Iba por la solitaria autovía a más de ciento sesenta, pensando vagamente en nada concreto, cuando noté que me adelantaba ese coche de lujo, como si el mío estuviese parado.
Cuando llegó a mi altura, la mujer más bella del mundo se me quedó mirando sin mirar a la carretera. Me sonrió haciendo un gesto con la cabeza para que la siguiera.
Me quedé perplejo mientras ella se colocaba delante.
No pensé en nada más que en seguirla, teniendo en mente que esa idea carecía de cordura.
Tuve que apretar el acelerador a fondo para no perderla, y casi me salgo de la vía cuando, así, de pronto, cogió un desvío. Ya no conducía yo, sino un otro yo desconocido. Tenía que seguirla sin remedio, no me quedaba otra alternativa. Conducimos un buen rato de forma suicida. Yo no veía la carretera, sólo su melena moviéndose como loca.
Y luego acabó la recta y llegamos al tramo final, se me agolparon las preguntas.
Qué estoy haciendo, donde me lleva, quien es ella, qué locura es esta... Entonces ella aceleró más y yo también me aceleré. Entendí que íbamos a morir, ella delante de mí y yo detrás de ella. Justo cuando su coche saltó, yo encontré valor y coherencia suficiente para volver en mí y frenar hasta destrozar las ruedas. Bajé del coche jadeando y me asomé al precipicio.
Me pregunté si ella había existido, si era quizás la muerte, o el gran amor de otro mundo.
El dilema me dejó, ya para siempre, vacío al borde del vacío.
Me quedé perplejo mientras ella se colocaba delante.
No pensé en nada más que en seguirla, teniendo en mente que esa idea carecía de cordura.
Tuve que apretar el acelerador a fondo para no perderla, y casi me salgo de la vía cuando, así, de pronto, cogió un desvío. Ya no conducía yo, sino un otro yo desconocido. Tenía que seguirla sin remedio, no me quedaba otra alternativa. Conducimos un buen rato de forma suicida. Yo no veía la carretera, sólo su melena moviéndose como loca.
Y luego acabó la recta y llegamos al tramo final, se me agolparon las preguntas.
Qué estoy haciendo, donde me lleva, quien es ella, qué locura es esta... Entonces ella aceleró más y yo también me aceleré. Entendí que íbamos a morir, ella delante de mí y yo detrás de ella. Justo cuando su coche saltó, yo encontré valor y coherencia suficiente para volver en mí y frenar hasta destrozar las ruedas. Bajé del coche jadeando y me asomé al precipicio.
Me pregunté si ella había existido, si era quizás la muerte, o el gran amor de otro mundo.
El dilema me dejó, ya para siempre, vacío al borde del vacío.
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