Marta es una joven madre. Su hijo apenas tiene cuatro años, pero habla hasta por los codos.
Ya le ha visto hablando solo en varias ocasiones. Claro, es un niño. Un hermoso niño que habla solo.
Hoy se ha quedado oyéndole sin que le viera. Mantenía una fluida conversación con alguien, puede que con un amigo imaginario. Y le ha gustado esa sensación, que tenga imaginación, sí, le ha encantado.
El niño se ha dado la vuelta y ha sonreído. Marta se acerca y se pone a su altura. Le presunta qué está haciendo, con quien habla. El niño le habla de su amigo. No lo veo, dice ella. Ya lo sé, contesta él.
¿Y qué te cuenta?
¿Qué quieres que te cuente, mamá?
¿Cómo? ¿Es que puede decirte lo que quieras?
Sí, sabe muchas cosas.
¿Qué cosas?
Todas.
¡Vaya! Pues...ummm...no sé qué preguntarle...
Dice que papá está en un pueblo de Italia
¡Cómo!
Italia....
¿Qué más te dice?
Que los abuelos están bien.
Pero, cariño, los abuelos...
Murieron en un accidente de coche,
Pero están bien.
¿Cómo sabe eso tu amigo?
Marta queda congelada. Se lo está inventando, claro, lo habrá oído en alguna conversación familiar, o yo qué sé.
Marta decide cortar por lo sano. Un poco de imaginación está bien, pero...
Bueno, cariño, vamos a dejar este juego. Tienes que olvidar a tu amigo imaginario.
El niño se le queda mirando.
Marta se levanta y va a salir de la habitación, pero el niño habla de nuevo.
Mi amigo dice que te diga que tu abuela te perdona por lo que le hiciste cuando tenías siete años.
Marta se fue al sillón de la sala de estar, y allí se quedó toda la mañana llorando.