En la sociedad, en el mundo entero, todos los humanos somos necesarios.
Nadie falta, nadie sobra.
Hace años, más de veinte, pasé por un tramo de mi vida bastante raro. No sabía donde meterme, donde asirme, cómo encontrarme.
Y dando tumbos y sin dinero, me apunté a la vendimia de Tobarra, con un amigo tan perdido como yo.
El trabajo era duro. Pasábamos una buena parte del día doblando el espinazo, y yo, qué quieren que les diga, llegaba por la noche a casa con un dolor inhumano en lugares que no sabía que tenía.
También aprendí a manejar la tijera de la uva. No es que no supiera, sino que había que ir a una buena velocidad.
El resultado de tamaña novatada fue que, cada dos por tres, me hacía un corte en la mano o en un dedo, dejando un pequeño reguero de sangre.
Pero no guardo, en general, mal recuerdo. Entre otras cosas porque de allí saqué una enseñanza que aún hoy me conmueve.
Pensé en cada grano de uva. La mayoría estaban en un buen punto de madurez, dulces pero no pasas, un pelín ácidas, agradables.
Y luego estaban las minorías.
Una de esas minorías eran las verdes, las que no habían madurado, agrias y desagradables. Por lo menos para una gran parte de la gente.
Otra minoría eran las pasas, que aunque pocas, ya las había.
Otra minoría estaban directamente podridas.
Con estos mimbres, la metáfora está servida.
Para que una sociedad sea como un buen vino, necesitas un grueso de gente madura, y luego matices.
Y en los matices cabemos todos, todos somos necesarios.
Pero es que, además, las uvas se llevan el polvo de la tierra, el sudor de nuestras manos y parte de nuestra sangre.
En resumen. Necesitamos a todos para elaborar el vino de la vida.
Necesitamos sangre, sudor y trabajo para que esa vida que estamos elaborando tenga los ingredientes adecuados.
Y también estaban, claro que sí, los momentos divertidos, el compadreo, las historias personales, las risas y las confidencias. Y el sol, y la tierra. Y la brisa fresca, los primeros rayos del sol.
Y no me olvido del sueldo, la otra recompensa.
Y también estaban, claro que sí, los momentos divertidos, el compadreo, las historias personales, las risas y las confidencias. Y el sol, y la tierra. Y la brisa fresca, los primeros rayos del sol.
Y no me olvido del sueldo, la otra recompensa.
Visto así parece mucho esfuerzo y poca chicha, pero todo cobra sentido cuando, ya terminada la temporada, nos echamos unos tragos de ese vino y entramos en comunión con nuestros semejantes, y con suerte, alcanzamos destellos de lo divino.
Y así, entre metáforas, pasé por aquella vendimia.
Y así, entre metáforas, pasé por aquella vendimia.
Asturias, patria querida.

















