
El joven aspirante a escritor decide probar fortuna con un relatín. Piensa que será una buena forma de tantear su talento.
Abre la libreta que ha comprado y comienza a imagínar posibles hilos.
El día que... Permítame que... Si pudieses... Sus maneras... Por aquel entonces... La mirada... Un relámpago...
Y no, no se decide. Siempre le parece que habrá un principio mejor.
El joven quiere estar seguro de cada palabra que escriba. Sabe que en un relatín, hasta una coma puede ser decisiva.
Ya lleva varios días con el papel en blanco. Está enfadado.
Por fin, aquella mañana, encuentra
un comienzo estimulante.
"Es imperativo..."
Sí, ese es un buen comienzo. De hecho se da cuenta de que esas dos palabras reflejan exactamente su propia condición.
Para él mismo, también es imperativo empezar.
Y vaya si tiene éxito. Porque una vez plasmada esta entrada, las palabras se vierten en el papel a la velocidad de la luz.
Cuando el incipiente escritor de relatines despierta de su inesperado trance, se encuentra un manuscrito que da forma a una saga de treinta y siete volúmenes.
Lo del relatín, piensa, queda pendiente.
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