Mi mujer y yo acabábamos de mudarnos al pueblo.
Ya no estábamos para muchos trotes y la ciudad se nos hacía cuesta arriba.
Después de dos meses de paseos encontré una vieja barbería, de las antiguas de verdad, donde al cliente se le trata con auténtica profesionalidad.
¡Ah!, el antiguo ritual de brochas, aceites y masajes. Ah, el gesto milimétrico de sus manos colocando mi cabeza en la posición correcta.
¡Ah!, el sonido rasposo de la navaja cortando el recio pelo de la barba.
¡Ah!, la conversación superflua del barbero que te deja en alfa.
Entré.
No había nadie esperando y me indicó, con un leve gesto acompañado de media sonrisa, que ocupara el trono.
Todo era perfecto, tal y como yo lo recordaba, pues la experiencia en estos mágicos lugares siempre era la misma, sin importar en qué lugar estuvieses o quién era el barbero que te atendía.
Lentamente fui cayendo en ese divino sopor mientras el barbero, impecablemente afeitado, me aplicaba sus artes con las manos.
Hubo un momento delirante en el que supe que perdería el control de mi escasa vigilia, y antes de cerrar los ojos pude intuir, más que ver, como el barbero bajaba la persiana y cerraba la puerta.
La loción, fue la loción que entró en el reguero de mi sangre.
Su sonrisa, la última que vi, se hizo un poquito más descarada.
Y ya, con los ojos aplomados, sentí el corte que daría a mi cabeza el look definitivo.
Ya no estábamos para muchos trotes y la ciudad se nos hacía cuesta arriba.
Después de dos meses de paseos encontré una vieja barbería, de las antiguas de verdad, donde al cliente se le trata con auténtica profesionalidad.
¡Ah!, el antiguo ritual de brochas, aceites y masajes. Ah, el gesto milimétrico de sus manos colocando mi cabeza en la posición correcta.
¡Ah!, el sonido rasposo de la navaja cortando el recio pelo de la barba.
¡Ah!, la conversación superflua del barbero que te deja en alfa.
Entré.
No había nadie esperando y me indicó, con un leve gesto acompañado de media sonrisa, que ocupara el trono.
Todo era perfecto, tal y como yo lo recordaba, pues la experiencia en estos mágicos lugares siempre era la misma, sin importar en qué lugar estuvieses o quién era el barbero que te atendía.
Lentamente fui cayendo en ese divino sopor mientras el barbero, impecablemente afeitado, me aplicaba sus artes con las manos.
Hubo un momento delirante en el que supe que perdería el control de mi escasa vigilia, y antes de cerrar los ojos pude intuir, más que ver, como el barbero bajaba la persiana y cerraba la puerta.
La loción, fue la loción que entró en el reguero de mi sangre.
Su sonrisa, la última que vi, se hizo un poquito más descarada.
Y ya, con los ojos aplomados, sentí el corte que daría a mi cabeza el look definitivo.

No hay comentarios:
Publicar un comentario