Cuando me desperté después del accidente, vi que el coche había quedado inútil. Me dolía la cabeza pero me levanté y me puse a caminar. El desierto estaba desierto, y yo desorientado. Tenía hambre y sed. Dos días después, a punto de tirar la toalla, vi a lo lejos la silueta de alguien caminando. Reuní las pocas fuerzas que me quedaban y le busqué. La intermitencia de su figura me guió hasta la última esperanza que tenía. A punto de morir la encontré sentada en medio de la arena. Me dijo ven con la mano, me senté a su lado, me dio un abrazo.
Así entendí que aquel era el punto exacto donde debía morir.
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