Santiago Valdivia se retuerce en su cama. El dolor le está sacando de quicio. Como si no tuviera bastante con sus ochenta y ocho años.
Y eso no es todo lo malo, porque Santiago no tiene voz, se la comió el pájaro voraz que sale de noche por los pasillos de la residencia.
Los gritos que da son imaginarios, nadie le escucha, nadie viene a ver qué le pasa.
Y apenas puede soportarlo.
En otra habitación duerme una monja a pierna suelta.
Es la enfermera. Desde hace un tiempo está perdiendo la memoria y nadie se ha dado cuenta. La pastilla para el dolor de Santiago.
Y eso no es todo lo malo, porque Santiago no tiene voz, se la comió el pájaro voraz que sale de noche por los pasillos de la residencia.
Los gritos que da son imaginarios, nadie le escucha, nadie viene a ver qué le pasa.
Y apenas puede soportarlo.
En otra habitación duerme una monja a pierna suelta.
Es la enfermera. Desde hace un tiempo está perdiendo la memoria y nadie se ha dado cuenta. La pastilla para el dolor de Santiago.

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