El mundo desaparece tras esas miradas penetrantes, forjando tórridos deseos sin apenas tocarse.
Por su edad, por sus gestos, adivinamos un pasado pleno de vivencias en el límite de lo humano, cúspides nunca alcanzadas en esta tierra.
Apenas nos damos cuenta que, tras la pantalla, al acabar esos treinta segundos, nos están vendiendo un seguro de vida.

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