Si no fuese porque Sancho le acompaña, seguro que se habría vuelto a casa decepcionado. En eso pensaba cuando llegaron a los molinos.
Hubiese dado cinco años de su vida porque esos molinos, tan viejos y desvencijados, fuesen en realidad unos monstruosos gigantes, como los que mostraban sus libros de caballerías.
Pero no, la vida real era triste y simple como su misma vida.
Entonces, sin apenas pensamiento, se encendió la chispa en su cabeza.
Espoleó a su caballo y se lanzó, gritando como un energúmeno, contra aquellos gigantescos y monstruosos molinos de viento.

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