Tiene hambre, sí, es invierno. Pero tiene más hambre que frío, ya te digo. Y si pudiera, cambiaría toda su elegancia por algo que echarse a su minúsculo estomaguico. Ese pajarico, pequeño, elegante, saltarín y muerto de frío, tiene hambre, muchísimo hambre.
Yo me agacho, pongo mis manos ahuecadas y me quedo quieto. El pajarico guarda una prudente distancia. Está calculando si será buena idea irse acercando por si guardo algo de comer entre mis manos. Va y viene como bailando. Y baila con salticos, muertecico de hambre. Seguro que hace días que no come.
Y el frío, este invierno que no termina para nadie.
En realidad, a mí me pasa lo mismo.
El flaco pájaro, por fin, se acerca. Suavemente lo acogen mis manos frías.
En menos de tres minutos lo he desplumado y me lo he comido, crudo, como hago con todo lo que pillo.
Quedamos pocos hombres en el mundo, y pocos bichos.
Y no, al final no fue calentamiento global.

No hay comentarios:
Publicar un comentario