La abuela Manuela, a sus ochenta y
pocos años, se pasaba el día con la nena. "Déjame a la nena", decía.
Y se pasaba las horas con ella. "Ay, qué bonita,
mira qué graciosa, qué buena es la nena".
Horas. Ella era su ilusión, su
locura. Y así, día tras día.
Hasta que murió.
Ayer me encontré, por casualidad, a la nena. La miré
detenidamente, le quité la etiqueta y la metí en su caja.
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