Diego deambula por las calles de su pueblo alfombrando las calles con sus improperios.
Dicen que está loco, y tiene toda la pinta.
Habla por lo bajini todo el tiempo, y de vez en cuando, grita esas cosas para mayores de dieciocho años.
En su cháchara obscena se acuerda de todos los estratos sagrados que conforman el imaginario cristiano; son mencionados los santos, las monjas, papas, curas, ángeles y arcángeles.
Las familias con hijos prefieren cambiar de acera, ya que no pueden cambiar de pueblo.
Pero un día al año, Diego parece curado. Se levanta temprano, se arregla y se dirige a la iglesia. Reza, se confiesa y comulga como cualquiera.
Ese día no dice ni pio.
Pero a la mañana siguiente, después del descanso, vuelve a recorrer las calles de ese pueblo olvidado por dios y por el diablo, con el ánimo renovado y la boca repleta de disparos.
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