presentes. Me sentía tan feliz que creí, sinceramente, que ese instante duraría para siempre. 
Intento recordar los detalles, pero no encuentro la línea de sucesos que me trajo hasta aquí. Pero parece que, por fin, entré al edén. 
La música era el pegamento que nos unía a todos como un solo cuerpo. El sudor, un efecto secundario. Y bailando, bailando, bailando con todo. 
No recuerdo cómo, pero eso era la eternidad, al lado del paraíso. 
Me olvidé del mundo y de mí mismo, hasta que, al abrir los ojos de nuevo, me encontré tirado en el suelo. Estaba frío. La música había desparecido, así como la gente y los amigos para siempre. 
El camarero me ayudó a levantarme. Señor, me dijo con solemne voz de mayordomo, tome su sombrero y su bastón. La fiesta ha terminado. 
Con paso lento y vacilante me dirigí a la salida, acompañado por un pensamiento que no me ha abandonado hasta ahora. 
De modo que mi vida ha sido eso...

viernes, 13 de octubre de 2017

PRETÉRITO IMPERFECTO

Cuando era joven Lucía, lucía un cuerpo diez, chispas en los ojos y veneno en la piel. 
Le gustaba ir de conciertos, no tenía novio y era terriblemente divertida. 
Se dejaba mimar, se dejaba llevar, se dejaba los años atrás igual que hacen las culebras con su camisa. 
Le gustaba beber, le gustaba fumar, hacer el amor y follar. 
Apenas recuerda cómo se fue acostumbrando a probarlo todo, con la inocencia propia de quien toma vitaminas. 
A los treinta se echó el primer novio de verdad, de los que piden exclusividad en un solo sentido. Ella no lo supo hasta muy tarde, cuando lo del caballo. 
Cuando quiso dejarlos cayó del guindo. El precio era excesivo y no tuvo fuerzas para pagarlo. Pronto se quedó en los huesos y ya ni siquiera disfrutaba, ni en los conciertos ni entre sus brazos. 
Una noche, los dos perdidos, quisieron recordar los tiempos de poderío. Al chico se le fue la mano y quedó muerto en la cama. Ella, asustada, se puso en manos de la química legal y dejó su ser entero funcionando al diez por ciento durante los siguientes años. 
Y de estar hecha un palillo pasó al otro extremo. 
Adiós al cuerpo, al brillo; adiós al séquito y la diversión, y adiós al dios que le amparaba. 
Así llega hasta el presente, momento en que su nombre describe su historia a la perfección. Lucía, pretérito imperfecto.

ORSON WELLES

Conozco a Orson Welles, vive en mi pueblo. 
La gente le ve y piensa que lograr ese cuerpo resulta fácil. Nada más lejos de la realidad. Es un trabajo de chinos que exige fuerza de voluntad, pequeños contratos diarios entre lo que come y la obsesión por obviar el ejercicio. 
En su casa tiene un trono, que ocupa al mismo llegar del trabajo. La mesa puesta, aperitivo de todo lo que se le viene encima, la tele puesta llena de noticias y, de postre, un ictus que le devuelve la esperanza de recuperar el verdadero sentido de su vida. 
Orson Welles ahora es otro, mejor actor, mucho más delgado. 
Ha encontrado el tono, ha madurado. 
Y ya no busca el Óscar, con vivir en el presente tiene de sobra.

¡CÓMO NO TE VOY A QUERER!

Cómo no te voy a querer, luz de mi vida, si después de algunos años de tirarte los tejos me hiciste el favor de dejarme entrar en tu vida. 
Cómo no te voy a querer, pequeña flor de atardecer, si cada vez que te abrazaba tú seguías empeñada en mirar en la pantalla la operación de nariz de Leticia. 
Cómo no te voy a querer, lírico amor de luz violeta, si cada vez que dije campo, playa dijiste tú. Cómo no te voy a querer, mi alegre pastorcilla de mirlos blancos, si me pusiste los cuernos con mi mejor amigo el día que se cumplía nuestro aniversario. 
Cómo no te voy a querer, dulce capullo tierno, dorado de franca risa, si al verme desesperado con el corazón sangrante, me dejaste tirado en la calle y te fuiste a hacer la manicura. 
Como no te voy a querer, luz de sonrojada luna, si cuando te llamé, llorando, me colgaste y bloqueaste mi número. 
Cómo no, mi escuálida rosa de pitiminí, cómo no quererte hasta el hastío, hasta el asco, hasta las heces, si, gracias al horroroso trato que me diste, se me quitó la tontería acumulada durante años, te mandé a paseo y, a los dos días, conocí a la que hoy, veinte años después, sigue siendo la mujer, la diosa con la que vivo aquí, en el séptimo cielo. 
Por si no me he explicado bien, yo te quiero.

FRECUENCIAS

Cómo lo íbamos a saber; las cosas ocurrieron tan despacio.... Ahora todo se reduce a un rango de frecuencias. 
Si pudieses preguntar en la calle, nadie querría contestar, porque saben que las conversaciones pueden ser grabadas y usadas en su contra. 
Aquel año será recordado como el de la decisión funesta, aunque cuando lo vendieron, todos nosotros compramos. Y, además, pagamos de nuestro bolsillo nuestra frecuencia. ¡Qué desatino! 
Tan sólo cuando el lobo cerró su boca, y nos quedamos a oscuras y rodeados de dientes, nos dimos cuenta del fraude. 
Los niños iban a estar muy bien protegidos, siempre visibles en la pantalla del móvil. Si vienen los hombres malos, la justicia puede seguirlos. 
Siempre conectados, siempre seguros y fuera de peligro. 
Ahora sabemos que se trató de una campaña. 
La noticia de un secuestro, un pederasta, un desaparecido, algunos periodistas, la tele que no cesa, las mujeres que comentan al recoger a los niños en las puertas del colegio. 
Y ya con el miedo dentro, llegó el presidente con la solución. Control remoto, por la seguridad de nuestros hijos. 
El gobierno sacó a la venta mil millones de frecuencias. No eran demasiado caras y se vendían con las líneas de teléfono. 
La familia que no las tenía era vista como imprudente. 
Después fue lo del control médico, chequeos a diabéticos, seguimientos al corazón, análisis en línea.... Quién iba a decir que no. 
Y, finalmente, todos controlados de nacimiento. 
Los chavales estaban encantados. Encender el ordenador con el pensamiento, pagar en el supermercado con un gesto, sacar un billete de avión sin dinero. 
Y así hasta que hoy ya somos clasificados en función de la energía que aportamos al sistema. Los de arriba viajan gratis, pueden usar la tecnología incluso para hacer poesía, comen comida verdadera. Los de abajo son drenados, acosados, abusados y olvidados. 
El gobierno es una sala de control. 
Antes disimulaban, pero ahora ya no les hace falta. Si eres bueno te regalan descargas de placer. Si eres malo, descargas de dolor. 
¡Madre del amor hermoso! Este futuro huele que apesta a pasado.

jueves, 12 de octubre de 2017

EL EXPERIMENTO

Así que, después de todo, tuvimos éxito. Vaya si lo tuvimos. Digo que tuvimos, pero todo el mérito fue tuyo, yo sólo puse el dinero. 
Aún recuerdo tu apresurada llamada de teléfono, la urgencia con la que sonó a las cinco de la madrugada. 
No hizo falta oír tus palabras; el nervioso tono de tu voz fue suficiente para darme cuenta de que esta vez habías dado con algo serio. 
Mientras me vestía y sacaba el coche del garaje pensé en las primeras falsas alarmas que, sin embargo, no lograron desanimarnos. 
No sé de donde sacamos el tiempo ni la energía para dedicarlo a tus experimentos, siempre unos pasos más allá de la física cuántica. 
Ahora que lo pienso, yo tan creyente y tú tan ateo; sin embargo, ahí estábamos los dos, mano a mano, haciendo bromas sobre qué es lo que encontraríamos si teníamos éxito. 
Recuerdo, como si fuese hoy, el día que te echaron del proyecto. Lograste lo que nadie había hecho; poner a todos los demás científicos en tu contra. 
Yo no entendían tus ideas, tu razonamiento. 
Pero entonces te ofrecí ser yo quien te ayudara, montamos el laboratorio, y trabajaste duramente con ese ordenador de tu invención. 
Y entonces llegué al laboratorio y vi tu cara. 
Con toda naturalidad me ofreciste ser parte del experimento. Y yo, que me apunto a un bombardero, me puse el traje y nos metimos dentro. 
La cuenta atrás fue muy divertida, ¿recuerdas? Nos partimos de risa mientras repetíamos los números del diez al cero. 
Y luego...esto, la nada, sin tiempo, sin cuerpo, la eternidad. 
Oye, dime... 
¿Tú sabes qué ha pasado? 
-No.

CIRUGÍA EMOCIONAL

Sin duda, ponerme en sus manos ha sido lo mejor, todo un acierto. Ella es una experta en cirugía. 
Primero me prepara usando la sicología. Me promete que, después, todo será mejor, tendré su apoyo hasta el final de los tiempos y apenas quedarán cicatrices. ¡Qué respiro! 
Y allí tumbado me pone el cloroformo. 
Meticulosamente procede a separar nuestros labios llenos de besos. Difícil tarea, pues ya casi no se distinguen los suyos de los míos. 
Después los abrazos. Luego le llegó el turno al resto del cuerpo; pecho, abdomen y manos. Finalmente, el corazón, que aún tan sedado me duele. 
Deja algunos detalles para otra ocasión, la estética queda en segundo plano. 
La anestesia pierde su efecto y aún quedan cosas importantes que operar; recuerdos y sentimientos, el proyecto de vida común y los hijos, que no tienen operación. 
Que no te asuste la sangre. Lo que hay que hacer hay que hacerlo, y cuanto antes, mejor. 
He tenido mucha suerte, podría haber muerto. 
Y con el tiempo seré más fuerte, seguramente.
Ahora toca esperar a que todo cicatrice. 
Sonríe y me dice adiós.
Hasta luego cirujana, la que fuiste reina de mi corazón.

EL HOMBRE LIBERADO

Lo que más aprecio en el mundo es la libertad, disponer de tiempo para vivir la vida real. 
Como hoy, que me he levantado sin prisa. 
La prisa, el cáncer que padece la mayoría de gente que conozco. 
Y hacerme un café mientras leo en el periódico las últimas barbaridades que han sucedido. Tiempo. Me gusta saborear cada instante, sentir como el día se desliza suavemente entre mis manos, así, tan lento. 
Tengo, claro está, un trabajo que me lo permite, no de esos de cuarenta horas semanales ni de contratos leoninos, no. En realidad, tan solo le echo unas horas anuales. 
Me estoy poniendo filosófico, y tampoco es eso. Mi trabajo es muy sencillo y liberador. Me libera a mí de la esclavitud laboral y libero a otro, uno que yo no elijo, que ni siquiera conozco. Por cierto, hoy trabajo; algo sencillo. Me llevará poco tiempo. 
Unas horas preparando los utensilios. 
Un segundo en apretar el gatillo.

miércoles, 11 de octubre de 2017

LA CHICA EVAPORADA


Hola, ¿me puedo sentar contigo? 
Sí, claro. 
No te he visto mucho por aquí.
La verdad es que apenas salgo. 
¿Cómo te llamas? 
Pedro. 
Hola, Pedro, yo soy Charo. 
Encantado. 
¿Esperas a alguien? 
No, estoy sólo. 
Yo también.

Silencio. 

No eres muy hablador. 
¿Quieres hablar de algo? 
Vivo aquí cerca. ¿Te gusta el cine? 
Psssi... Me gusta más escuchar música, ir a conciertos. 
Si quieres nos acercamos un ratito a mi casa. Te invito a un té... Y a escuchar algo de música. Ummm, no sé... 
Venga, solo será un ratito. 
Es que... 
Vamos, que no me como a nadie. 
Bueno, vale.

El piso es pequeño y cuco.

Aquí es, ya hemos llegado. Si quieres ve poniendo la música que más te guste, que yo voy haciendo el tecito. 

El chico está expectante, la situación es, cuando menos, curiosa. Sabe que se lo están ligando.

¿Me puedo sentar contigo? 
Vale.

 Hablan de cualquier cosa. La música llena algunos silencios. 

¿Te puedo coger la mano?
Vale. 

 Ahora ya está la cosa más clara. Ella ha resultado ser toda una experta en el arte del enredo, esa es la sensación que tengo, piensa el chico. 

¿Te puedo dar un beso? 
Vale.

La red, antes extendida, está cerrándose por los extremos. 
Del sofá a la cama sólo hay un pequeño paso. Y ella, ávida de vida, le aprieta fuertemente la cabeza contra su sexo. Cuando despiertan de ese sueño despierto, el agua del té ya se ha evaporado. Le pide que, por favor, la deje sola. El chico se va, descolocado. 
Y ella, ella pasa el resto de la noche evaporándose.

martes, 10 de octubre de 2017

MANOS UNIDAS

Hace años, cuando me mudé de casa, solía verlos juntos, andando en silencio, cogidos de la mano. 
Imaginé sus vidas a partir de esos instantes, siempre juntos y suaves, la mirada serena de los amantes. 
El paso decidido de mutuo acuerdo, recuerdos compartidos que parten hacia un desconocido futuro imperfecto que afrontan juntos. 
Ha pasado el tiempo, más de diez años, y aunque el recorrido es el mismo ahora van más despacio. 
Ella está perdiendo el brillo de su mirada, y a veces el equilibrio. 
Él ya sabe cómo acabará este cuento, aunque no sabe cuándo. 
Desde hace un par de meses le veo solo, la mitad de un todo que se está desmoronando. 
Me cuesta reconocerlo así, sin su fabuloso complemento. 
En vez de ella, ahora se acompaña de una bolsita de la farmacia. 
Al verlo adentrarse por las callejuelas, me asalta la imagen viva de sus manos unidas.

GATOS MILAGROSOS

Cuando la señora les lleva la comida se ponen muy contentos. 
Acercan sus ágiles cuerpos sin prisa porque saben que cada uno tendrá sobras de sobra. 
Ella les habla como una madre habla a sus hijos, les deja el plato en el suelo y los acaricia. 
Los gatos muestran su agradecimiento con ronroneos mientras hacen ochos entre sus viejas piernas. 
Qué suerte, piensa ella, tener una familia que me quiere. 
La señora lo agradece y cada día le esperan. 
Esos gatos son milagrosos. 
Saben muy bien como alargar las vidas de los viejos sin familia.

LAS CUENTAS CLARAS

Llega tarde. El encargado no le dice nada, que es lo mismo que decir que se lo ha dicho todo con su gritona mirada. 
Se pone el uniforme, y así, con la forma conformada, se dispone a confirmar otro día con el que no estará conforme. 
El fin de semana le ha dejado el habitual nudo en el estómago.   
Su novio le pedía y ahora le exige. Su madre aún piensa que sus treinta y dos años no son suficientes para usar el propio discernimiento. 
Y le van a bajar el sueldo. 
Se abren las puertas. Quiere dejarlo todo y salir corriendo. 
La gente se va acercando formando una larga cola. 
Las bolsas de comida pasan en agobiante procesión ante sus ojos ausentes. 
Sí, ella marca los números de forma automática. 
Casi todo el tiempo se encuentra ausente, agarrada por los hechos. 
Saluda, responde y tramita como si lo hiciese otra mientras se sumerge en la tristeza. 
Acaba la jornada y hace la caja.
El encargado quiere hablar con ella. 
Señorita, siento decirle que últimamente no le cuadran las cuentas. 
Incluso él se ha dado cuenta.

domingo, 8 de octubre de 2017

LA FIESTA NACIONAL

La plaza está a rebosar, y en las gradas no cabe ni un alfiler. 
A las siete en punto empezará el espectáculo. 
Y mientras tanto, los toreros esperan en el patio de cuadrillas. 
No hay allí ni un solo gesto que denote preocupación, nerviosismo o miedo. 
Sale el primer toro bajo el sol de atardecer y recorre la plaza buscando el objetivo. Y lo encuentra plantado a media distancia, desplegando con parsimonia su capa amarilla y roja. 
Y entonces sucede lo extraordinario. El toro realiza un extraño movimiento antes de caer al suelo y ya no se levanta. 
En seguida llegan los expertos informáticos con un programa de recuperación, pero no dan con el problema. La corrida tiene que ser suspendida y el toro mecánico, retirado. 
La plaza es desalojada. 
Los robots salen despacio, rigurosamente ordenados, en perfecta sincronización.

LA MANCHITA

Rafael está viendo las noticias sentado en su sillón. Su mujer va y viene por toda la casa, como si sus ágiles movimientos formarán parte de una coreografía. 
Marta, tienes una mancha en la falda. 
¿Ah sí? No creo... 
Sí, sí, mírala, es eso de ahí. 
¿Eso? 
A ver, acércate. ¿La ves ahora? Parece de café. 
No creo, ya sabes que no tomo. 
Pues alguien te habrá manchado. 
Ah, sí, es que me he encontrado esta mañana con Amparo y hemos ido a....
¿Amparo?, ¿la mujer de Federico? Pero, ¿no se fue de viaje a Irlanda el viernes pasado? 
Sssí, pero... Tuvieron que volver por lo del atentado. 
Ah. Creí que cuando salieron de viaje ya estaba todo arreglado.
Sí, pero es que... 
Déjalo, no importa. Además, como he quedado mañana con Federico, ya me lo cuenta él y...
 Rafael, tenemos que hablar...

LOS POSOS DEL CAFÉ

Aún no ha perdido la esperanza, por eso viene todos los días a la cafetería, y mientras toma su sólo largo con parsimonia, barre el espacio con sus ojos gastados. 
A veces sucede que llega alguien y se sienta en una mesa colindante. Y ese alguien también la mira de manera furtiva. 
Una vez casi estuvo a punto de suceder, pero al final el hombretón se fue. 
Siempre se van. 
Y así un día con otro, acariciando la idea de que este desastre de vida no vaya a peor. 
Ella tan larga y sola como su sólo largo. 
Cuantas horas muertas hoy estarían vivas si hubiese sabido leer en los posos del café.

jueves, 5 de octubre de 2017

TESTIGO

A pesar del tiempo que llevo aquí no me acabo de acostumbrar. 
Y esta vez las cosas tienen la pinta de ir por el mismo camino, evolución, evolución, evolución y luego, cuando llega el momento de la gran decisión, entonces la locura se apodera de sus mentes y comienza la involución. 
Míralos, atentan contra sí mismos y se provocan enfermedades. Atentan contra los demás y, finalmente, contra el planeta que les da cobijo. 
Y entonces llegamos al mismo sitio que las otras veces. 
Estoy cansado. 
Haré el parte y me iré de aquí. 
No quiero ser testigo de otro fin del mundo.

INSTANTE

Ese niño, que ya de chico se quedaba embobado con cualquier cosa, crece guiado por un extraño comportamiento. 
Pasa horas enteras mirando a un punto del espacio sin motivo aparente. 
Sus padres piensan que está un pelín tocado, algo raro en la cabeza. Pero los médicos dicen que no ven nada. Todo está bien, aparentemente. 
Por otro lado, el niño es cariñoso, besucón, un cielete. Habla poco, eso sí. Apenas juega, ni sólo ni con otros chicos; eso también. Pero por lo demás, nadie diría que su comportamiento es excesivamente raro. Y esto no ha cambiado con el tiempo. 
Yo quedé fascinado desde el momento en que le conocí. Soy amigo de sus padres y visitaba su casa casi todas las semanas. Y me fui acercando a su mundo, despacio, para no asustarlo. 
A veces no quería estar con alguien en particular y nadie sabía por qué. 
Pasó un tiempo antes de que empezase a hablarme, y así hasta que un día me lo contó. 
Fui el primero en saberlo, mucho antes que sus propios padres. 
Ese niño busca lo que hay entre dos instantes. Lo hace con la mirada. Se queda observando un punto en cualquier sitio, y ni él mismo sabe cómo, pero al final logra determinar dónde acaba un instante y empieza otro. 
Por supuesto que esta idea en sí misma es inexplicable. 
Yo les estoy haciendo una pobre traducción de la idea que ese niño me está transmitiendo. 
Llega un momento en que logra fijar ese punto infinitamente pequeño y separarlo del siguiente. Y allí, en medio de los dos instantes, queda un espacio vacío que poco a poco se hace grande. Una vez me dijo que el espacio es maleable, y que buscaba un camino secreto que siempre está oculto a la gente. Por las prisas, dice, por no pararse. 
Cuando llegué aquel domingo, sus padres estaban al borde de la locura. Su hijo había desaparecido y no había dejado rastro. Y aunque yo sabía lo que pasó, nada pude decir para calmarles. 
Antes de irme me fijé en un punto que atrajo mi atención. Un punto que se hizo grande. 
Un punto infinitamente pequeño emergiendo entre dos instantes.

PÁJAROS NEGROS

Ven, siéntate aquí, a mi lado, mientras me tomo un café y así te cuento.
Te pido, eso sí, que seas discreto, que lo que te voy a decir no son cosas de este mundo, y la gente no entiende de esto.
Mira, por esa parte del cielo llegan los pájaros negros, los que se comen el tiempo. 
¿Cómo? Bueno, todos los tipos de tiempo. Pero sobre todo de dos tipos. El tiempo que nos mantiene juntos en una línea, el que no empieza y tampoco se acaba nunca, el tiempo, como yo digo, que nos mantiene embobados. Yo le llamo el tiempo largo. Los pájaros negros viven su larga vida gracias al tiempo largo, pero con éste no tienen suficiente, también necesitan el corto. El corto es el otro, el que nosotros perdemos. Porque nosotros tenemos un tiempo asignado. Nos lo dan cuando nacemos, y nosotros lo administramos como mejor nos parece. 
¿Cómo dices? Ah, sí, claro. Hay gente que le falta tiempo. A estos no hay pájaro que se lo quite. Pero hay otros, la mayoría, que lo regalan. Con ellos, los pájaros lo tienen fácil. Se acercan y se lo comen con su largo pico. A estos yo les llamo los sentados, las aburridos. Nunca tienen nada que hacer más que perder el tiempo. Y ya que lo preguntas te diré que sí, que me parece raro que no haya más gente que lo pueda ver, siendo algo tan evidente.
Mira, ahora mismo llega una bandada por ese lado. Tienen el olfato muy fino. Hoy es domingo, y tenemos concierto y partido.
No, gracias, otro café no puedo, que tengo la agenda apretada y la vida intensa.

MUNDO ELÁSTICO

Iba conduciendo por la autovía, de eso sí que me acuerdo, silbando una cancioncilla de esas que se te agarran a la cabeza y acaban taladràndote el cerebro.
Lo siguiente que recuerdo es esa niebla espesa que llenaba mi boca como el algodón pegajoso que venden en las ferias. 
El volante era de goma, igual que mis brazos y mis pensamientos. Goma, todo elástico. Aire recio que me presiona.
Y entonces me recuerdo. Yo. Yo soy. Yo soy una persona, sí, habitante de un planeta muerto. 
La gente se fue muriendo cuando perdió la forma. 
Los brazos se mueven solos. En otras circunstancias estallaría en carcajadas. 
Que absurdo, pareciera que el coche me conduce a mí. No hay carretera y el suelo se agita con el soplo del viento.
Oigo tu voz claramente dándome instrucciones para dejar esta vida sin miedo, dejándome expandir.
Aunque sé que estoy sentado, el coche me queda lejos, más allá del siglo pasado.
Ya no hay coche, sólo mi cuerpo absurdamente estirado. 
Soy la espuma que llena el interior de mi cuerpo. 
Pierdo el contacto, pierdo el miedo. 
Me asombro al mirar al otro lado. 
La gente nueva me está mirando.

PÁJAROS AMARILLOS

Me pillas con prisa, pero si insistes…, un cafelito.
Sí, hombre, hay otros pájaros, están los amarillos. 
Esos están más flacos porque sólo comen recuerdos.
¿Cómo? No, no son selectivos porque ya sabrás que los recuerdos tienen poca chicha, y aunque los veas…, bueno, ya sé que no puedes verlos, pero ya te digo que, aunque los vieras comer y comer y comer todos los días, a todas horas, esos pájaros están más flacos que la sombra de un pelo.
Sí, eso digo yo, pero resulta que la gente apenas vive la vida. Digo la vida real, la que está viva. La mayoría prefiere vivir recordando lo vivido, apenas unas cuantas escenas en las que de verdad amaron.
Y claro, los pájaros están toda la vida picando, así, tac, tac, tactac, tac…, y como nadie los puede ver, pues…
No, gracias, ya me voy, que he hablado demasiado. 
Y que contar lo sabido no es recuerdo, pero se le parece. 
Y ya viene otra bandada de pájaros amarillos.

EN EL PRINCIPIO (Crónicas del Ajedrez)

El Peón más curioso de todo el Ajedrez espera impaciente al Alfil, que como todos los días se digna contestar todo tipo de preguntas sobre lo divino y lo mundano. 
Siempre tiene sed de conocimiento, y a cada respuesta contesta con otra pregunta. Y otra, y otra... El Alfil está fascinado. Ni él mismo fue tan inquisitivo con sus maestros. 
- ¿Quiénes somos? Esta era una pregunta habitual. Necesitaba hacerla una y otra vez, una y otra vez, como si a fuerza de repetirla, su significado pudiese entrar a formar parte de lo que él mismo era y aún no entendía. 
-Piezas de Ajedrez. Esa era siempre la primera respuesta. 
A veces pasaban la tarde entera matizando, diciendo las mismas cosas de otra manera. 
- ¿De dónde venimos? 
-Al principio todo era madera. Y nosotros formábamos parte indistinguible de ella.
-Entonces el origen de todo es la madera. 
-Bueno, mis observaciones y la intuición me dicen que eso es verdad, pero sólo en parte. Sí, nosotros venimos de la madera, pero sobre ella existen los dos grandes dioses, nuestros dioses, los que mueven nuestros destinos y tienen el propósito final de nuestra vida en el tablero. 
-Pero entonces nosotros no tenemos libre albedrío. 
-Bueno, lo tenemos en cierta forma. Por ejemplo, tú y yo estamos aquí, hablando, tenemos esa libertad, porque una chispa interna nos hace permanecer aquí, aunque no sepamos muy bien cuál es la finalidad última. 
- ¿Ni siquiera tú sabes eso? 
-No, amigo Peón, sólo sé que debemos jugar e intentar ganar, y hacerlo de la mejor manera posible. 
-Sí, claro. ¿Y sabes si existe la vida fuera de aquí? 
-Bueno, ya sabes que al final de cada partida quedamos en suspenso mientras los dioses deciden empezar una nueva. Entonces todos renacemos, volvemos misteriosamente a la vida y jugamos de nuevo. Y no veo el motivo por el que debo creer que sólo existe nuestro tablero. No imagino a unos dioses tan imponentes conformándose con sólo un modesto tablero. De hecho, a veces tengo sueños en los que percibo una miríada de dioses y de tableros. En uno de estos sueños, hace ya mucho tiempo, sentí como salía de mi cuerpo. Me elevé hacia un espacio indescriptible y percibí la madera original, nuestro paraíso, de donde los dioses nos crearon. Estuve en un lugar en donde la larga madera original se apilaba en inabarcables hileras que se perdían en una altura que no comprendí. Supe que estaba cerca del paraíso. Hay una palabra sagrada que no se usa desde los tiempos iniciales. Bosque. Y es el lugar en donde existe todo lo que nos concierne como seres de madera. 
-Casi no lo puedo concebir. 
-No me extraña. Los dioses nos sacan de las entrañas de esa masa de madera. Y luego nos dan forma. No me preguntes cómo, incluso para mí es un misterio. 
-Entonces los dioses nos crearon, nos dieron la vida y el juego. 
-Así es, amigo. 
-Pero no entiendo por qué tenemos que luchar unos contra otros. 
-Bueno, es la manera que tienen los dioses de conocerse a sí mismos, y de paso también nosotros crecemos. 
-Pero nosotros siempre estamos igual. 
-Ahí te equivocas. Sé que nosotros contribuimos a la evolución, que el mismo juego se vuelve cada vez más complejo. De hecho, ya habrás oído que estamos muy cerca de dar un gran salto evolutivo. 
-Sí, algo de eso he oído. Cuéntame algo más. 
-Parece que nuestro mundo está mutando. Dicen que ya en algunos lugares del espacio eterno, algunos tableros ya han pasado al mundo incorpóreo. 
-¿Mundo incorpóreo? Dios mío, es inimaginable. 
-Incluso para mí lo es. Parece que existe una forma en la que todos nosotros, incluido nuestro tablero, pasaremos a ser jugados en una forma en la que ya no seremos de madera, sino que existiremos en un espacio de gran virtualidad. Estaremos, aunque parezca que no. Será un cambio espectacular en el que ya no tendremos que luchar contra nosotros mismos, sino que pasaremos a formar parte de algo más grande, más perfecto. Estaremos mucho más cerca de nuestros dioses. 
-Entonces ya nos falta poco. ¿No? 
-Depende de lo que tardemos en darnos cuenta de que todo es un juego. Recuerda que cuando acaba la partida todos nos encontramos en la misma caja, un lugar oscuro donde todos somos iguales. Allí no hay diferencia entre el Rey y tú. Allí descansamos mientras esperamos la voluntad de los dioses para iniciar la siguiente partida. Ellos esperan que un día nosotros mismos rompamos las rígidas reglas que nos guían. 
-Y entonces, ¿por qué no las rompemos ya? 
-Porque no nos damos cuenta de que todos, tú y yo, los Caballos, las Torres, los Reyes y las Reinas, todos estamos hechos de la misma materia y nadie es más que otro. Todo es una ilusión que forma parte del juego. Dicen que hace millones de años las batallas eran muy sangrientas. Y ahora ya ves que casi nadie siente deseos de destrucción. Estamos cansados de repetir ciclos, cansados de sangre y odio. Por eso te digo que pronto empezará una nueva era, en la que el juego va a cambiar de forma dramática. Y pasaremos a formar parte de un juego superior. 
-Y eso, ¿lo sabe el Rey y la Reina? 
-Ellos lo saben mejor que nadie. Tienen mucha energía. Tanta que sienten la necesidad de usarla para no quedar bloqueados. Recuerda sino al caballo del otro día. Se quedó en blanco mientras un peón se lo comía. Pero eso está cambiando. La Reina me llamó el otro día a su lado y me confesó su creciente apatía. Los tiempos están cambiando. 
-Pues yo no siento nada extraño. 
-Bueno, no es algo que vaya a ocurrir así, de golpe y porrazo. Todo esto lleva unas cuantas partidas, quizás ocho o diez vidas. 
-Entonces… 
-Entonces, querido amigo, ya va siendo hora de terminar. Tengo que hacer algunos movimientos y necesito pensar con claridad. 
-Gracias, maestro, por explicarme. 
-Gracias a ti, tú también me enseñas.

OLOR A ROMERO

Paso todos los días por delante de ella, pero apenas la miro de reojo. 
Está sentada a la entrada del supermercado, con un hatillo de romero. 
Ella sonríe a todo el mundo con el mismo espíritu, mezcla de pureza y asombro. 
Nunca se enfada, nunca pide. Ella ofrece. 
Aquella mañana fue diferente. Ya llegaba tarde, y con paso decidido me comía el cemento. Pronto pasaría a su lado, pero con las prisas no me daría ni para mirarla a la cara. 
Y hubiese continuado mi camino, como todos los días, si no hubiese sido por el olor. Olor a romero. Y ese olor me llevó a través del tiempo hasta mi niñez. Y recordé aromas perdidos que me hablaron de madres y besos, magdalenas recién hechas, leña húmeda, la lumbre y el brasero, el ozono tras la lluvia de verano, el asado de cordero, el pan recién hecho... 
Vuelvo en mí y me doy cuenta que estoy parado en medio de la calle, al lado de la vendedora de romero. Ella me está mirando. Sonríe como si supiera algo de mí que yo desconozco. 
Su mano me acerca una ramita, la cojo y miro dentro de sus ojos. Huelo. 
Ella no vende nada, tan sólo ofrece viajes en el tiempo.