Cuando entré aquella mañana a la habitación me encontré con un trozo de algo que parecía carne machacada.
Me acerqué al suelo y me quedé mirando aquello tratando de entender qué era y cómo había llegado hasta allí. Durante todo el día estuve dándole vueltas a la cabeza.
Las hipótesis iban y venían sin lograr acomodo en ningún apartado lógico.
Al final del día pensé que aquel amasijo de carne no era real, que me lo había imaginado.
ero los sucesos del día siguiente se encargaron de poner las cosas en su sitio.
Lo absurdo, multiplicado, pues cuando volví a entrar en la habitación me encontré casi todo el suelo lleno de esa misma masa de carne, sangre y huesos.
Me quedé en la puerta, mirando de pie toda esa locura, buscando una explicación.
No sé cuánto tiempo estuve allí, casi sin respirar, mirando como hipnotizado. Y, además, sabiendo que lo que estaba viendo era imposible. Estuve a punto de perder la cordura, así, en un instante.
Pero tuve suerte al volver en mí y salí de la habitación tan rápido como pude. El tercer día fue definitivo. Me lo pensé mucho antes de abrir la puerta.
Lo siguiente que recuerdo es despertar en el hospital. Los médicos hacían corro alrededor de mi cama y cuchicheaban entre ellos.
Cuando uno de ellos abrió la sábana vi en sus ojos el horror. Me dio el tiempo justo para ver parte de ese horror. Yo era el horror.
Mi cuerpo era un amasijo de sangre, carne y huesos, y lo más seguro es que fuese a morir de un momento a otro.
Mientras tanto, en la habitación...
Me acerqué al suelo y me quedé mirando aquello tratando de entender qué era y cómo había llegado hasta allí. Durante todo el día estuve dándole vueltas a la cabeza.
Las hipótesis iban y venían sin lograr acomodo en ningún apartado lógico.
Al final del día pensé que aquel amasijo de carne no era real, que me lo había imaginado.
ero los sucesos del día siguiente se encargaron de poner las cosas en su sitio.
Lo absurdo, multiplicado, pues cuando volví a entrar en la habitación me encontré casi todo el suelo lleno de esa misma masa de carne, sangre y huesos.
Me quedé en la puerta, mirando de pie toda esa locura, buscando una explicación.
No sé cuánto tiempo estuve allí, casi sin respirar, mirando como hipnotizado. Y, además, sabiendo que lo que estaba viendo era imposible. Estuve a punto de perder la cordura, así, en un instante.
Pero tuve suerte al volver en mí y salí de la habitación tan rápido como pude. El tercer día fue definitivo. Me lo pensé mucho antes de abrir la puerta.
Lo siguiente que recuerdo es despertar en el hospital. Los médicos hacían corro alrededor de mi cama y cuchicheaban entre ellos.
Cuando uno de ellos abrió la sábana vi en sus ojos el horror. Me dio el tiempo justo para ver parte de ese horror. Yo era el horror.
Mi cuerpo era un amasijo de sangre, carne y huesos, y lo más seguro es que fuese a morir de un momento a otro.
Mientras tanto, en la habitación...

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