Bastante tenía el
abuelo con aguantar el raca raca del niño perpetrando escalas en el violín.
Aunque más que niño era
un pequeño tirano consentido, con padres podridos de dinero, de esos que siempre
están ausentes.
Cuando el tierno
infante llevaba ya más de dos horas sonsacándoles gruñidos, el abuelo se
levantó del sillón, agarró el estradivarius y lo estampó contra la pared.
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